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Cuando El Negocio Vence Al Deporte

  • Por Conchi Basilio*

jueves 13 de agosto de 2026, 19:16h

13AGO26 – MADRID.- El fútbol nunca ha sido únicamente un juego. Ha sido una pasión compartida por millones de personas, un lenguaje universal capaz de unir culturas, generaciones y continentes. En un estadio durante noventa minutos desaparecen las diferencias sociales y económicas. Solo importa el balón, el esfuerzo, el talento y la emoción.

Cuando El Negocio Vence Al Deporte

Precisamente por eso resulta preocupante que cada vez más aficionados tangan la sensación de que el deporte está dejando de ocupar el lugar principal para convertirse, ante todo, en un gran negocio.

La FIFA administra el deporte más seguido del planeta, su responsabilidad no consiste únicamente en organizar competiciones, sino también en proteger la esencia del fútbol. Sin embargo, muchas de las decisiones adoptadas en los últimos años han abierto un debate legítimo, ¿se está gobernando el fútbol pensando primero en el deporte o en la expansión económica de la propia organización?

La ampliación constante de los torneos, el incremento del número de partidos y la búsqueda permanente de nuevos mercados generan beneficios millonarios. Nadie discute que el fútbol profesional mueve una economía gigantesca ni que necesita recursos para seguir creciendo. El problema aparece cuando la rentabilidad parece convertirse en el criterio dominante y otros valores fundamentales empiezan a perder protagonismo.

Los primeros perjudicados son los propios futbolistas. El calendario resulta cada vez más exigente. Los periodos de descanso se reducen y las lesiones aumentan. Quienes llenan los estadios y hacen posible este espectáculo no son máquinas de producir ingresos, sino personas sometidas a un enorme desgaste físico y mental. Cuidar su salud debería ser una prioridad absoluta.

También los aficionados tienen derecho a sentirse escuchados, son ellos quienes han convertido el fútbol en el fenómeno social más importante del planeta. Sin su fidelidad, sin su emoción y sin su apoyo generación tras generación, ninguna institución deportiva tendría el peso que hoy posee. EL fútbol pertenece, en primer lugar, a quienes lo viven cada fin de semana.

Las recientes controversias sobre futuras sedes mundialistas y otras decisiones estratégicas han contribuido a reforzar la percepción de que los intereses políticos y económicos ejercen una influencia creciente sobre un deporte que debería guiarse, ante todo, por criterios deportivos, organizativos y de transparencia. Esa percepción, compartida por numerosos aficionados y analistas, erosiona la confianza en las instituciones y alimenta un debate que no debería ignorarse.

No se trata de rechazar la evolución del fútbol ni de negar la importancia de una buena gestión económica. Administrar una competición global exige recursos planificación y visión de futuro. Pero existe una diferencia esencial entre gestionar bien un deporte y permitir que el negocio termine condicionando su identidad.

El fútbol emociona porque representa valores que trascienden el resultado de un partido, el mérito, el sacrificio, el respeto al rival, el compañerismo y la igualdad de oportunidades. Cuando esos principios empiezan a quedar relegados por intereses ajenos al terreno de juego, el deporte pierde parte de su alma.

Quizá haya llegado el momento de recordar una idea tan sencilla como necesaria. La FIFA no creó el fútbol, el fútbol existía mucho antes que cualquier dirigente y seguirá existiendo cuando todos ellos hayan pasado. Quienes lo administran deberían hacerlo con la humanidad de quien custodia un patrimonio que pertenece a millones de personas y no con la lógica de quien dirige únicamente una gran industria.

Porque el fútbol puede generar miles de millones de euros sin dejar de ser, ante todo, un deporte. Esa debería ser siempre la prioridad. Todo lo que contribuya a fortalecer ese principio engrandecerá el juego, todo lo que lo debilite, acabará alejando al fútbol de aquello que lo convirtió en el deporte más querido del mundo.

Y si España es uno de los países anfitriones del Mundial 2030, resulta difícil entender que la gran final pueda disputarse fuera de territorio español. Por respeto al país que acoge al campeonato, a sus aficionados y al propio espíritu deportivo, la final debería jugarse en España. Porque si el fútbol debe estar por encima de los intereses políticos y económicos, también debe demostrarse cuando llega el momento de decidir dónde se juega el partido más importante del mundo.

España abrirá las puertas de su casa al Mundial, lo lógico, lo justo y lo deportivo sería que también fuera España quien acogiera su gran final.

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*Conchi Basilio: Es columista regular en artíiculos de Opinión en diversos medios digitales e independientes. Ha cursado Bachiller Superiro y posee una Diplomatura en Información y Turismo, cultiva la novela y la poesía como espacios de reflexión personal y libertad creativa.

Conchi Basilio

*Conchi Basilio: Es columista regular en artíiculos de Opinión en diversos medios digitales e independientes. Ha cursado Bachiller Superiro y posee una Diplomatura en Información y Turismo, cultiva la novela y la poesía como espacios de reflexión personal y libertad creativa.

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