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CRONICAS DESDE PARIS

Marcel Schwob (Francia, 1867-1905)
Marcel Schwob (Francia, 1867-1905)

Una “Vida imaginaria” de Marcel Schwob.

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:21h
Hasta donde sabemos, la obra y persona de Marcel Schwob (Francia, 1867-1905) fue dada a conocer al mundo de habla hispana principalmente por Jorge Luis Borges, quien lo consideró su maestro y cuyo libro más importante (Vies imaginaires, 1896), en la traducción de Rafael Cansinos Assens (1972), prologó.
Desde entonces, y en atención a una idea del propio Borges, los lectores hispanoparlantes de Schwob han formado “sociedades secretas” en las que -sigue siendo la idea de Borges- se ha transmitido un legado misterioso y de no fácil acceso. Tal vez el último gran miembro de esta sociedad secreta haya sido el chileno Roberto Bolaño, quien consideró a Schwob entre sus cinco o diez escritores preferidos, y en quien en gran medida se inspiró para escribir el libro que lo haría mundialmente conocido, La literatura nazi en América.

Fue, de nuevo, Borges quien aplicaría con más rigor y profundidad en nuestra lengua el método literario que inventó Schwob: aquel que podemos definir precisamente utilizando el título de su libro más famoso: Vidas imaginarias. ¿Qué es una vida imaginaria? Pues lo que el nombre indica, es decir, una existencia real, documentada -inscrita en aquello que la muerte regala a la memoria histórica: el archivo- , pero que encuentra su realización máxima no en la descripción “objetiva” de ella misma, sino en el momento en que, en su singularidad radical, se torna en fantasía, en obra de la pura imaginación. Es por esto que más allá de un título, “Vidas imaginarias” puede transformarse en un concepto: en una modalidad del pensamiento. Este concepto, entonces -tal como lo desarrolló el propio Schwob en el prólogo a su libro- implicará una redifinición de nuestras relaciones con las vidas de los hombres y mujeres del pasado, ya sea que esa relación se exprese en la manera de la biografía -género propiamente romántico que, tal como lo entendemos hoy, no surgió antes del siglo XVIII, y que tendrá entre sus principales exponentes a De Quincey, Carlyle o Michelet en el siglo XIX, y a Stefan Sweig en el XX- o en la de la investigación histórica.

Esta claro que Schwob, en tanto escritor, se siente más cercano al género de la biografía, sobre todo al modo en que la entiende Thomas De Quincey en esa pequeña obra maestra que es Los últimos días de Immanuel Kant: atención no al “gran hombre”(en el caso de Kant, uno de los 3 o 4 más grandes filósofos de la historia) sino al ser vulgar y cotidiano, solterón, que debe luchar con sus reumatismos, que tiraniza a un pobre sirviente -igual de viejo y enfermo que él mismo-, que inventa complicados mecanismos (según De Quincey, fiel reflejo de su complicada filosofía) para evitar que se caigan sus medias, que no soporta la más mínima variación a una rutina que lo esclaviza desde hace 50 años, etc.: es decir, la vida de un ser, como lo dice Schowb, en el momento en el que ella escapa al cruce con la “historia universal”. Es decir, todo lo que interesa, por ejemplo, a un historiador de las ideas -todo lo que permitirá considerar, por ejemplo, a Kant un “enorme filósofo”- es lo que no interesa a un De Quincey o a un Schwob, pues justamente aquello no posee interés literario, no perteneciendo al reino de la imaginación.

Al mismo tiempo, aquello implicará en Schwob una variación respecto a la concepción de la historiografía, es decir, al estudio, análisis y constitución de los archivos; este asunto interesaba particularmente a Schwob, pues -no obstante su corta vida- fueron no pocos sus aportes al campo de la historia literaria, transformándose en uno de los más grandes eruditos especialistas en la obra de autores como François Villon y François Rabelais, además de ser un eximio orientalista (la influencia de las Mil y una noches en su imaginario es notoria). En esto también Borges le seguiría. En este punto, Schwob consideró -antes que Walter Benjamin- la importancia de lo que podemos llamar las “vidas mínimas”, aquellas vidas que nadie consideraría como las “protagonistas” de la Historia. Como después lo haría Benjamin en las mismas bibliotecas, como después Borges, Schwob se dedicaría gran parte de su vida a desempolvar esas historias de seres que, no obstante estuvieron en momentos particularmente relevantes de la historia, o incluso -es el caso del personaje que inspira el texto que acá hemos traducido, Empédocles- que han producido grandes obras, por diversos motivos -muchas veces el azar o la lejanía temporal o geográfica- no han sido considerados como sujetos históricos relevantes.

