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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan…”

Desde mi Estudio

domingo 14 de octubre de 2018, 00:16h

12OCT18 – MADRID.- Desde mi estudio donde escribo a las 10,20 h de la mañana de un día diáfano de principios del otoño veo el tejado de tejas rojas de una de las casas de la Duquesa de Alba y sobre ellas la bóveda del cielo azul velazqueño de mi propia infancia, un cielo azul infinito sin nada de contaminación, por él, muy lentamente, ha estado desplazándose un minúsculo avión apenas perceptible dada la enorme altura a la que vuela, deja una fina estela de vapor blanco que apenas dura unos momentos para desaparecer a un centímetro del avión que a esa altura y distancia puede ser de cientos de metros.

Desde mi terraza y el amplio ventanal el azul del cielo parece un océano infinito de aire respirable. Los primeros pobladores del planeta no podrían imaginar más de lo que veían, y realmente lo que se divisa es fantástico.

La vida así percibida es bellísima y armoniosa, un lugar donde disfrutar por el mero hecho de existir.

Las naves y las sondas enviadas al espacio durante la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI han fotografiado y filmado lo que sabíamos desde siglos atrás.

Pero como una imagen vale más que mil palabras la contundencia de esas imágenes repetidas hasta la saciedad en el cine, en la prensa y en la televisión, grabadas a fuego quieras que no en nuestra mente y en nuestra alma, han hecho perder esa ingenuidad casi diría que infantil que teníamos los habitantes hace tan solo unas décadas.

Dicen que una persona se hace mayor cuando pierde el interés y sobre todo la capacidad de asombro por aquello que le rodea.

Pienso en la infancia y el asombro y embeleso con que yo mismo contemplaba horas y horas este cielo purísimo, tumbado e inmóvil en el lecho de escayola curando una importante enfermedad ósea dorsal me mantenía así postrado. Y lo recuerdo porque cuando más sabemos más perdemos, entiéndanme, sabemos más cosas, tenemos más datos, la vida es más larga, la cirugía, los antibióticos y las técnicas de la anestesia han prolongado nuestras vidas de una forma sorprendente, pero si me pongo a pensar o más bien a recordar, la ingenuidad, la inocencia, la pureza, constituyen en si un mundo mágico que perdemos cada vez más aceleradamente.

Me imagino a Cristóbal Colón en pleno océano buscando un continente entonces inexistente para la mente de los pueblos de Europa. ¿Qué sentiría desde la cubierta de La Pinta en una mañana como ésta contemplando un mar inmenso bajo un cielo infinito. Esa sensación irrepetible que sin duda él tuvo es impensable e imposible para un hombre de nuestros días.

El amanecer para los hombres del Neanderthal es muy distinto al de los humanos de la cibernética y los ordenadores…y sin embargo sigue siendo el mismo a los ojos imaginarios de esa fuerza inmensa e infinita en el tiempo mensurable que envuelve, penetra y ha dado origen al mundo material.

Ganamos por un lado y perdemos por el otro, en ese aspecto no hemos logrado la perfección y es muy posible que jamás se logre a escala humana en época alguna ni en tiempo alguno.

Germán Ubillos Orsolich

Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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