Miguel de Cervantes nunca estuvo en Guanajuato ni conoció la inmensidad de la Pampa argentina. Tampoco pudo imaginar que, varios siglos después de hacer salir a Alonso Quijano por los caminos de La Mancha, dos ciudades americanas separadas entre sí por miles de kilómetros acabarían incorporando su obra a una parte esencial de su identidad cultural. Sin embargo, algo de aquella geografía literaria llegó hasta México y Argentina y arraigó con una profundidad que permite hablar hoy de una Mancha extendida, discontinua y universal, una geografía que no figura en los mapas pero que encuentra en Guanajuato y Azul dos de sus territorios más reconocibles.
La relación entre ambas ciudades no responde a una operación cultural diseñada desde un despacho ni a la simple acumulación de homenajes cervantinos. Es el resultado de décadas de iniciativas que nacieron casi siempre antes que las denominaciones oficiales: una representación teatral en una plaza mexicana, una biblioteca reunida pacientemente en una ciudad de la provincia de Buenos Aires, un exiliado español que encontró en México un nuevo hogar, una asociación de emigrantes que levantó un teatro al otro lado del Atlántico y varias generaciones de personas capaces de comprender que el patrimonio sólo sobrevive realmente cuando deja de pertenecer a unos pocos.
Guanajuato llegó a Cervantes por el teatro. El 20 de febrero de 1953, Enrique Ruelas Espinosa y el Teatro Universitario de la Universidad de Guanajuato llevaron los Entremeses cervantinos hasta la plaza de San Roque y convirtieron la arquitectura de la ciudad en escenografía. Balcones, ventanas, fachadas y vecinos comenzaron a formar parte de una representación que acabaría desbordando el ámbito universitario para instalarse en la memoria colectiva. A Ruelas se unieron figuras como Armando Olivares Carrillo y Eugenio Trueba Olivares, intelectuales y universitarios decisivos en la consolidación de una tradición que permitió que Cervantes dejara de ser únicamente un autor leído para convertirse en un autor vivido en las calles.
De aquella experiencia nació una manera de entender la cultura que tendría consecuencias difíciles de prever en 1953. En 1972 comenzó el Festival Internacional Cervantino, y Guanajuato pasó paulatinamente de representar a Cervantes a convocar, bajo su nombre, algunas de las expresiones más relevantes del teatro, la música, la danza y las artes internacionales. El festival se convirtió en una formidable paradoja cervantina: nació de un autor español del siglo XVII para terminar abriendo la ciudad mexicana a creadores procedentes de todo el mundo. Más de medio siglo después, la edición de 2026 mantiene esa vocación internacional con centenares de funciones y artistas llegados de decenas de países.
Pero hay otro nombre sin el que no puede comprenderse la relación de Guanajuato con el Quijote, y también otra historia que vuelve a conducir inevitablemente hacia España. Eulalio Ferrer Rodríguez, nacido en Santander en 1920 y obligado al exilio tras la Guerra Civil, obtuvo en un campo de refugiados francés una pequeña edición del Quijote que acabaría acompañándolo en uno de los momentos más difíciles de su vida. Aquel libro cruzó con él el océano y, muchos años después, la relación personal de Ferrer con la obra de Cervantes acabaría convirtiéndose en una extraordinaria colección artística y bibliográfica. México había acogido al exiliado y el exiliado decidió devolver aquella hospitalidad en forma de cultura.
El resultado fue el Museo Iconográfico del Quijote, inaugurado en Guanajuato el 6 de noviembre de 1987 con la presencia del presidente mexicano Miguel de la Madrid y del presidente del Gobierno español Felipe González, además del propio Ferrer. La escena encerraba una poderosa carga simbólica: España y México encontrándose alrededor de la obra de Cervantes gracias al legado de un hombre cuya vida había sido partida precisamente por la historia española. Aquel museo, unido después al Coloquio Cervantino Internacional, a la Biblioteca Cervantina Eulalio Ferrer y al Centro de Estudios Cervantinos impulsado junto con la Universidad de Guanajuato, añadió al teatro la investigación, el arte y el pensamiento.
Cuando Guanajuato recibió en 2005 el título de Capital Cervantina de América, la denominación no inventó aquella identidad, sino que encontró una ciudad que llevaba más de medio siglo construyéndola. En la fotografía institucional de esos años aparecen el alcalde Arnulfo Vázquez Nieto, el gobernador Juan Carlos Romero Hicks, el rector Arturo Lara López, la embajadora española María Cristina Barrios y Almazor, Eulalio Ferrer Rodríguez, Ramiro Osorio Fonseca, ligado entonces al Festival Internacional Cervantino, representantes de instituciones españolas y mexicanas y, de nuevo, un nombre que más adelante volverá a aparecer en esta historia: el del cervantista, divulgador cultural y comunicador social español Fernando Redondo Benito. La documentación municipal conserva aquel reconocimiento y fundamenta la capitalidad precisamente en el Teatro Universitario, el Festival Internacional Cervantino, el Museo Iconográfico, el Centro de Estudios Cervantinos y el Coloquio Cervantino Internacional.
