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Cuento: “Historias Urbanas”... (I)

La Cena

Por J.I.V.

miércoles 12 de abril de 2017, 01:19h

Apolarina fue la primera en despertarse esa mañana y al hacerlo, se dio cuenta que su malestar estomacal no había sido un sueño. Sentía el estómago adoquinado y en la boca, una sensación de pasto reseco, le alcanzaba hasta la garganta.

-Maldita comida china, -masculló mientras se dirigía a la cocina para preparar algo fresco que le aliviara esa pesadez en su interior. La cocina, completamente desordenada y llena de cacharros sucios por todas partes, le hizo desistir de la idea de algo más complicado que estrujar el brik del zumo de naranja sintético que le supo amargo, produciéndole un ligero estertor.

-Necesito algo más fuerte, -se dijo mientras ponía la cafetera al fuego.

Mientras tanto en la habitación contigua, y que hacía las veces de dormitorio en el minúsculo piso que habitaba en compañía de Gamberio desde hacía cuatro años, comenzaban a oírse en aplastante rutina, una serie de ruidos ya muy familiares para ella y unos instantes después en el cuarto de baño, pegado a la cocina, el sonido de algunos exabruptos corporales, una tufarada acre, el agua corriendo con la descarga del water y la tos de bronquios estragados por el tabaco, la convencieron de que un día más, comenzaba igual, repitiéndose como un calco, del anterior y supo que en un par de minutos a lo sumo, la bestia parda que un rato antes roncaba despatarrado atravesado en la cama revuelta, haría su aparición en la cocina.

Apolarina probó un sorbo de café, negro retinto y sin azúcar, con la esperanza que el brebaje atroz que había preparado, le devolviese un poco de tranquilidad al estómago al tiempo que asentara su cabeza y treinta segundos después de su enorme panza, entró a la cocina la figura ancha y pesada de Gamberio. Mal afeitado y peor aseado, con los pantalones arrugados y los zapatos sucios, emitió un gruñido a guisa de saludo al tiempo que recibía el jarro, que Apolarina acababa de llenar con el humeante café.

-Este café sabe a añejo, apuesto a que es de ayer y ya lo sabes: el café recalentado no me gusta, -dijo Gamberio apretando los dientes y mirando con fastidio a su mujer.

-Acabo de prepararlo ahora mismo, -replicó Apolarina

-¡Y una mierda!, -dijo Gamberio al tiempo que se levantaba de la mesa con gesto agrio.

-Desayunaré en el trabajo, -dijo y salió dando un portazo que remeció el piso de alquiler barato que habían conseguido, después de mucho buscar, en una calle cercana al Metro de Lavapies.

Apolarina, con la molestia de estómago rellenándole la boca de un regusto amargo, sintió que la cólera encendía su rostro pero no dijo nada. Instantes después, inclinada sobre el excusado y aguantando el intenso olor amoniacal que le hacía saltar las lágrimas, vomitaba con tremenda furia, la cena del restaurante chino de la noche anterior.

-La puta comida china, -se dijo, es la última vez que la como; a sabiendas que posiblemente esa misma semana, volvería a cenar en el tugurio que había justo enfrente de la boca de Metro.

Al mirarse al espejo, con los ojos aún congestionados por el esfuerzo de las arcadas, se sintió súbitamente derrotada. ¿Dónde estaba el rostro de aquella mujer animosa que cuatro años antes se casó ilusionada con aquel hombre que la había enamorado con su gracia y personalidad? El saber que no tenía una respuesta aumentó su malestar. No había cumplido aún los 30 años y ya se sentía una vieja. Su melena rubia y rizada de antes, había dejado paso a un pelo descuidado, pajizo y lacio que aumentaba su aspecto cansado y desordenado.

Gamberio tampoco era el mismo. Su aspecto montuno, con una barba cerrada hasta los párpados, que años antes le daba cierta gracia, se había acentuado conforme fue ganando velozmente, los kilos que de manera irreverente, se aposentaron en su barriga. Del mismo modo, su carácter otrora agradable, se tornaba más intratable según pasaban los días.

