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Opinión: “¡Cuidado con los Humanos…!”

Cómo matan a un toro de lidia
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Cómo matan a un toro de lidia

Por Marta Miguel García

viernes 26 de julio de 2019, 13:21h

26JUL19 – ZARAGOZA.- Estoy plácidamente pastando en la dehesa, el sol se está poniendo por el oeste, sopla una ligera brisa de primavera y escucho a los pájaros trinar entre los árboles. De repente, vienen los que suelen perturbar nuestra paz de vez en cuando, me separan del resto de mis hermanos y me introducen en un cajón.

No quepo bien, el medio de transporte se mueve muy rápido y me bamboleo. No sé qué ocurre, por qué me han encerrado de repente en ese sitio oscuro. No puedo darme la vuelta ni moverme, estoy atascado en un espacio minúsculo para mí. Sólo tengo cinco años, los de mi especie vivimos hasta los veinte o incluso veinticinco, ¿dónde me llevan? Ha pasado mucho rato desde que me metieron aquí, tengo sed y hambre y no paro de defecar.

Hace unos días afeitaron mis astas, mientras lo hacían, escuché decir a un señor que era para que perdiéramos la referencia visual porque medimos las distancias en función de nuestros pitones. Supuse que se avecinaba algo que no era bueno. Ya hace dos meses me pusieron unas fundas en ellas y dijeron que era para lo mismo, para acostumbrarme a medir las distancias con el enfundado puesto. Me han quitado esas fundas justo hoy, antes de comenzar a afeitarme.

De pronto, se abre el cajón en el que me encuentro, no reconozco nada de lo que veo, me conducen por unos pasillos y escucho mucho ruido, risotadas, jaleo, incluso música, estoy asustado. Me clavan un arpón, se llama divisa, lleva los colores de la ganadería de la que vengo, tiene 8 centímetros de longitud. Me hace daño. Llego hasta una plaza y estoy completamente sólo, no hay ninguno de mi especie cerca. Los gritos y abucheos me asustan. No tengo escapatoria, quiero huir de aquí. No entiendo nada de lo que está sucediendo.

Un hombre vestido con muchas luces se acerca a mí y comienza a marearme mientras hace lo que llaman torearme, lo que llaman arte, lo que dicen cultura. Cada vez que me acerco al caballo que hay en la plaza me clavan la puya, un arma metálica de casi nueve centímetros de longitud que abre un trayecto en mi lomo de veinte centímetros. Empiezo a perder sangre. El caballo no relincha, le han cortado las cuerdas vocales antes de salir a la plaza. Además, tiene los oídos y los ojos tapados para que no huya ante el miedo, se siente desorientado y asustado porque no ve ni oye nada y además no puede relinchar, le han privado de casi todos sus sentidos, excepto del tacto, por eso puede sentir mi sangre caliente salpicándole en el costado. La puya que no dejan de clavarme me rompe y me lesiona más de veinte músculos, ligamentos, tendones, venas, arterias y costillas. ¿Por qué me están haciendo todo esto? ¿Qué he hecho mal?

Soy un herbívoro, rumiante y gregario. En el mundo animal soy una presa no un depredador. Es por este motivo por el que he aprendido a disimular el dolor. Si las presas manifestamos dolor, los depredadores vienen a por nosotros sin dudar porque nos creen enfermos. He aprendido a no manifestar debilidad, pero me siento muy mal, la sangre sigue chorreándome por el cuerpo, he debido perder a estas alturas más de cinco litros, mis patas y mi lomo están ensangrentadas. Cada vez que intento escapar, ese hombre que monta al caballo, interpone a éste y bloquea que yo me pueda mover, lo llaman carioca. Empieza a rotar la puya dentro de mi lomo, a eso lo llaman sacacorchos. No contento con eso, en ocasiones mueve la puya arriba y abajo, lo llaman barrenado. Siento un miedo aterrador. ¿Quién es esta gente? ¿Por qué me hacen esto?

De repente, el torero le ordena al picador que suelte el estribo – es una estructura metálica de treinta kilos – contra mi cabeza. Esto provoca fisuras y fracturas en mi cráneo. Es el crimen del estribo del picador. Me acaban de provocar hemorragias oculares, úlceras de córnea y desprendimiento de retina, entre otros padecimientos. Cuánto sufrimiento son capaces de imponerme.