Mientras Guanajuato llevaba décadas haciendo subir a Cervantes a los escenarios, a miles de kilómetros de allí otra ciudad americana había recorrido un camino completamente diferente. En Azul, en la provincia de Buenos Aires, el punto de partida estaba entre libros. El abogado y bibliófilo Bartolomé J. Ronco reunió una colección excepcional de ediciones del Quijote y materiales cervantinos que ya en 1932, con ocasión del centenario de la ciudad, permitió celebrar una importante exposición. Después, la conservación de ese patrimonio, en la que resultó esencial María de las Nieves Clara Giménez, permitió que aquella pasión privada sobreviviera a quienes la habían iniciado y acabara convirtiéndose en un legado público.
En Azul había además otro fragmento de España esperando esa historia. La Asociación Española de Socorros Mutuos había construido entre 1894 y 1897 el Teatro Español, una de aquellas instituciones levantadas por las colectividades emigrantes que hicieron de la ayuda mutua una forma de integración y también de conservación cultural. Por su escenario pasaron Carlos Gardel, Libertad Lamarque, Imperio Argentina o Margarita Xirgu, pero su valor excede cualquier relación de nombres: el teatro es el testimonio material de una España emigrante que encontró en Argentina otra patria sin renunciar del todo a la memoria de la primera. El Estado argentino lo reconoce hoy como parte de ese patrimonio histórico.
Por eso tuvo una significación especial que en 2004 aquel edificio acogiera “Cervantes, de La Mancha a la Pampa”, una exposición que recuperaba el extraordinario fondo cervantino de la ciudad y comenzaba a transformarlo en proyecto colectivo. El título era casi un programa cultural: no se trataba de trasladar literalmente La Mancha hasta Argentina, sino de demostrar que la obra de Cervantes había encontrado en la Pampa otro paisaje en el que ser interpretada. La Municipalidad de Azul, la Biblioteca Popular “Bartolomé J. Ronco”, la Asociación Española de Socorros Mutuos, el Teatro Español y numerosos actores locales comenzaron entonces a trabajar alrededor de una posibilidad que excedía largamente la celebración de una exposición.
El proceso tuvo nombres propios. Omar Duclós, entonces intendente de Azul, entendió que el patrimonio cervantino podía incorporarse a una estrategia que relacionara cultura, educación, turismo y desarrollo. Carlos Filippetti, María Angélica Gómez, José Adrián Bendersky, Margarita Ferrer y otros muchos representantes de instituciones, docentes, bibliotecarios, creadores y ciudadanos contribuyeron a levantar un proyecto que sólo tenía sentido si dejaba de pertenecer exclusivamente a especialistas y coleccionistas. La colección Ronco era extraordinaria, pero el verdadero salto cultural se produjo cuando Azul comenzó a preguntarse qué podía hacer una ciudad entera con aquellos libros.
En enero de 2007, Azul fue reconocida como Ciudad Cervantina de la Argentina, y aquel nombramiento volvió a establecer una conexión directa con España. La documentación del proyecto recoge la significación de la Municipalidad, de la Asociación Española de Socorros Mutuos y de todo el entramado cultural construido en torno a la candidatura. En los actos de aquel tiempo aparecen Omar Duclós, el gobernador bonaerense Felipe Solá, el embajador de España en Argentina Rafael Estrella, representantes de las instituciones culturales de Azul y otra vez Fernando Redondo Benito. Apenas dos años habían transcurrido desde Guanajuato y el nombre del cervantista español reaparecía ahora en la Pampa, como si una misma conversación iniciada en México hubiese continuado miles de kilómetros más al sur.
Azul amplió después aquel reconocimiento mediante jornadas, festivales, proyectos educativos y presencia artística en el espacio público. Investigadores y escritores como Pedro Luis Barcia, Sofía Carrizo Rueda, Javier Roberto González, Lilia Ferrario de Orduna, María Mercedes Rodríguez Temperley o Alejandro Vaccaro participaron en las primeras etapas de ese diálogo intelectual, mientras el escultor Carlos Regazzoni llevaba a don Quijote, Sancho y otros personajes al paisaje urbano. En 2026, la ciudad alcanza ya su vigésimo Festival Cervantino de la Argentina y continúa vinculando esa identidad a las escuelas, las instituciones culturales y la participación comunitaria, ahora bajo la gestión municipal de Nelson Sombra y con nuevas generaciones incorporadas al proyecto.
