Además, aún se está a tiempo de ver la última edición de Las Edades del Hombre – hasta el 6 de abril-, que acoge en esta ocasión la catedral zamorana. Y dos datos curiosos que invitan a acudir a esta ciudad perteneciente al antiguo reino de León: los amantes del Románico tienen aquí la mayor concentración de iglesias de este estilo arquitectónico del mundo; mientras que el Modernismo tiene aquí también una ruta de edificios de dicho estilo.
Zamora atesora una larga historia, que se remonta al tiempo de los romanos, quienes se las tuvieron que ver con un pastor luso por nombre Viriato, quien anduvo por estos pagos haciéndoles la guerra de guerrillas (forma particular de los españoles, desde tiempos de los íberos, que ha pasado al argot militar de todos los tiempos). De la memoria de este valiente caudillo se conserva una estatua en su plaza homónima.
Pero uno de los hechos por los que Zamora ha pasado a la Historia, a parte de ser tierra de frontera del reino leonés y, por tanto, frente de batalla continuo contra los invasores sarracenos, fue el protagonizado tras la división por Fernando I del reino entre sus hijos (en aquella época, el reino era posesión patrimonial del monarca). Al primogénito Sancho le correspondió Castilla, pero no contento con la disgregación del reino y considerando que como primogénito le correspondía todo, decidió arrebatar a sus hermanos lo que les había tocado en herencia. Fue venciendo a uno tras otro, y dejó para el final a su hermana Doña Urraca, a quien había correspondido Zamora, considerando que era una pieza fácil de lograr. Pero no fue así, en realidad, el asedio de la ciudad en el que participaba el Cid Campeador, alférez de los castellanos y amigo del rey, duró siete meses, de ahí el dicho de “Zamora no se ganó en una hora”. Y terminó mal para Sancho. El caballero Vellido Dolfos acude al campamento castellano ofreciendo un trato, atrae con engaños al monarca a la muralla, y en la Puerta de la Lealtad (para los leales a Doña Urraca, para los castellanos será de “la Traición”), le asesta una puñalada mortal. Se cree que el caballero estaba secretamente enamorado de Doña Urraca y que por ello acometió su felonía para unos, para otros su acto heroico que salvó a la ciudad del acoso de los castellanos.
Se conserva muy bien la muralla en general y la misma Puerta de la Lealtad, muy cerca de la cual se encuentra el castillo, que más que semejar un tradicional castillo, es una fortaleza defensiva, encaramada en lo alto y con unas magníficas vistas del Duero, que abraza la ciudad. El acceso al castillo se hace por unos bellos jardines, adornados con una estatua del famoso escultor zamorano Baltasar Lobo (sus obras se encuentran por toda la ciudad, así como en el museo a él dedicado).
Y junto al castillo se encuentra otro de los edificios emblemáticos de Zamora, que es su catedral, con su característico cimborrio de estilo bizantino, que la hace ciertamente singular. Precisamente el edificio catedralicio alberga la presente edición de Las Edades del Hombre, con un repaso del mejor arte sacro, en el que destacan obras de El Grego, Juan de Juni, Berruguete, Zurbarán, un joven Velázquez, Salcillo, Goya, e incluso Picasso. Otros puntos destacados del edificio religioso son la Puerta del Obispo y la Capilla de San Idelfonso El Museo de la catedral también merece una visita.
Hacíamos referencia antes a ese estilo románico, caracterizado por su sobriedad y líneas puras, tan propio de Zamora, que tiene una cumplida muestra en sus iglesias. Sin ánimo de ser exhaustivo, estas serían algunas de las más destacadas, las de San Pedro y San Ildefonso, Santa María Magdalena, San Cipriano, Santa Lucía y Santiago del Burgo.
Mención especial merece la de Santiago de los Caballeros, una pequeña iglesia ubicada en la explanada a los pies del castillo, donde dice la tradición que fue armado caballero el mismo Rodrigo de Vivar, conocido como el Cid Campeador.
Pero sin duda, una de las joyas del románico no sólo de Zamora sino de toda Castilla es la iglesia de San Juan Bautista, localizada en la Plaza Mayor, corazón de la ciudad. Su construcción se remonta al siglo XII, destacando el rosetón y una puerta de tres arcos. En la misma plaza, justo a la entrada de esta iglesia, se encuentra el popular monumento al Merlú, que rinde homenaje a estas emblemáticas figuras de la Semana Santa Zamorana.