Ahora viene el tercio de banderillas, me las clavan en los mismos sitios donde me han clavado antes las puyas, zonas ya con lesiones, lo que me provoca un calvario inmenso, no lo puedo soportar. Sigo desangrándome. ¡Por favor, paren ya! ¿Acaso quieren matarme? Sólo quiero huir de aquí, pero no me dejan. En cambio, continúan con el rejoneo, cuchillas de doble filo de dieciocho y diez centímetros de longitud. La sangre brota sin cesar por mis heridas, son tantas… Mi pánico y mi suplicio no le importa a nadie de los presentes. Hay una multitud a mi alrededor que parece divertirse. ¿Acaso son unos sádicos? Se ríen, disfrutan con mi tormento. Sólo han pasado unos minutos desde que empezara aquello que esos seres bravucones que me rodean llaman espectáculo. En torno a la arena se ven niños observando la escena y contraviniendo las recomendaciones del Comité de Derechos del Niño de la ONU. Tengo la lengua afuera, estoy martirizado, exhausto y cada vez más desangrado. Las fuerzas me fallan, y el dolor es tan lacerante que no puedo levantar la cabeza ni mover el cuello. Tengo convulsiones y estoy agonizando, la sangre se derrama por todo mi cuerpo. Y ahora viene el tercio de la muerte: estoque, descabello y puntilla. Me clavan el estoque, una espada de casi un metro (80 centímetros) que seccionará todas las estructuras anatómicas que encuentre a su paso. La estocada ideal es la que penetra en mi vena cava y arteria aorta posterior - lo cual provoca una hemorragia interna que hace que empiece a asfixiarme - en el pulmón derecho - momento en el que empieza a salir a borbotones sangre por mi boca y mi nariz - y bronquios, entre otros. Tras la estocada, el descabello: espada de diez centímetros que se introduce entre la primera y segunda vértebra cervical. Me secciona la médula espinal y a veces parte del bulbo raquídeo. Mis patas se doblan, me arrodillo, me caigo, mis patas no hacen caso de mi cerebro. No las puedo controlar. Siento terror. Estoy tetrapléjico pero totalmente consciente. La única parte sensible ya al dolor físico es mi cabeza. Por favor, suplico, imploro, ruego, las lágrimas se mezclan con mi sudor y mi sangre en el rostro, apenas tengo fuerzas para pestañear y apartar los grumos de sangre, por favor, que no me hagan más daño. Ya no queda ninguna parte de mi cuerpo sensible al dolor. Me noto entumecido y postrado sobre la arena ante esos verdugos. Voy a morir. Pero todavía no se han quedado satisfechos, nuevamente el torero se acerca a mí, me clava con saña la puntilla, un cuchillo de diez centímetros que me destroza el bulbo raquídeo. Esto me provoca una parada cardiorrespiratoria y una desconexión del Sistema Nervioso Central. Gracias a la puntilla, los músculos respiratorios se paralizan y siento que me asfixio. No me queda mucho tiempo de vida, lo agradezco, no entiendo tanta crueldad, tanta violencia, tanta inquina, tanto calvario gratuito. Yo estaba tranquilamente pastando en la dehesa. ¿Qué les he hecho para odiarme tanto?

Pasan un par de minutos, sigo consciente y entonces la barbarie todavía no ha terminado, en ese traje de luces cabe belicosidad y animadversión a raudales. No le han bastado todas las espadas que ha insertado en mi cuerpo, descuartizando y despedazando mis músculos y órganos internos, no le han bastado todos los litros de sangre emanando de mis entrañas, no le ha bastado dejarme inmóvil sin poder moverme, temeroso, desgarrado de dolor y de pena y de pavor. Se acerca hacia mí, sonríe victorioso y mutila mi oreja, me la arranca. ¡Cuánta ferocidad cabe en el ser humano! No tienen piedad. Sólo deseo morir. Morir rápido. Morir ya. Pero no acabo de hacerlo, se me llevan a rastras al desolladero.

Mi corazón sigue latiendo, con una cadencia lenta y casi insignificante, los latidos me retumban en las sienes. Me han infligido todo el dolor que podía soportar mi cuerpo. En mis terminaciones nerviosas no queda lugar para una sola gota más de pena. Entonces uno de aquellos hombres que están a mi lado le dice a otro que sigo vivo ¿quizás me salven? ¿quizás los médicos que he visto antes me ayuden? “Hay que rematarlo” le responde. De pronto, un cuchillo se alza en la densa atmósfera que huele a mi sangre y a mis lágrimas… Me lo clavan en el corazón. Se acabó. Ya no pueden torturarme más.

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  • Cómo matan a un toro de lidia

    Últimos comentarios de los lectores (2)

    2763 | Pilar Domené Casino - 10/08/2019 @ 12:14:39 (GMT+1)
    Qué bien reflejado....duro pero cierto. Tengo esperanzas de que las plazas de toros dejen de utilizarse y sólo sirvan de recuerdo para algunos.
    2758 | ELENA - 01/08/2019 @ 00:16:39 (GMT+1)
    Ya eran las cinco de la tarde cuando el toro su futuro adivinó. Sonó un clarín y en ese instante se vio muerto, sin orejas, sin valor. Llegó una voz del callejón, algún capote le tentó, toda la plaza era un clamor cuando entre sol y sombra paseaba. A los cabestros se acercó y sobre un fondo polvoriento se esfumó. Canción de Víctor Manuel. Siempre se me ha encogido el corazón al escucharla. Con tus palabras me ha pasado lo mismo. Te echaba de menos Marta.

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