Fernando Redondo Benito, un puente que reaparece entre dos orillas
Es al mirar juntas las dos historias cuando la presencia de Fernando Redondo Benito adquiere una dimensión distinta. No aparece únicamente como un nombre asociado a dos momentos históricos, sino como una suerte de sorpresa cultural que reaparece en la conversación entre territorios. Reconocido cervantista, divulgador cultural y comunicador social, su recorrido ha terminado vinculando de una manera singular a Guanajuato con España, a Azul con España y, por extensión, a México y Argentina dentro de una misma idea de fraternidad cultural construida alrededor de Cervantes.
Hay algo profundamente cervantino en esa continuidad. Redondo Benito aparece en Guanajuato cuando la ciudad mexicana recibe el reconocimiento de Capital Cervantina de América y vuelve a aparecer dos años después en Azul, cuando la ciudad bonaerense consolida su condición de Ciudad Cervantina de la Argentina. Lo verdaderamente relevante, sin embargo, no es la sucesión de actos, sino la idea que permite relacionarlos. Durante las primeras Jornadas Cervantinas Internacionales de Azul, su intervención llevó por título “Los territorios de La Mancha”, una formulación que contenía una concepción más ambiciosa que cualquier denominación administrativa: La Mancha podía ser entendida como una geografía cultural sin fronteras, formada por cuantos lugares hubieran incorporado el Quijote a su memoria, su creación y su vida colectiva.
Aquella mirada permitía además romper con una relación cultural basada en el centro y la periferia. Guanajuato no necesitaba convertirse en una pequeña Mancha mexicana ni Azul en una reproducción argentina del paisaje cervantino. Ambas podían ser profundamente cervantinas precisamente siendo profundamente mexicanas y argentinas. El teatro popular de Guanajuato, la Universidad, el legado de Eulalio Ferrer y la potencia internacional del Festival Cervantino constituían una forma propia de leer a Cervantes; la biblioteca de Ronco, el Teatro Español, la memoria inmigrante y la construcción comunitaria de Azul constituían otra. España no aparecía así como propietaria de un legado que exportaba, sino como una de las orillas de un diálogo cultural mucho más fecundo.
Ese es el territorio en el que Redondo Benito ha seguido moviéndose pasados los años. Su compromiso con la difusión de Guanajuato como Capital Cervantina de América y de Azul como Ciudad Cervantina de la Argentina ha mantenido abierta una relación que podría haberse agotado en las ceremonias iniciales. Su mirada ha insistido en que esas denominaciones sólo tienen verdadero sentido cuando se renuevan culturalmente, cuando alcanzan las escuelas y las bibliotecas, cuando entran en los teatros y en las plazas, cuando provocan investigación, creación y diálogo y cuando permiten que nuevas generaciones encuentren su propia manera de acercarse al Quijote.
Desde esa perspectiva, su figura funciona menos como la de un mediador protocolario que como la de un puente de fraternidad cultural. Hay una alianza Guanajuato-España que se reconoce en la memoria compartida de Cervantes, pero también en la extraordinaria historia de Eulalio Ferrer, en el diálogo institucional, en el intercambio universitario y en la voluntad de seguir proyectando internacionalmente la condición cervantina de la ciudad mexicana. Existe al mismo tiempo una alianza Azul-España nacida de otra historia, la de la inmigración, los libros, el Teatro Español y una comunidad argentina que hizo suyo un patrimonio de origen español para devolverlo después al mundo convertido en algo diferente y propio. Entre esas dos alianzas, Redondo Benito ha ido construyendo una conversación triangular en la que México, Argentina y España dejan de contemplarse desde la distancia para reconocerse como partes de un mismo espacio cultural.
