Cogía a mi madre del brazo y a mí de la mano y nos conducía hasta la iglesia el Buen Suceso, neogótica y blanca como una tarta de nata.
Él, de pie - casi todos -, y algunos sentados (mi madre y yo) porque la iglesia estaba abarrotada de fieles que seguían la misa en latín con su misal (mitad latín mitad en castellano), porque el sacerdote lo hacía asimismo en latín y de espaldas al público, esto es mirando hacia el altar.
Estaba la iglesia abarrotada, porque estaba muy mal visto no asistir a misa, se suponía que quien no iba “era rojo” y estaba contra Franco. Mi padre fue teniente de regulares y estuvo en la batalla de Belchite, de Teruel y del Ebro, y estaba fotografiado con el General Millán Astray, que tenía un ojo tapado en negro, pues lo había perdido en alguna batalla defendiendo a España.
Por supuesto que si por aquel entonces llegasen a pensar que fueron los rojos quienes acabarían gobernando la piel de toro, se habrían desmayado del susto los tres mil que abarrotaban el recinto sagrado del Buen Suceso…. Y no digamos el “Valle de los Caídos” que acabó llamándose “Cuelgamuros”, nombre al fin y al cabo que tenían las montañas sagradas. Mi padre y su amigo Valentín Zornoza vieron como construían la enorme montaña horadada cual queso de roquefort.
Las palmas eran enormes, altísimas, lisas, esbeltas y amarillas, y los ramos de olivo los llevaban las señoras en las manos y los colocaban unas y otras atadas a los barrotes de las terrazas o de las ventanas y balcones.
Régimen político y religión eran una misma cosa, vencedores y vencidos, algo así como la guerra y la paz de Tolstoi, aunque después fue Hemingway, quien narró “Por quién doblan la campanas”.
Y España era austera, en realidad lo era porque tenían poco que beber, por la escasez de embalses y menos aún que comer. Y llegaron Charlton Heston y Sofía Loren a “Perico Chicote” a beber sus cócteles, y Ava Gadner que se hospedaba en “La Torre de Madrid” y bebía como una loca, cogía las borracheras y tiraba el güisqui y el Champagne contra las cortinas de terciopelo gris o rojo, según la placiera.
Y fue entonces y mucho después, hacia los dieciocho años que supe que hubo un escritor divino que se llamaba García Lorca, y que escribía versos preciosos y terribles antes de ser fusilado a las afueras de Granada.
Bueno, había una censura tremebunda e implacable, que te impedía ver la otra mitad del mundo, el mundo de las izquierdas, el de los llamados rojos, los que ahora nos gobiernan. Y Gerald Brenan se aposentó en las Alpujarras, y escribió el inefable librito titulado “Al sur de Granada”; y posteriormente, mucho después, el historiador Ian Gibson. Y Washington Irving que habitó en La Alhambra.
Pero por hoy ya está bien, no deseo que se remuevan los huesos de la memoria de este país maravilloso y cainita a la vez, no sea que volvamos a terminar tan mal como empezamos, y además ya quedan pocos de mi edad que recuerden esas cosas.