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Opinión:”Mi Pequeño Manhattan...”

El señor Rayo

Por Germán Ubillos Orsolich
miércoles 01 de septiembre de 2021, 02:45h

01SEP21 – MADRID.- Era un mundo desconocido, era un mundo desvanecido para todos ustedes, lectores y lectoras, era la dictadura; pero era no solo eso, era como vivir en Marte y sin embargo era España, la misma España que ustedes ahora tocan y ven, y lo que voy a contarles ocurrió hace más de setenta años, y como en un zoom voy a acercarlo hasta ustedes en una tarea que carece de valor porque es jugar con el tiempo como lo hacía Einstein, volar hacia el pasado de una estrella remota que nos iluminara con una luz quizá desaparecida desde hace milenios.

Yo era un niño de cuatro años y estaba tumbado sobre un lecho de dura escayola blanca. Tenía “Mal de Pott”, tuberculosis ósea. Era el primogénito y mis padres, unos padres inigualables que luchaban denodadamente por mi curación.

Primero fue el doctor Garrido Lestache, especialista en niños, y después don Darío Fernández Irüegas, osteópata, cirujano y el mejor en columnas vertebrales.

Si yo he sobrevivido se debe a esos cuatro seres, Germán y Angelina, mis padres; y los doctores Garrido Lestache y don Darío Fernández Irüegas.

Entretanto España se debatía entre las carestías, el hambre, los cortes de la luz, las restricciones de agua fruto de “una pertinaz sequía”, y de la ausencia de embalses suficientes.

Y Evita Duarte de Perón y el General Eisenhower que venía a visitar a Franco y hacer más liviana su soledad y su aislamiento internacional, el de la España de la dictadura recién terminada la Segunda Guerra Mundial muerto y suicidado Adolfo Hitler en su bunker de Berlín, y con él el peligro de un holocausto mundial.

Bien. Don Alejandro Rayo era el practicante que venía todas las mañanas a casa a pincharme la consabida inyección de Calcio y de Cebión, Roche.

Llegado a casa abría con parsimonia su maletín de cuero y sacaba de él la cazuelita metálica alargada y las jeringas de cristal, que yacían dentro.

Daba orden a Águeda - mi señorita de compañía natural de Burgos -, y pronto, de un vaso lleno de agua, llenaba la cazoleta y la parte de la tapa más plana y menos profunda de alcohol, que ponía, raspando una cerilla de una caja, que introducía la jeringa y con dos agujas largas y punzantes en la cazoleta cuya agua se ponía a hervir colocada sobre el fuego.

La tenía así un ratito y la sacaba limpiamente con sus dedos anteriormente lavados con jabón “Heno de Pravia” de Gal, de aroma inconfundible.

Con una sierrecita partía la cabeza de cristal de las ampollas de Calcio Sandoz y de Cebión, llenaba la jeringuilla recién hervida, justaba la aguja a la jeringa, me daba con un algodón empapado en el mismo alcohol en las nalgas, bastante arriba, y me pinchaba la aguja con tal rapidez y precisión que apenas lo notaba. A veces daba unos golpecitos con la mano antes de pinchar para despistarme.

Dolía un poco la entrada del líquido. Muchísimo cuando se trataba de hierro, pero eso era rara vez.

Alejandro Rayo, grueso, cabello claro y con bigotito rubio, departía entre tanto con la tía Angelina - tía de mi madre -, o con mi propia madre, o con Águeda o con Encarna, la cocinera.

Es tremendo pensar que Águeda ha muerto, y también mi madre y Encarna, la cocinera, ésta ultima de mal de Alzheimer y muy seguro también el señor Rayo, el practicante; y que solo quedo yo, un viejo de alma joven arrastrando un andador y a veces sentado en una silla de ruedas.

El “Mal de Pott” fue vencido por ese grupo de gente maravillosa que luchó por salvar a un niño rubio indefenso, postrado en un lecho de escayola.

Ahora ese niño que os relata todo esto aún vive en un mundo bien distinto, en una España diferente por completo, pero que aún recuerda con rara e intensa nostalgia, cuando todas las mañanas sonaba el timbre de la puerta del recibidor y a mi pregunta frecuente escuchaba la voz de Encarna, de Águeda o de mi madre que exclamaban con fuerza juvenil y animosa: “Tranquilo Germanín, es el señor Rayo que viene a pincharte como todas las mañanas”.

Pues bien, no crean que sufría o me preocupaba sino todo lo contrario, era inmensamente feliz, mucho más feliz que ahora.

En mi alma de niño habitaba la armonía, y vivía y sentía cada mañana y a cada hora el amor infinito de unos padres, de una tía, de una cuidadora, y de unas chicas de servicio que eran tan entrañables, tan queridas o más, que mis propios padres, apenas aparecido en la escena mi hermano más pequeño.

Pero esa es otra historia.

Germán Ubillos Orsolich

Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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