La diferencia fundamental entre la vida y lo que hay más allá de la muerte para los creyentes, está en el factor tiempo. Después de la muerte entramos en otra dimensión en la que ya no cuenta el tiempo. El hijo de Dios o para ser más exacto Dios hijo, al encarnarse en el seno de la santísima Virgen María entra en el factor tiempo; sale de la eternidad y comienza a medirse su existencia en segundos, minutos, días, semanas y años. La vida de Dios hijo en nuestro planeta se ha medido en treinta y tres años.
Quizá la humillación mayor del Hijo de Dios, fue la de entrar en nuestro mundo miserable regido por el tiempo; miserable y grandioso a la vez, pues gozamos de libertad, una libertad que por ejemplo no tienen los ángeles, esos seres incorpóreos que se mueven del otro lado, la eternidad. Esto es, fuera del tiempo.
Cuando nosotros los terrestres lo pasamos muy mal el tiempo se nos hace “eterno”, esto es muy largo; y cuando lo estamos pasando muy bien el tiempo se nos antoja muy corto. Pienso que más allá de esta vida el tiempo no se hace ni largo ni corto, sencillamente porque no existe el tiempo como tal.
La infancia aparentemente pasa muy lentamente y los niños ansían ser adultos. En la vejez no digamos en la decrepitud el tiempo puede llegar a hacerse muy largo; cuando pasa más rápido es en la mediana edad, cuando los seres humanos gozamos de la plenitud.
La música mide los tiempos; es la alternancia de sonidos y de silencios. Los artistas cuando pintamos, componemos o escribimos gozamos el tiempo de una forma inefable, como una borrachera…… Pero esto se termina y en un determinado momento salimos del factor tiempo, como si se tratara de una gelatina, y entramos en la eternidad. La eternidad es el ámbito del “mundo de lo invisible”.
Para otro día dejaremos temas más sustanciosos…. ¿Pero es que existen temas más sustanciosos que este del que estamos tratando?.