El modelo de poblamiento de estas gentes, eminentemente ganaderas, fueron los castros, situados en elevaciones, para hacer más fácil su defensa frente a enemigos. Y uno de los más interesantes es el de Las Cogotas, situado en el cerro homónimo próximo a la localidad abulense de Cardeñosa, al norte de la capital de la provincia.
Estratégicamente situado junto al río Adaja, que les proveía de agua, y rodeado de encinares frondosos, pastizales para su ganado y tierras fértiles aptas para la agricultura que también practicaban, el enclave llegó a su máximo esplendor entre los siglos V y III a.C.
Descubierto el yacimiento arqueológico en 1876, las primeras excavaciones de 1927 determinaron un primer asentamiento, de la época del final del Bronce – entre el 1200 y el 800 a.C.-, y otro ya propiamente vettón, que abarca desde el 400 hasta el 100 a.C., momento en que sus pobladores lo abandonaron, presumiblemente por la presión romana, a la que no pudieron hacer frente, trasladándose a castros más fuertes.
En el castro, que contaba con una población de en torno a 200 personas, con diferencias sociales muy marcadas, se distinguen dos partes bien diferenciadas: la superior, conocida como acrópolis, y la inferior, dedicada a guardar el ganado.
Conviene recordar la importancia del ganado para estas gentes, uno de cuyos símbolos es el verraco, suerte de elemento totémico para pedir la protección de sus animales, y que están distribuidos por toda la provincia (en la plaza de Adolfo Suárez, de la capital; en el centro Vetonia del Torreón de los Guzmanes o en el museo de la Iglesia de Santo Tomé el Viejo, todos ellos en la misma ciudad, o cerca de El Tiemblo, los famosos Toros de Guisando).
Los pobladores de Las Cogotas también se dedicaban a la agricultura, como se explica en el museo sobre el castro de la cercana Cardeñosa, que conserva dos juegos de molinos de mano para moler cereal, en concreto, de trigo, pues se descubrieron pólenes de éste.
Una doble muralla – de forma sinuosa, para facilitar el tiro cruzado en su defensa-, con tres únicas puertas, protegía el extenso poblado, que abarcaba 14,5 hectáreas. La principal era en forma de embudo, para dificultar el acceso en caso de algún ataque por sorpresa. Y delante del este muro exterior, clavaron una serie de grandes piedras, para impedir el acceso de caballerías de sus enemigos.
Intramuros y paralelo a algunos tramos de la muralla, se dispuso un camino de ronda empedrado. En cuanto a la urbanización, no había un plan predeterminado, sino que el caserío se adaptó a la orografía del terreno, procurando aprovechar las superficies más llanas.
Las casas eran rectangulares y de grandes dimensiones -entre 20 y 30 metros de largo por 7 metros de ancho-, y estaban construidas con zócalos de piedra rematados al exterior y en las divisiones internas mediante muros de adobe.
Extramuros y en la parte sur del castro, había un taller para la elaboración de cerámica, cuya producción excedía las necesidades del asentamiento, con lo que cabe suponer que el sobrante lo destinaban al comercio con poblaciones vecinas. Producía, entre otras cosas, vasos a torno con decoración pintada. Su ubicación fuera del poblado era para evitar la propagación del fuego que se utilizaba en el horno para la cocción de los productos cerámicos.
El castro de Las Cogotas destacó también, entre otras poblaciones vettonas de la zona, por su elaboración de objetos con cuernas de ciervos. En muchas de las casas de dicho asentamiento, se descubrieron numerosas cuernas utilizadas bien como adorno, o para ensartar piezas de metal.
Al norte del oppidum, se encuentra la necrópolis de Trasguija, en la que aún se conservan cientos de estelas de granito. En concreto, se han documentado hasta 1.469 tumbas de incineración, de las que sólo 224 incluían ajuares funerarios. Los enterramientos consistían en agujeros de escasa profundidad en los que colocaban urnas de cerámica con las cenizas del muerto. Luego los enterramientos se cubrían con piedras y, a veces, se disponían estelas para señalar la tumba.
Atendiendo a los ajuares funerarios, no parece que existiera una casta guerrera, ya que no se aprecian enterramientos con bagaje militar digno de tal nombre. En realidad, el armamento era muy sencillo – apenas un escudo, lanza y espada o puñal-, por lo que se presume que todo varón apto para el combate se empleaba en la defensa de los suyos cuando la situación lo requería.
De todo ello, se da cuenta en el Aula Arqueológica, del ayuntamiento de Cardeñosa. Y si alguien quiere conocer más sobre la fascinante vida de los vettones, a apenas 8 kms, en la ciudad de Ávila, las antiguas caballerizas de la Torre de los Guzmanes, acoge la exposición permanente de “Vetonia, Naturaleza y Cultura”.
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*Jesús Caraballo (Jesús González Fernández), licenciado en Periodismo por la Universidad San Pablo CEU, fue Jefe de Prensa de Ferias en IFEMA MADRID (incluida algunas tan prestigiosas como FITUR) durante los últimos 37 años, después de estrenarse en la profesión en medios como las agencias de noticias EUROPA PRESS (TV y Noticias) y OTR PRESS, y en la sección de Internacional de la revista Tiempo. A lo largo de su trayectoria profesional, ha colaborado y aún lo sigue haciendo, en numerosos medios turísticos, gastronómicos, de arte, política e internacionales como Radio Sefarad.