El método de Schwob consistirá, entonces, en establecer esa “vida” como una vida real y concreta, que sabemos que en algún momento existió, pero cuya oscuridad no ha permitido, en verdad -y es esto para un escritor una ventaja fascinante- que esa vida se desligue de la realidad misteriosa de un mito o de un sueño, de una “historia” (en el sentido de un relato, de una narración); para posteriormente -y aquí el trabajo del archivista erudito da paso al trabajo del poeta- dar cuerpo imaginario a esa vida y otorgarle la que, según Schwob y Borges será (y es este un postulado filosófico) la “verdad” de toda existencia: el momento en el que ella tiende a la ficción y a la fantasía. Acá la famosa sentencia de Borges según la cual la metafísica no es más que una rama de la literatura de ficción tiene una raigambre profundamente schwobeana. Es así como en Vies imaginaires las vidas de un poeta italiano rival de Dante, y a quien sin duda éste opacó para siempre, Cecco Angiolieri; de un filósofo cínico muy poco estudiado, Crates; de uno de los jueces de Juana de Arco, Nicolas Loyseleur; de una mujer del bajo pueblo francés que habitaba Paris en plena Edad Media, y a cuya suerte François Villon dedicó un poema, Katherine la Dentellière, entre muchas otras, serán, a partir del “dato” de su existencia, poetizadas, y nos aparacerán como más “reales” -no olvidemos la idea de Novalis según la cual la poesía es la verdadera realidad de lo que existe, frase que hoy confirmaría sin dudar un físico cuántico- que cualquier biografía histórica llena de “datos comprobados”.

En este sentido, tal vez los dos más grandes antecedentes del libro de Schwob al cual pertenece el texto que aquí hemos traducido, sean, por una parte, las Vidas de los filósofos más ilustres escritas por Diógenes Laercio en el siglo primero de nuestra era, y en donde las teorías de los más importantes filósofos griegos (desde Empédocles hasta Aristóteles, pasando por Platon, Sócrates y Diógenes de Sínope) nos son narradas a partir de anécdotas que hasta el día de hoy forman parte del imaginario occidental; y por otra, las Vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos, de Cimbaue a nuestros tiempos de Giorgio Vasari, maestro del Renacimiento italiano, en las que nos son relatadas anécdotas igualmente “imaginarias” que nos permiten entender la particularidad de cada uno de estos “genios”. En ambas obras, como en De Quincey, en Schwob y en Borges, estas “vidas imaginarias” nos presentan cómo, finalmente, lo que hay de ficción en una vida es, justamente, lo que hay de más “verdadero” en ella.

Respecto al texto que aquí hemos traducido, “Empédocles”, perteneciente al libro Vies Imaginaires (1896), se trata de la ficcionalización de la vida de este gran filósofo presocrático, cuyo nacimiento se habría probablemente producido, en Agrigento, alrededor del año 490 AC, y su muerte, en Sicilia, alrededor del 435 AC. La tradición ha transmitido la leyenda según la cual Empédocles se habría arrojado al Cráter del Etna. Esta misma tradición lo definió siempre como un sujeto particularmente excéntrico: al parecer, él mismo se consideraba un profeta o un dios, y predicaba su filosofía -según la cual los 4 elementos de la naturaleza constituyen la influencia de los dioses sobre los hombres- a partir de versos de inspiración homérica, que recitaba de pueblo en pueblo, acompañado de sus seguidores. Para Schwob, claro está, estos no son más que los datos de una “vida imaginaria” que encuentra su verdad en otra parte, es decir, en nuestra imaginación.

Empédocles, dios supuesto.

Por Marcel Schwob.
(Traducción de Adolfo Vera P.)

Nadie sabe cuándo nació, ni cómo vino al mundo. Apareció cerca de las doradas orillas del río Acragas, en la bella ciudad de Agrigento, poco después del tiempo en que Jerjes estremeció de cadenas al mar. La tradición refiere únicamente que un ancestro suyo se llamaba Empédocles: nadie lo conoció. Sin duda, hay que deducir de allí que era hijo de sí mismo, tal como conviene a un dios. Pero sus discípulos aseguran que antes de recorrer, glorioso, los campos de Sicilia, ya había pasado cuatro existencias en nuestro mundo, y que había sido planta, pez, ave y jovencita. Llevaba un manto púrpura sobre el cual caían sus largos cabellos; en torno a la cabeza, una cinta de oro, en los pies, sandalias de araña. Llevaba igualmente guirnaldas tejidas de lana y de laureles.

Por la imposición de sus manos curaba a los enfermos; recitaba versos a la manera homérica, con acentos suntuosos, subido en un carro, la cabeza levantada hacia el cielo. Una gran masa le seguía y se prosternaba ante él para escuchar sus poemas. Él los bendecía cantándoles la bóveda divina, hecha de cristal, la masa de fuego que llamamos sol, y el amor que contiene todo, semejante a una gran esfera.

Todos los seres, decía, no son sino trozos dispares de esta esfera de amor en la que el odio igualmente se insinuaba. Y eso que llamamos amor es el deseo de unirnos, de fundirnos y confundirnos, tal como lo estuvimos antaño, en el seno del dios globular que la discordia rompió. Empédocles invocaba el día en el que la esfera divina se hincharía, después de todas las transformaciones de las almas. Pues el mundo que conocemos es obra del odio, y su disolución será la obra del amor. Así iba cantando por las ciudades y los campos; y sus sandalias de araña, venidas de Laconia, brillaban en sus pies, y adelante suyo sonaban los címbalos. Sin embargo, del hocico del Etna brotaba una columna de humo negro que arrojaba su sombra sobre Sicilia.


