Venezuela tiembla. No solo bajo el peso de un terremoto que ha quebrado muros, iglesias, escuelas y hogares. Tiembla también en el corazón de quienes, al otro lado del Atlántico, contemplan impotentes cómo la tierra sacude los recuerdos de su infancia, el árbol bajo el que jugaron, la casa donde aprendieron el nombre de sus padres, la calle donde comenzó la esperanza. España, escucha ese silencio. Tiene el sonido de los edificios que ya no existen, de las campanas que han dejado de sonar, del llanto contenido de una madre que busca a su hijo entre los escombros, del anciano que contempla el polvo donde hasta ayer estuvo su vida entera. Hay silencios que gritan más que cualquier sirena. En estas horas, las ideologías deberían guardar luto. Ninguna bandera puede ser más alta que una mano tendida. Ninguna diferencia merece ocupar el lugar que corresponde a la compasión. La naturaleza no pregunta por credos ni por gobiernos cuando sacude la tierra; tampoco debería hacerlo la solidaridad cuando sale al encuentro de quienes la necesitan.
España conoce el lenguaje de las catástrofes. Ha sentido la furia del agua, el estremecimiento de la tierra, el dolor de las pérdidas irreparables. Sabe que, cuando todo parece derrumbarse, la primera reconstrucción comienza en el gesto de quien llega para ayudar sin pedir explicaciones. Hubo un tiempo en que miles de españoles encontraron en Venezuela una patria generosa. Aquella tierra abrió sus puertos y sus brazos a quienes escapaban de la guerra, del hambre y de la desesperanza. Allí levantaron negocios, cultivaron campos, fundaron familias y encontraron un horizonte cuando Europa apenas salía de sus propias ruinas.
Venezuela no preguntó de qué región de España llegaban; bastó con saber que eran seres humanos. Hoy la historia vuelve a escribir la misma página con distinta tinta. Es España quien puede responder a esa antigua hospitalidad con la nobleza de la memoria. No como quien devuelve una deuda, porque la fraternidad nunca lleva contabilidad, sino como quien comprende que los pueblos también tienen corazón y que ese corazón late mejor cuando recuerda el bien recibido. Que partan aviones cargados de medicinas, de alimentos, de mantas y de esperanza. Que los equipos de rescate encuentren siempre una puerta abierta. Que las organizaciones humanitarias sientan el respaldo de una sociedad que nunca ha sido indiferente al sufrimiento ajeno. Que las universidades, los hospitales, los ayuntamientos y cada ciudadano hagan suyo este dolor que hoy lleva nombre venezolano.
Porque la ayuda verdadera nunca humilla: acompaña. No sustituye la dignidad de quien sufre; la protege. No convierte la tragedia en espectáculo; la transforma en un compromiso silencioso con la vida.
El océano que separa nuestras costas es el mismo que durante siglos llevó palabras, músicas, libros, abrazos y esperanzas en ambas direcciones. Hoy ese océano debería convertirse, una vez más, en un puente de auxilio. Que cada ola sea una promesa de que nadie está solo cuando la tierra se rompe bajo sus pies.
España, no mires hacia otro lado. Cuando un pueblo hermano cae, el deber moral no consiste únicamente en contemplar su desgracia, sino en ayudarlo a levantarse. Porque las naciones verdaderamente grandes no se miden por el tamaño de su economía ni por la fuerza de sus instituciones, sino por la capacidad de conmoverse ante el dolor de los demás.
Y cuando llegue el día en que las ciudades venezolanas vuelvan a levantarse piedra sobre piedra, escuela sobre escuela, hogar sobre hogar, será hermoso recordar que, entre los primeros en acudir, estuvo España. No por interés, ni por estrategia, ni por cálculo, sino por esa antigua virtud que hace inmensos a los pueblos: la solidaridad.
Porque, al final, los terremotos derrumban edificios; pero son los hombres quienes deciden si también se derrumba la esperanza. Y la esperanza, cuando viaja de un pueblo hermano a otro, siempre encuentra un lugar donde renacer.
I. España, hermana
No calles hoy, España, que la tierra
ha roto el pulso azul de la montaña;
el llanto sube desde la cabaña
y el polvo al cielo su oración destierra.
No hay mar que a dos orillas hoy se encierra,
ni historia que el olvido desengaña;
la sangre de la lengua nos acompaña
cuando el dolor de su oscura noche se aferra.
Que parta de tus puertos la esperanza,
vestida con el pan y la ternura,
con manos que reconstruyan el camino.
La caridad es siempre la alianza
que vence al terremoto y su amargura:
hacer del otro hermano el destino.
II. Venezuela
Tiembla la piedra, mas el alma queda;
se inclina el muro, nunca la nobleza.
Hay una luz que nace en la pobreza
cuando la fe sobre el escombro se hospeda.
Ningún temblor la dignidad enreda,
ni apaga el sol que al horizonte empieza;
el hombre vuelve a erguirse con firmeza
si otra mano a su lado no se enreda.
Venezuela, resiste. Cada aurora
lleva escondido un canto de semillas
que romperán la noche lentamente.
Después del duelo siempre nace flora;
el río encuentra el mar, las golondrinas,
y Dios devuelve abril calladamente.
III. El puente del Atlántico
Que el mar no sea nunca la distancia,
sino el camino antiguo de la vida;
la misma luz en una y otra orilla
ha dado al hombre idéntica sustancia.
España y Venezuela, en consonancia,
comparten una historia compartida;
cuando una cae, la otra está obligada
a levantar su fe con elegancia.
No vence quien contempla el sufrimiento,
sino quien hace del amor su puerto
y del deber un árbol florecido.
Que el mundo aprenda, en este triste momento,
que un pueblo nunca queda del todo muerto
mientras otro respondía: "No te olvido.
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(Enviado por Antonio Rendón)