Pero claro, para vivir y convivir lo más importante es la educación y la estabilidad. ¿De dónde ha aparecido esa virtud tan valiosa?. Posiblemente se acerque más al temperamento de su madre, mujer educada de voz suave y armoniosa, pero de profunda tenacidad y austeridad segoviana.
Después de darle vueltas he caído en la cuenta que se deba sin duda a la educación exquisita que tenía mi madre, Angelina Orsolich, mujer encantadora y dadivosa de oído muy fino, como también, claro, el de mi hija, que en eso también se parecen.
Ortega hablaba de “el hombre y sus circunstancias”, que es como decir la herencia, la genética y el mundo que te rodea. Lo dijo Ortega y Gasset con esa clarividencia que le caracterizaba, mezcla de sicología y de filosofía.
El sicoanálisis – que porciento experimenté en su día - y Sigmund Freud, acercaron esta realidad a la bilogía.
Yo siempre tuve mucha preocupación antes del nacimiento de mi hija por la herencia de su padre, esto es, mi inestabilidad y mis “neuras”, si bien que atemperadas por mi simpatía y mis ocurrencias proverbiales. Mi familia paterna no fue muy equilibrada que digamos; muy trabajadora, eso sí; pero confiaba más en la de mi mujer, que nos sacara las castañas del fuego, y por su puesto la voluntad del “de arriba”, que siempre desea lo mejor para nosotros. Y ya se sabe que en esta vida terrena los dos pilares sobre los que se asienta la felicidad son: el trabajo y la familia.
Un trabajo que te proporcione el sustento y la satisfacción personal, y una familia que te aporte el equilibrio. En estos dos cimientos se apoya toda vida humana que aspire al bienestar y a la dicha.
Por mi parte he tenido mucha suerte, una suerte enorme; he podido sufrir enfermedades varias, ¿ y quién no las ha tenido?, pero he llegado a los ochenta y un abriles - nunca mejor dicho -, puesto que cumplo los años el mes de abril, sano y salvo. Lo cual atribuyo dentro de mis creencias a cuidar siempre “el techo que me cobija y el pan que me alimenta “, como decía Machado; y también, claro está al designio del Espíritu Santo, en el que no solamente creo sino que también le amo, y este es un sentimiento personal que con el paso de los años se ha ido haciendo más y más intenso.
Pero a lo que vamos, el gran regalo ha sido el de mi hija, una mujer bella, equilibrada y de exquisita educación semejante al de su abuela paterna, mi señora madre: Angelina Orsolich.