Antes de comenzar, recuerdo a María Rosa de Gálvez (1768-1806), otra hija de esta tierra que se convirtió en una de las voces más audaces de la Ilustración española. Dramaturga, poetisa y traductora, su obra encierra un pensamiento filosófico explícito sobre la igualdad, la libertad y la justicia que la sitúa en la tradición de las pensadoras ilustradas, aunque el término "filósofa" no fuera reconocido para las mujeres en el siglo
XVIII. En su poema "A la igualdad de los sexos", incluido en La familia a la moda (1805), Gálvez lanzó una pregunta que aún resuena: "¿Por qué ha de estar el sexo femenino / eternamente condenado al olvido?" Una interrogación que, formulada hace más de dos siglos, la erige como precursora del feminismo en lengua española.
Un siglo después, esta ciudad volvería a alumbrar a otra pensadora esencial. María Zambrano (1904-1991), nacida en Vélez-Málaga, en la tierra que ella llamó su "imperio de la luz", dedicó gran parte de su reflexión a la dimensión sagrada de la existencia. Discípula de Ortega, desarrolló una filosofía originalísima: la razón poética, una forma de pensar que no diseca la vida mediante la abstracción, sino que atiende a la dimensión espiritual y sensible del ser humano. Para la escritora, la filosofía no puede ser un "saber impasible" separado de la vida.
Su pensamiento está atravesado por una profunda dimensión religiosa que ella misma calificó de cristiana. En su obra fundamental El hombre y lo divino, reflexiona sobre el sufrimiento, la piedad y lo sagrado desde una perspectiva que dialoga directamente con los símbolos de la Pasión. El Cristo sufriente, la Virgen en Soledad, el sufrimiento sagrado: todos ellos encuentran en ella una intérprete que supo darles voz filosófica.
La pensadora veleña, que vivió un largo exilio de 45 años, entendió el sufrimiento como una experiencia que puede transformarse en sabiduría. Al final de su vida, quiso regresar a su Vélez natal, donde reposa con un verso bíblico que resume su anhelo: Surge, amica mea et veni ("Levántate, amiga mía, y ven").
La tarde cae sobre la capital y el incienso y la cera tejen su manto por las calles. Llevo un libro de la filósofa para recorrer las procesiones con otra mirada: un viaje que, además de devoción, busca comprensión; que no anula el corazón, pero lo interroga.
Mi primera parada es San Agustín. Antes de salir, el Cristo del Perdón reposa sobre sus hombres. Mi pensamiento va hacia un concepto clave: la piedad. Para Zambrano, no es compasión sentimental, sino una forma de conocimiento: la capacidad de reconocer el sufrimiento ajeno sin reducirlo a espectáculo. El Cristo, con su rostro sereno, invita a ese "saber del corazón". La verdadera compasión no es sentir por el otro, sino sentir con el otro.
En la calle San Pablo me detengo ante la Virgen de la Soledad. Duele mirarla: la Madre, sola, tras la muerte de su Hijo. En El hombre y lo divino, la autora reflexiona sobre el sufrimiento sagrado, ese dolor que no destruye, sino que desvela. La Soledad no es desesperanza, sino una herida que se convierte en mirada. El sufrimiento, cuando se acoge, deja de ser abismo para volverse trascendencia.
El Jueves Santo, tras salir de la Parroquia de San Carlos y Santo Domingo de Guzmán en el barrio de El Perchel, el Cristo de la Buena Muerte aguarda en la calle Granada. Es el paso que mejor encarna otra idea suya: la vida como pasión. La pensadora entendía la pasión no como padecimiento pasivo, sino como una forma de ser en el mundo. El Cristo, con su cuerpo tenso y heridas abiertas, no es rendición ante el destino, sino su asunción libre. Ella sabía bien de esta verdad: su exilio fue una pasión elegida, una apuesta por la libertad que la mantuvo fiel a sí misma.
El itinerario concluye en la Esperanza. Para la filósofa, la esperanza no es optimismo ingenuo, sino confianza radical en la vida a pesar de su fragilidad. La Virgen de la Esperanza no promete que el dolor desaparezca, sino que hay un después.
La filósofa veleña no está sola en este diálogo. Santa Teresa de Jesús (1515-1582), en El castillo interior, describe el alma como un castillo de siete moradas, un recorrido paralelo al camino de la Pasión hacia la Resurrección. Y Concepción Arenal (1820- 1893), en La beneficencia, la filantropía y la caridad, nos recuerda que la verdadera caridad no solo consuela, sino que transforma las estructuras que generan sufrimiento.
He recorrido las calles con los ojos de Zambrano y con los ecos de Sta. Teresa y Arenal. He rezado y he pensado. Y en ese pensar, la Semana Santa se me ha revelado más honda, más sabia. Las procesiones, además de tradición, son también pregunta. La filosofía no mata el deseo de eternidad, lo ilumina.
En esta ciudad, cuna de pensadoras, la Pasión puede ser también una forma de conocimiento. Porque, como escribió esta gran pensadora, "solo quien tiene esperanza, tiene libertad".
Giovanna G. de Calderón gcalderon@mde.org.es