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Friné, El Poder De La Belleza. Reinterpretación Del Mito Clásico
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Friné, El Poder De La Belleza. Reinterpretación Del Mito Clásico

Por Julia Sáez-Angulo
lunes 27 de julio de 2026, 23:32h

27JUL26 – MADRID.- Friné había comprendido, antes que muchos filósofos, que la fortuna no es sino una forma secundaria de la belleza: su consecuencia más visible y, al mismo tiempo, la más inestable. En Atenas, donde todo se mide en palabras y prestigio, su nombre llegó a convertirse en una especie de riqueza paralela, tan real como el oro, aunque menos confesable.

Friné, El Poder De La Belleza. Reinterpretación Del Mito Clásico

Nacida en Beocia, había abandonado pronto la discreción de su origen. No fue una huida, sino una transformación. En la ciudad de Atenea, donde los hombres discuten sobre la justicia mientras la practican con dificultad, Friné encontró un lugar ambiguo, pero poderoso. Se convirtió en cortesana, y con ello en algo más que una mujer: en una presencia que reorganizaba el deseo y la atención de quienes la rodeaban.

Su fortuna creció con la misma naturalidad con la que otros acumulan años. No la ocultaba. Al contrario, parecía asumirla como una forma de responsabilidad. Se decía que ningún banquete importante estaba completo sin su sombra, y que incluso los más severos moralistas bajaban la voz cuando ella entraba en una estancia.

El escultor Praxíteles la contempló como se contempla una hipótesis sobre lo divino. De ese encuentro nació la Afrodita de Cnido, y con ella la sospecha de que los dioses no eran sino una prolongación idealizada de los cuerpos humanos. El pintor Apeles, por su parte, buscó en ella la imagen de Afrodita emergiendo del mar, como si el arte pudiera fijar aquello que, por naturaleza, está destinado a desaparecer.

Pero la riqueza de Friné no se limitaba al brillo de su nombre. Con el tiempo, llegó a poseer una fortuna tan vasta que pudo permitirse un gesto que desconcertó a la propia ciudad: ofreció financiar la reconstrucción de las murallas de Tebas, destruidas por Alejandro.

No lo hizo sin condición. Exigió únicamente que, en una de las piedras del nuevo muro, se inscribiera una frase que recordara el origen de la obra: que Alejandro las había destruido y que Friné las había levantado de nuevo. No era vanidad, decían algunos, sino la voluntad de inscribir la memoria en la materia misma de la ciudad. Otros vieron en ello una forma más sutil de permanencia.

Atenas, sin embargo, no olvida fácilmente lo que no puede controlar. La misma mujer que podía reconstruir ciudades fue acusada de impiedad. Bastó una insinuación —la de haber comparado su belleza con la de Afrodita— para que la admiración se transformara en sospecha. Fue conducida ante el Areópago, donde la razón de los hombres intenta imitar, sin éxito, la estabilidad de los dioses.

Hipérides la defendía. Su elocuencia, que tantas veces había inclinado decisiones políticas, encontró allí una resistencia distinta, más antigua que la lógica. Los jueces parecían ya inclinados hacia la condena, como si la belleza, la riqueza y la libertad de Friné formaran juntas una forma intolerable de exceso.

Entonces, comprendiendo que las palabras habían perdido su eficacia, Hipérides retiró la túnica que cubría a la acusada.

No hubo escándalo. Solo una inmovilidad profunda, como si el tiempo hubiera suspendido su curso, para permitir a la ciudad contemplar aquello que normalmente se le escapa.

Los jueces no vieron ya a una mujer, sino una evidencia que desbordaba toda categoría moral. Algunos apartaron la mirada; otros la sostuvieron con una mezcla de temor y reconocimiento, como si en aquel cuerpo se revelara una ley más antigua que la de los hombres. La creación de aquel cuerpo había sido llevada a cabo por los dioses.La absolución no necesitó ser pronunciada.

Más tarde, algunos atribuyeron la decisión a la belleza. Otros, a la astucia de Hipérides. Pero quizá, como ocurre en los momentos decisivos de la historia, no fue ni lo uno ni lo otro, sino la súbita conciencia de que hay instantes en los que la realidad se impone sin necesidad de argumento.

Friné salió libre. Y con ella, por un breve instante, la ciudad pareció recordar que incluso las murallas —las de piedra como las de la ley— pueden ser reconstruidas, pero nunca sin dejar constancia de quién las ha derribado.

(Ateneo de Náucratis y una diversa tradición de autores, pintores y músicos dieron forma a este mito clásico griego)

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