Hoy, día del Pilar, las he recordado con intensidad a las tres.
De pequeño me llevaban con frecuencia a verlas, generalmente los fines de semana o mejor los domingos que mi padre no trabajaba. Solíamos comprar pasteles exquisitos que vendían en la pastelería “Anacar” en el piso bajo, a la altura de la calle.
Mi abuela Pilar era una mujer muy buena y muy risueña, de pelo blanco y con moño anudado sobre la coronilla. Mi padre la adoraba. Recuerdo el día que murió del corazón estando mis padres coyunturalmente en la Feria de Sevilla, le avisamos y vinieron en avión. ¡Cómo sollozaba mi padre – cosa rara en él - ante el cuerpo exánime de su madre!. Generalmente en aquella época las personas morían en sus casas y no en lo sanatorios.
Mi tía Pili era muy gruesa y cariñosísima, comía mucho, le encantaba comer, estaba casada con mi tío Onofre Mendiola Ruiz, mi padrino – y comía las croquetas, con voracidad y placer inefables.
Mari Pili, que me adoraba, llevaba siempre en el bolsillo una fotografía mía sacada en Fotomatón. La otra prima, Marisol, era de carácter más arisco. Y Angelines, la pequeña, aún no había llegado a este mundo.
La Virgen del Pilar es la patrona de la Hispanidad, y el apóstol Santiago el patrón de España.
Reinaba entonces un orden sepulcral, y la gente tenía mucha ilusión, les ilusionaba todo.
Ahora que voy a “Dentín”, mi dentista, sito en Jorge Juan, paso siempre por delante de la casa y me acuerdo mucho de ellas, de una época pasada y congelada en el tiempo. Espero que una de las gracias que el Señor en su misericordia me conceda, sin duda de las mayores, es la de volver a encontrarme con todas ellas, más allá de ese tránsito que llamamos la muerte.