Como un rey del cielo, Empédocles se envolvía en la púrpura y se ceñía en oro, mientras que los pitagóricos se demoraban en sus delgadas túnicas de lino, en sus zapatos hechos de papiro. Se decía que era capaz de hacer desaparecer el pus, de disolver los tumores, y de arrancar los dolores de los miembros; se le suplicaba para que cesara la lluvia o los huracanes; conjuraba las tempestades sobre un círculo de colinas; en Selinunte, expulsó a la fiebre vertiendo dos ríos en el lecho de un tercero; y los habitantes de Selinunte lo adoraron y le erigieron un templo, y tañieron medallas en las que su imagen se ubicaba en el lugar de Apolo.

Otros pretenden que fue un adivino instruido por los magos de Persia, que poseía la necromancia y la ciencia de las hierbas que vuelven loco. Un día, en el que cenaba en casa de Anquitos, un hombre furioso se precipitó violentamente en la sala, la espada empalmada. Empédocles se levantó, extendió el brazo y cantó los versos de Homero sobre el Nefentes que otorga la insensibilidad. E inmediatamente la fuerza del Nefentes capturó al agitado, quien permaneció inmóvil, la espada en el aire, habiendo todo olvidado, como si hubiese bebido el dulce veneno mezclado en el vino musgoso de un cráter.

Los enfermos venían a encontrarle fuera de las ciudades, y siempre andaba rodeado de una muchedumbre de miserables. Algunas mujeres se unieron a su cortejo. Ellas besaban el pan en su manto precioso. Una de ellas se llamaba Pantea, hija de un noble de Agrigento. Ella debía ser consagrada a Artemisa, pero se escapó lejos de la fría estatua de la diosa y confió su virginidad a Empédocles. Nunca se vieron en ella las marcas del amor, pues Empédocles conservaba una insensibilidad divina. Él no hablaba más que en el metro épico, y en dialecto jónico, aunque el pueblo y sus fieles no se expresasen más que en dórico. Todos sus gestos eran sagrados. Cuando se acercaba a los hombres, era para bendecirles o curarles. La mayor parte del tiempo, permanecía en silencio. Ninguno de los que le siguieron, pudo jamás sorprenderlo en el sueño. Siempre se le vio majestuoso.

Pantea se vestía en fina lana y en oro. Sus cabellos estaban dispuestos según la rica moda de Agrigento, donde la vida corría perezosamente. Llevaba los senos sostenidos por un sostén rojo, y la suela de sus sandalias estaban siempre perfumadas. Para lo demás, ella era bella y larga de cuerpo, y de un color muy atractivo. Es imposible asegurar que Empédocles la amara, aunque tuvo piedad por ella. En efecto, el soplo asiático engendró la peste en los campos sicilianos. Muchos hombres fueron tocados por los negros dedos de la hoz. Hasta los cadáveres de las bestias se acumulaban al borde de las praderas y podía verse aquí o allá a las cabras despellejadas, muertas con el hocico abierto al cielo, con sus costillas desbordantes. Y Pantea, de pronto, comenzó a sentirse lánguida por esta enfermedad. Cayó a los pies de Empédocles y no volvió a respirar. Los que la rodeaban recogieron sus miembros arrugados y los bañaron en vinos y aromas. Deshicieron el sostén rojo que sujetaba sus jóvenes senos, y la envolvieron en los sudarios. Y su boca entreabierta fue retenida por un lazo y sus ojos vacíos no volvieron a ver la luz.

Empédocles la miró, deshizo el círculo de oro que cernía su frente, y se lo impuso. Posó sobre sus senos la guirnalda del laurel profético, cantó desconocidos versos sobre la migración de las almas, y le ordenó por tres veces levantarse y caminar. La muchedumbre estaba henchida de terror. Al tercer llamado, Pantea salió del reino de las sombras, y su cuerpo cobró vida y se levantó sobre sus pies, toda envuelta en los sudarios. Y el pueblo comprobó que Empédocles era un evocador de muertos.

Psyanacto, padre de Pantea, vino a adorar al nuevo dios. Algunas mesas fueron extendidas bajo los árboles de su campiña, con el fin de ofrecerle las libaciones. A ambos lados de Empédocles, los esclavos sotenían grandes antorchas. Los heraldos proclamaron los misterios y el solemne silencio. De pronto, a la tercera vigilia, las antorchas se extinguieron y la noche envolvió a los adoradores. Hubo una fuerte voz que proclamó: “¡Empédocles”! Cuando la luz se hizo, Empédocles había desaparecido. Los hombres no volvieron a verle.

Un esclavo, espantado, contó que había visto una huella roja que atravesaba las tinieblas hacia la cima del Etna. Los fieles escalaron las estériles cumbres de la montaña bajo la luz triste del alba. El cráter del volcán vomitaba un racimo de llamas. Encontraron, sobre el brocal poroso de lava que rodeaba al abismo ardiente, una sandalia de araña trabajada por el fuego.
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