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PENSAMIENTOS

Violeta perdió su guitarra en la arena

Por Rodrigo Pérez Maldonado - desde Santiago de Chile.

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:21h

Un empujón me despierta.

Abro los ojos lentamente, y un bostezo delata mi falta de sueño. Allí estuvo ella: su rostro, sus labios, su voz. La musa estuvo conmigo, y ahora se marcha sin despedirse . Escucho un grito aterrador. No le hago caso, y siento un segundo empujón. Es mi padre, que me dice que me levante. Comprendo que todo ha sido un sueño, ella jamás querría verme.

Vuelvo a sentir los gritos de mi padre, que me repiten que me levante. Viene a mí la idea de que tengo que ir a la Universidad. Me levanto, me visto, desayuno apresuradamente, y comienzo mi marcha.

Llego al metro, me subo, cierro los ojos y la vuelvo a ver: arena, el alcohol, olor a tabaco cursi, y sus pies. Le pregunto qué se sabe en guitarra, y me dice que Violeta, en general.

Toma la guitarra y canta.

Está claro que no se sabe muy bien la canción, pero realmente no me importa. Su voz es demasiado dulce. Me hipnotiza, no puede dejar de fascinarme.

Miro el gentío a su alrededor, una juventud extasiada y perdida. Decido ofrecerle un cigarrillo, el que en enseguida me rechaza.

Vuelvo a mi mundo, realmente no me importa la seguidilla de vómitos etílicos que se han ido produciendo delante mío. Y sonríe, y sonrío.

No sé qué decirle, prendo un cigarro. Busco algo en qué concentrarme, para no verla demasiado.

A mi izquierda, el mar. Ya no me parece tan violento, como en cierta época estival. Pero ahora que ella termina su canto, ya el oleaje se pronuncia, y me hallo perdido entre ruidos espantosos.

En seguida siento un empujón. No puedo creerlo, ¿será que sigo en mi cama, aún?

Un hombre gordo y calvo, me pide permiso para poder bajarse en su estación de destino. Claro, al parecer estoy en el metro, llegando a Toesca.

Apuro el paso, continúo mi ruta, y salgo de la estación. Creo que no es más que un día normal, con los mismos tipos aglutinados esperando el periódico del Metro.

Tarareo la canción de Violeta, melancólicamente. Su voz se me repite, y no me deja pensar bien.

Sorpresivamente, me doy cuenta de que he llegado a la Universidad, sin siquiera estar consciente de ello. Subo los escalones, y me encuentro con la Lya y la Mariana.

Nos saludamos, ellas me dicen que pensaban que había clases a la primera hora, y que finalmente se quedaron esperando a un profe que nunca llegó. Me río un momento, y me detengo rápidamente, para no llegar a la burla.

Piden algunos libros: Sociedad, Estética, y alguno que otro de Greene. Les pregunto si se van a quedar a escuchar a Juana Fe, me dicen que aún no saben.

Conversamos un buen rato, de cosas sin mucha relevancia, y al final, nos despedimos.

De repente, me encuentro con el Zeta, mi ex-compañero de colegio. Lo saludo fraternalmente, con ese sentimiento que nace de quien ha vivido lo mismo que tú (lo asimilo un poco a encontrarse con un chileno en el extranjero), pero que nadie sabe su nombre exacto.

Me dice que está desanimado. Le pregunto la razón, y me dice que mañana no habrá paseo a la playa.

Y despierto, y vuelve a mí el rostro de la musa. Me doy cuenta de que es ridícula la posibilidad de revivir aquel momento, el de mis sueños, el de los cantos, aunque sea la misma playa. Da lo mismo el día, da lo mismo la hora, ya nada importa. Ella no estará allí, con su voz, sus pies en la arena, su onda hippie.

La extraño, quizás por eso es que siento alguna clase de nostalgia de la Católica. Tengo mucha pena.

Lo más probable es que nunca vuelva a escuchar algo parecido a mi Antonia, aunque me dedique a poner discos de Violeta todo el día.

 

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