En un momento, al encontrarse con sus propios ojos en el espejo, se dijo a si misma que aquello no podía continuar. La vida que llevaban, los estaba destrozando a ambos por igual si bien, Apolarina sentía que su desgaste era mayor, viviendo como vivía, encerrada todo el día en el desvencijado piso que habitaban y por el cual pagaban, un cuarto del salario que Gamberio conseguía en el empleo de segunda que tenía en una bodega de materiales de construcción ubicada en la zona industrial de Villaverde.

Al salir del baño, Apolarina ya había tomado una decisión: Daría un giro a su vida. Cerraría ese mismo día, esa senda descendente en que se había transformado para ambos, la vida en común y pensó que era tiempo de hacer algo, buscar una salida por difícil y dura que ésta, pudiera parecer. De esa forma –estaba segura-, conseguiría que ambos volvieran a la idea original que ahora mismo, no acertaba a saber que era lo que les había impulsado a abandonarla. Unos minutos más tarde y olvidando por completo la sensación de malestar al estómago que un rato antes, la había tenido con la cabeza enterrada en la taza del water, decidió que comenzaría por limpiar de arriba abajo, la guarida maloliente en que se había transformado con el tiempo aquel remedo de hogar.

En un par de horas, consiguió asear a fondo el baño haciendo un esfuerzo para no volver a vomitar con el intenso hedor que emanaba de los rincones y de la base de la taza podrida por los orines que Gamberio había ido depositando a diario en el suelo, alrededor del retrete. Tras una breve pausa, acometió el aseo y ordenamiento del dormitorio en el cual –tenia que reconocerlo-, pasara tan buenos momentos en las primeras semanas que siguieron a su casamiento con Gamberio.

La cocina, con su montaña de platos y cacharros sucios en el fregadero, fue su siguiente objetivo y al cabo de un rato que se le hizo interminable, consiguió hacerla relucir ordenando los cubiertos, platos y tazas en los cajones de la alacena.

Abrió la nevera y extrajo una cerveza que apuró de un solo trago comprobando que su estómago ya había recobrado su funcionamiento normal. Un sonoro y prolongado eructo que le infló completamente los carrillos, preludió el primer cigarrillo que encendía en el día. –Dejaré de fumar, -se dijo mientras daba una intensa chupada al Lucky Strike sin filtro y a los que se había aficionado a fumar desde hacía algunos meses. Sabía que el tabaco le hacía mal pero una recóndita idea de autodestrucción le impulsaba a fumar esos ásperos cigarrillos con los cuales también Gamberio, destrozaba día y noche, sus bronquios y pulmones.

Hacia las 5 de la tarde, el piso entero lucia completamente distinto. Con cada cosa en su sitio, hasta parecía más grande y el viento fresco que se colaba por una de las ventanas abiertas, consiguió derrotar el denso olor a suciedad que flotaba permanentemente en el abigarrado piso que compartían rumiando cada uno por separado, sus frustraciones, reproches y desencantos.

Su preocupación se concentró entonces, en la preparación de la cena. Abrió la nevera y extrajo una olla de aluminio con claras señales de golpes por todos lados. Un guiso de arroz y patatas apelmazadas era lo único que había.

-No importa, -se dijo, vaciándolo a un bol. Le agregaré un poco de salsa, algo de tomate frito, ajo muy picado y algo de pimienta. Con seguridad, -pensó, disimulará perfectamente, cualquier otro sabor.

Luego, inclinándose bajo el fregadero buscó hasta dar con un envase, de color amarillo y negro que debajo del grueso rótulo “Veneno para Ratas”, tenía una calavera con dos huesos en cruz. Apenas prestó atención a una advertencia (que no se molestó en leer), y a un teléfono al cual debía llamarse según advertía, en caso de “ingestión accidental”.