Su nombre se incorpora así al de quienes, desde lugares y generaciones diferentes, hicieron posible esta historia: Enrique Ruelas Espinosa, Armando Olivares Carrillo, Eugenio Trueba Olivares, Eulalio Ferrer Rodríguez, Miguel de la Madrid, Felipe González, Dolores del Río, Arnulfo Vázquez Nieto, Juan Carlos Romero Hicks, Arturo Lara López, María Cristina Barrios y Almazor, Ramiro Osorio Fonseca, Bartolomé J. Ronco, María de las Nieves Clara Giménez, Omar Duclós, Carlos Filippetti, María Angélica Gómez, José Adrián Bendersky, Margarita Ferrer, Felipe Solá, Rafael Estrella, Pedro Luis Barcia, Carlos Regazzoni y Fernando Redondo Benito, junto a centenares de profesores, actores, estudiantes, bibliotecarios, artistas, gestores, investigadores y ciudadanos cuya contribución difícilmente cabe en una sola relación. A ellos se añaden hoy nuevas generaciones y responsables como Libia Dennise García Muñoz Ledo, Samantha Smith Gutiérrez y Claudia Susana Gómez López en Guanajuato, o Nelson Sombra y Sandra Adam en Azul, prueba de que la continuidad cultural sólo existe cuando ningún nombre pretende ser el último.
La historia contiene, además, un hermoso juego de correspondencias. Eulalio Ferrer llevó un Quijote desde una Europa herida hasta México y acabó regalando a Guanajuato una colección extraordinaria; los emigrantes españoles levantaron en Azul un teatro que más de un siglo después sigue siendo uno de los corazones culturales de una ciudad argentina; Bartolomé Ronco convirtió una pasión bibliográfica en un legado colectivo; Enrique Ruelas hizo que Cervantes abandonara las páginas para mezclarse con los balcones y callejones guanajuatenses; y Fernando Redondo Benito ha contribuido a mantener comunicadas esas experiencias, insistiendo en que entre España y América la cultura puede ser algo más profundo que una herencia: puede convertirse en relación.
El presente confirma que aquella conversación continúa. Guanajuato afronta en 2026 la 54.ª edición del Festival Internacional Cervantino con Libia Dennise García Muñoz Ledo al frente del Gobierno estatal, Samantha Smith Gutiérrez en la presidencia municipal y Claudia Susana Gómez López como rectora general de la Universidad de Guanajuato; Azul prepara la vigésima edición de su Festival Cervantino de la Argentina y participa, además, en nuevos espacios internacionales de cooperación entre ciudades cervantinas. Los responsables han cambiado, como deben cambiar en cualquier cultura viva, pero permanecen el Teatro Universitario, el Museo Iconográfico, Casa Ronco, el Teatro Español, las bibliotecas, los festivales y, sobre todo, las comunidades que continúan dotándolos de significado.
Quizá ahí resida la verdadera importancia internacional del Quijote. No solamente en haber sido traducido a innumerables lenguas ni en formar parte del canon literario universal, sino en algo bastante más extraño y difícil de conseguir: cuatro siglos después de su publicación sigue siendo capaz de establecer vínculos reales entre personas que viven en países distintos, de movilizar instituciones, de construir festivales, de llenar teatros, de formar bibliotecas y de ofrecer a ciudades enteras una conversación sobre su propia identidad. Cervantes proporciona el lenguaje común, pero después cada territorio escribe su propia respuesta.
Guanajuato lo hizo convirtiendo una plaza en escenario y una tradición universitaria en uno de los grandes festivales culturales del mundo; Azul, haciendo que los libros de Bartolomé Ronco dialogaran con un teatro levantado por emigrantes españoles y terminaran convirtiéndose en proyecto colectivo. Entre ambas ciudades, España deja de ser solamente el lugar desde el que partió el Quijote y pasa a ocupar una posición mucho más interesante: la de una orilla que sigue conversando con México y Argentina, recibiendo también de ellas nuevas formas de comprender a Cervantes. En esa conversación, sostenida durante generaciones por tantos nombres y tantas instituciones, la trayectoria de Fernando Redondo Benito adquiere el valor de un puente cultural que no une únicamente dos puntos geográficos, sino memorias, afectos y proyectos que han acabado reconociéndose en un mismo territorio de fraternidad.
La Mancha continúa estando, naturalmente, en el centro de España, en sus pueblos, sus llanuras y sus caminos. Pero la literatura hizo posible otra Mancha que hace tiempo dejó de obedecer a la cartografía: aparece en una plaza de San Roque cuando vuelven a escucharse los Entremeses, en las salas del Museo Iconográfico del Quijote, entre las ediciones conservadas en Azul, bajo la lámpara de un Teatro Español levantado por emigrantes o en cualquiera de los lugares donde alguien vuelve a abrir la novela y encuentra en ella preguntas todavía contemporáneas. Guanajuato y Azul demuestran que esa geografía no se conquistó ni se exportó, sino que se construyó mediante una forma mucho más duradera de encuentro: la cultura compartida. Y acaso ésa sea la última y más inesperada aventura de don Quijote, haber salido una mañana de La Mancha para terminar, cuatro siglos después, haciendo del mundo un territorio un poco más cercano.