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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan...”

Pedro José, mi otro amigo

  • A todos los que fuimos sus amigos, con dolor

Por Germán Ubillos Orsolich
martes 16 de agosto de 2022, 23:25h

16AGO22 – MADRID.- Sorprendentemente Pedro José se ha marchado, y digo se ha marchado porque no creo en la muerte y sí en la vida eterna de la que nos habla Cristo.

A Pedro José le conocí en el Ministerio de Obras Públicas. Era hombre grueso, risueño de voz grave y cantarina, muy de pueblo. Era abogado como yo y aparejador, su padre guardia civil y su madre una mujer bondadosa de pueblo, muy de pueblo, de Mombeltrán, cercano a Arenas de San Pedro y a la sierra de Gredos, allí donde Unamuno y Ortega y Gasset firmaron su amistad.

Era un hombre ahorrativo como todos los abulenses y castellanos viejos, pero generoso en su simpatía.

Acarició siempre la idea del matrimonio, institución que de haberla conseguido le habría ido al pelo, porque todos mis amigos que se han marchado de este mundo no tenían mujer, mientras que los que aún permanecen a pesar de las enfermedades y dificultades gozan del acompañamiento de una esposa.

En Arenas y en Mombeltrán tenía muchas amigas, algunas letradas o jueces o hijas de jueces y magistrados, cosa que a él le encantaba. Fue novio formal de Paqui, amiga de mi mujer, joven esbelta, elegante y culta, amiga de las artes, de la pintura; era restauradora, y amante de la música, hija única, que murió en accidente de automóvil; hecho desastroso éste que me tocó a mí la penosa tarea de comunicárselo. Tenía algunos problemas económicos con Pedro, pues ella era - como hija única- deseosa de vivir cerca de sus padres y el dinero de Pedro no daba para tanto, a pesar de que llegó a tener tres casas a su nombre. Hay que reconocer que este hecho luctuoso le dejó muy afectado. Acto seguido pretendió realizar su objetivo con B. Mardones, joven ella de curioso parecido con Paqui, pues era y es esbelta, delgada, con clase y cultura y gustos refinados y muy bien vestida.

Tampoco consiguió en vida ese objetivo.

Profesionalmente intentó alguna oposición restringida con ideas de ascensos, que no aprobó, abrió un despacho de abogados que tuvo que cerrar en una de las crisis económicas que asolan nuestro país de forma intermitente, cíclica y fatal.

También habló por la radio, “La Inter”, ensayando como locutor y comentarista, hecho éste que le granjeó algunas admiraciones y simpatías pero no duró demasiado. Entonces ensayó “ser escritor”, como si eso fuera poner ladrillos, y publicó un par de libros sobre teoría política, pero al comprobar que ni las chicas ni los oficios le grajeaban los éxitos que él quería, ni el nivel que deseaba decidió irse de Madrid y afincarse de nuevo en su pueblo de nacimiento, en Mombeltrán, antes hay que aclarar que se echó una novia rubia muy joven y vistosa de origen mexicano que no le pegaba nada, y que conducía un coche descapotable rojo impresionante por toda la capital.

Pedro eufórico con aquel nuevo ligue se dejó una barba descomunal muy parecida a la de papa Noel y no dejaba de fumar cigarro tras cigarro. Aquella vistosa mexicana le hizo perder parte de su patrimonio, uno de sus tres pisos, pues gastaba mucho.

Un vez afincado de nuevo en su pueblo – como digo- y tras breve tiempo declarando que era muy feliz respirando su aire tan puro y una paz tan inefable, quizá por aburrimiento comenzó a pleitear con los vecinos y a entablar querellas criminales, cosa que le encantaba pues se trataba de derecho penal, uno de sus favoritos.

Pero también empezó con los altibajos anímicos, pasaba de las depresiones muy acusadas a las euforias llamativas, algo de la ciclotimia. Si a eso unimos sus dolores persistentes de cabeza y sus insomnios lacerantes pueden hacerse idea de los sufrimientos intensos de Pedro José, unidos a su dolor crónico de la espalda de fuerte escoliosis. Se cayó una día en el wáter del bar del pueblo y se fracturó un par de vertebras, lo que le obligó llevar un rígido corsé varias semanas. Todo esto me lo contaba por teléfono, ya que yo fui a verle al pueblo personalmente y a estar en su casa una semana, un par de veces. Recuerdo las deliciosas noches, pues bajaba bastante la temperatura, y el calor en aquella su casa de la que tanto presumía era considerable.

Luchando con su salud tan precaria siempre, con la diabetes, con sus dolores, sus ambiciones emocionales y profesionales , pero siempre con ese empuje y esa alegría y simpatía que siempre mostraba a todos, esa simpatía arrolladora, ese amor justificado y fidelidad por su amigos, siguió siempre al lado de su adorado Jesucristo, en su oraciones y meditaciones espirituales. En sus parlamentos personales con Jesús y con su madre difunta. Con su amor permanente y discretísimo a la Obra que fundara San José María Escrivá de Balaguer. Procuró siempre oír misa y recibir la comunión con todo fervor y frecuencia, siempre fiel miembro afín al Opus Dei.

Escribió un libro sobre el Espíritu Santo y las ofensas imperdonables contra Él, y sobre la Santísima Trinidad, que yo deseo y espero podérselo publicar. Y cuando parecía que todo estaba en orden nos avisó a los amigos por teléfono con voz entrecortada y algo difusa que se le había desatado un cáncer de páncreas, y al poco tiempo la noticia anónima de que se nos había marchado de este mundo quedándose exánime en un quirófano, imaginamos que intentando salvarle al vida a la desesperada de ese terrible y letal cáncer de páncreas que nos acababa de anunciar.

Imagino que fue el hospital de Navarra con reciente sede en Madrid de médicos fabulosos pero a la desesperada.

Sí, Pedro José se ha marchado a la casa del Padre, dormido por la anestesia en un lecho de operaciones, sin dolores de cabeza, depresiones, alteraciones emocionales y desaires de chicas y de novias que jamás parecieron comprenderle. Fue un hombre atormentado y sin embargo simpatiquísimo y cordial. Como Carlos Dorvier, Rafael Casas y tantos otros, sin una viuda que pudiera llorar su muerte. Pero la partida de Pedro José ha sido la menos esperada, silenciosa, sorprendente, y repentina, cuando ninguno de sus amigos imaginábamos jamás que pudiera ocurrir. Pedro José era a la hora de su partida nueve años más joven que yo. Realizó siempre una acción trepidante, innovadora y arriesgada.

Sé que pedirá por todos nosotros y se preocupará por nuestro bien tan intensamente como hizo siempre en este mundo, pero con mucho más poder y eficacia, ya que lo estará haciendo en la cara del Padre, en los aposentos que éste le haya reservado para ser al fin querido, comprendido y recompensado.

Pedro nos deja a todos un enorme vacío, pues nos quería mucho, emprendía constantes empresas, organizaba guateques y fiestas, llenaba muchísimo, y cuando ya no pudo hacerlo nos llamaba por teléfono. Nos necesitaba sin ninguna duda, pero nosotros mucho más a él.

Germán Ubillos Orsolich

Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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