Abrió la tapa del envase directamente sobre el bol donde estaba el guiso de arroz y depositó en el, una generosa porción revolviendo vigorosamente, con una cuchara de madera.

-Listo, ya está, -dijo, sonriendo interiormente.

-Ahora verás, Gamberrito, -dijo, mientas apretaba con furia, las mandíbulas al recordar el nombre que en alguna oportunidad, había dado a su marido haciendo un juego de palabras con su nombre.

-Seguro, -que ésta, será la mejor cena de tu vida, -pensó mientras interiormente, se regocijaba con lo que vendría después.

Media hora más tarde, una intensa ducha y un vigoroso secado con la toalla, le devolvió cierta frescura y un cuidadoso cepillado de sus dientes le dejó la boca con una agradable sensación y también, la lengua irritada por la pasta dental que usó en abundancia.

Se peinó con esmero, maquilló prolijamente sus ojos, y se puso el mejor vestido que tenía y calzó los zapatos que hacía meses (no recordaba cuantos), no usaba. Unas gotas de perfume detrás de las orejas, completaron su arreglo personal y al terminar, se contempló satisfecha, en el espejo. Esa era la Apolarina que a ella le gustaba, y esa sería la que a partir de ahora, vería ya para siempre, Gamberio.

Sacó un mantel de tela y lo extendió sobre la mesa, en el pequeño salón poniendo los platos, cubiertos y también, servilletas al lado de las copas de vidrio barato. Detrás de la nevera, encontró una botella de vino tinto, –irá ideal con el guiso de arroz, -se dijo mientras una sonrisa maliciosa se dibujaba en su cara y canturreaba una canción de moda que sonaba en ese momento, en la radio que tenía sobre la nevera en la cocina.

El detalle final, lo constituyó un delgadísimo florero de vidrio que a falta de flores naturales, completó con dos claveles rojos de plástico que alguna vez, Gamberio trajo de cualquier lugar.

Eran casi las 9 de la noche cuando sintió abrir la puerta y sacándose un delantal que protegía su vestido, vio a su marido que atónito con la llave de la puerta aún en la mano, no sabía si entrar o no, en su propia casa.

-¿Qué ocurre hoy?, -preguntó, emitiendo un bufido a modo de saludo.

-¿Hay algo que deba saber?, -dijo, mientras se quitaba la chaqueta y la tiraba (como hacía siempre), sin ningún miramiento encima del sofá.

-No ocurre nada, -dijo Apolarina. Simplemente quiero que nuestra cena de ésta noche, sea diferente.

-¡Coño!, -respondió Gamberio, ¿A qué viene esto?... ¿y lo de tu vestido, peinado y perfume?..¿Qué es lo que quieres pedirme?.. Lo que sea, ya sabes que no tenemos dinero ni posibilidades de tenerlo.

-Siéntate y cena, que tengo la comida lista dijo Apolarina, saliendo de la cocina con dos platos humeantes.

Gamberio, sin la menor contemplación, atacó de manera inmediata su plato comiendo ávidamente y bebiendo copiosamente haciendo sonar de manera chirriante, la copa y, olvidándose de la servilleta, se limpió con la manga de la camisa.

Apolarina lo miraba con tranquilidad observando con toda atención, cada detalle. Bebió pausadamente un largo trago de vino y le pareció que la imagen de Gamberio se difuminaba un poco delante de sus ojos. Encendió un cigarrillo y aspiró intensamente, una larga bocanada del fuerte tabaco que le gustaba fumar.

Gamberio eructó ruidosamente sin preocuparse siquiera minimamente, de cubrirse la boca con la mano y mirando fijamente a Apolarina, preguntó:

-Por cierto ¿Por qué hemos cenado platos diferentes?

Apolarina lo miró lánguidamente y sin ningún aspaviento, respondió:

-A ti no te gusta la comida recalentada y por eso, te preparé spaghettis. Yo, en cambio, he preferido acabar con el guiso de arroz...

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