Televisiones, radios, bares, discotecas y estadios de futbol o plazas de toros, abarrotadas de multitudes gritando como locos, conforman nuestra vida cotidiana.
En realidad, y lo he dicho en más de una ocasión, a la gente, a las personas, a la masa – como decía Ortega y Gasset -, les asusta el silencio, temen sumirse en el silencio tanto o más que a la muerte con su guadaña.
Solo las monjas de clausura o los monjes del Císter conocen en propia carne lo que es el silencio.
Me acuerdo que de pequeño mi padre me mostró el claustro de uno de esos monasterios inefables, y me destacó que los monjes cuando se cruzaban en sus paseos matutinos se saludaban con la famosa frase “morir habemus” y el otro monje contestaba “ya lo sabemos”.
Por mi parte estoy leyendo la encíclica “Magnifica Humanitas”, de este Papa reinante, y que no es una simple carta de tres páginas sino un tomo de 250, enganchada con la “Rerum Novarum”, de su predecesor León XIII, densas y prietas que necesitan una lectura reposada. La alterno con el ensayo del teólogo Yves Congar, titulado “Sobre el Espíritu Santo”, un estudio algo más profundo del gran desconocido de la Santísima Trinidad, el amor inefable entre el Padre y el Hijo.
Todo esto de lo que hablo no es por supuesto el silencio requerido, pero nos acerca a un cierto silencio espiritual ya que habla del “mundo de lo invisible”, ese mundo paralelo, poderosísimo y cercano al nuestro, creado por Dios junto al mundo de lo visible, y en el que se encuentran no solo los ángeles, y arcángeles, sino también el alma y el ser de nuestros padres, de nuestros amigos, familiares y de tantos seres queridos, tantos habitantes de miles de seres que poblaron el planeta desde hace siglos y milenios.
Hay que destacar que soy persona que cree en la supervivencia de los hombres y mujeres más allá de la muerte. Lo que llena de esperanza y alegría existencial.