El corazón de la ciudad
La Plaza Mayor -típica plaza porticada castellana- es, como decimos, el corazón vivo de la ciudad, presidida por el Ayuntamiento Viejo y el Nuevo.
Otra plaza bonita de ver es la cercana de Viriato, presidida por la estatua del héroe lusitano, al que sólo la traición de algunos seguidores pudo vencer (aunque como dicta la tradición, pagaron muy cara su traición, ya que “Roma no paga traidores”), y flanqueada por dos palacios impresionantes, el Hospital de la Encarnación, un antiguo hospital del siglo XVII y que es actualmente la sede de la Diputación Provincial, y el de los Condes de Alba y Aliste, renacentista y reconvertido en Parador de Turismo. Ahí mismo se puede visitar también el Museo Etnográfico de Castilla y León. Para los que tengan la ventura de acudir en estas fechas a Zamora, no pueden dejar de asistir en esta misma plaza, el Jueves Santo, al emocionante “canto del miserere”.
Otro Palacio destacado es el de los Momos, aunque no se puede visitar, ya que alberga el Palacio de Justicia, si bien su fachada da cuenta de su belleza, con su profusión de detalles renacentistas y góticos isabelinos. Justo enfrente se sitúa una de las estatuas de Baltasar Lobo, que proliferan por la ciudad, en concreto, la de “Madre y niño”.
Pero además del románico, palacios… Zamora es una de las pocas ciudades lejos del Mediterráneo donde prendió el Modernismo, que aquí tiene una cumplida representación con las casas de Mariano López, de Faustina Leirado, de Juan Gato, de Norberto Macho y la de Tejedor; así como el Teatro, y el Mercado de Abastos. Su singular estilo ecléctico se puede admirar en un cómodo paseo por el entramado de calles del Casco Viejo de la ciudad.
Pero Zamora es también el río Duero, que abraza a la ciudad. Situada en un altozano, tiene miradores que permiten contemplar el bello discurrir del que pronto se encajonará en los cercanos Arribes, ya en la Raya de Portugal. Uno de los más recomendables es el de Troncoso, donde se puede admirar el Puente de Piedra, de origen medieval, el de los Poetas, o el de Hierro, construido a finales del siglo XIX, emulando los diseños de Gustave Eiffel.
Y a los pies de las murallas, junto al curso del gran río, se encuentran las Aceñas de Olivares, unos antiguos molinos medievales donde se elaboraba la harina y que actualmente, convenientemente restauradas, acogen un centro de visitantes. En la otra orilla del Duero están también las Aceñas de Cabañales y las de Pinilla.
Otros puntos de interés de Zamora son la Puerta de Doña Urraca, también conocida como Puerta de Zambranos o de San Bartolomé, antiguo acceso a la ciudad en un tramo muy bien conservado de la muralla; la calle de Balborraz, que nace en la Plaza Mayor y antiguamente era la calle principal de la ciudad, donde los artesanos tenían sus talleres; la Fundación Rei Alfonso Henriques; el Bosque de Valorio, el pulmón de Zamora; el Museo de Zamora en el Palacio del Cordón; el Paseo de la Aldehuela; la Casa del Cid…
Y para reponer fuerzas, nada mejor que tapear en una de las zonas más populares de la ciudad, la Calle de los Herreros, o caminar por la calle de Santa Clara, la calle comercial más importante de la ciudad, hacia Los Lobos. En cualquiera de las dos zonas se puede degustar algunas de las muchas delicias de la gastronomía propia zamorana, como son el bacalao a la tranca, el arroz a la zamorana, el pulpo a la sanabresa, o las cachuelas a la zamorana, entre otras viandas. Y todo ello regado naturalmente con un buen vino de la tierra, preferiblemente si es de Toro.
Si no hemos tenido suficientes experiencias y aún nos sobra tiempo, Zamora es la base de partida ideal para algunas excursiones muy recomendables a los cercanos Lago de Sanabria; la Puebla de Sanabria, considerado como uno de los pueblos más bonitos de España; a Toro donde degustar sus afamados caldos, o al Parque Natural de los Arribes del Duero.