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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan...”

Cuando me levanto

martes 23 de junio de 2020, 16:36h

22JUN20 – MADRID.- Cuando me levanto - a pesar de mis achaques y de mi edad y me meto en la ducha -, me comería el mundo. Mi mente está ágil, joven, lúcida y creativa, y a pesar de las dificultades una alegría innata, una luz, un dinamismo increíble inundan cuanto miro, pienso, proyecto o considero.

Dicen los médicos que por las mañanas todos o casi todos nos sentimos bien y que por la noche lo vemos de diferente forma.

Siempre he pensado que los primeros humanos que habitaran la tierra allá por el paleolítico o neolítico e incluso antes, al llegar el crepúsculo y con él la noche mirarían angustiados el horizonte viendo desaparecer su luz, que pensarían para siempre.

Las primeras noches debieron ser terribles, sin luz, sin calor, sin fuego, sin ver nada o casi nada, solo la luz de las estrellas; escuchando el ulular del viento; tiritando de frío, rechinando los dientes de puro miedo, moviendo las mandíbulas, frotándose las manos tan ásperas….

Pero al cabo de un tiempo, que debió parecerles eterno, por el lado opuesto del horizonte comenzó a aparecer y difuminarse y expandirse la “nueva luz del alba”. Esos primeros padres saltaron de asombro, de gozo y alegría.

Lo mismo les ocurrió al descender la temperatura terrestre, saliendo del primer otoño y entrando en el invierno.

Durante el frío, bajo la nieve y el viento, los primeros homínidos se abrazaban a los rugosos troncos de los arboles cubiertos de líquenes y llorando, entre escalofríos, musitaban la frase: “Bosque, tú que puedes, cúranos”.

Algo parecido, queridos lectores, me ocurre desde hace semanas.

Cuando me levanto y me meto en la ducha, me sorprende no tener esa alegría, esa visión del mundo creativa, ese empuje; ya no me como el mundo pues una rara tristeza me dificulta la visión; un velo oscuro y violáceo me impide ver aquello que veía, tal como lo veía; las posibilidades infinitas que se abrían cada mañana en mi mente y en mi corazón, mientras sentía como el agua templada caía sobre mi cabeza y resbalaba limpiando mi cuerpo, ya no son.

Créanme, muy desagradable y penoso de contar esto, hasta que me he decidido a acudir a la “triaca máxima” y escribir estas líneas.

No se trata de un convencimiento intelectual, se trata de un sentimiento, una intuición, una premonición insidiosa.

Sé que existe Dios más allá del mundo de la materia, del mundo que visualizamos. Sé que solamente nos queda él, del mundo de lo invisible – como ese Coronavirus –, capaz de hacer de la noche el día y del invierno la primavera.

Germán Ubillos Orsolich

Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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