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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan…”

El cuerpo humano. La desconexión

Por Germán Ubillos Orsolich (*)

El cuerpo humano. La desconexión

13SEP17 – MADRID.- Al final de la vida, en la vejez o prevejez, y cuando se atisba la posibilidad de entrar en lo que llamamos la decrepitud, el tema del cuerpo humano adquiere unas dimensiones mastodónticas. Médicos y científicos luchan denodadamente por lograr prolongar esa edad aún valida respetando siempre lo que llamamos la calidad de vida, que indudablemente para unos supone unas cosas y para otros otras. Para un futbolista no poder correr es fastidiado, pero para un intelectual, para un escritor no poder escribir puede llegar a ser una agonía.

He conocido personas, entre ellas mi hermana que al final de su vida y al no poder tragar le hicieron una operación en el estómago introduciendo y acoplando un tubo para alimentarla así directamente. Claro esa persona ya no puede en lo que le resta de su vida terrestre ni probar un bocado, ni beber un vaso de agua, solo oler los alimentos que salen de la cocina o ver como comen los demás. Eso y estar clavado en una cruz viene a ser parecido. La cruz más dolorosa pero más corta, lo otro más largo pero con un mismo final.

También he oído exclamar a personas muy queridas, con una fe religiosa robusta como la que tenía el Papa Juan Pablo II, y que habían sido sometidas a esa misma intervención que si no supieran la existencia de otra vida estarían pidiendo día y noche la eutanasia.

Este tema dramático ha sido muy tratado, pero me gustaría centrarme un poco más en el fondo del problema y esto es tan solo un aperitivo, algo así como escuchar a los tertulianos cada noche por la radio o en la tele. La “desconexión” es otra cosa. Yo llamo “desconexión” ni más ni menos que la separación violenta o paulatina de ti mismo, de lo que eres, y de tu propio cuerpo. Por supuesto que es licito gritar, “!eh, que no se lleven mi cuerpo!”. A un amigo muy querido le oí exclamar, cuando salía la psicóloga de apoyo de su habitación hospitalaria, en la sección de los llamados:“Terminales”. ¡¡Oiga, que a mí me gusta mucho la vida, que yo quiero vivir!!

Bien, pues ha llegado un momento, quieras que no, que ves como la mano del torturador se aproxima al enchufe para desconectar tu cuerpo de ti mismo. El “!Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!”, es el grito desesperado en este instante final de cualquier ser humano.

Sabemos que lo que somos y lo que hacemos, lo hacemos a través del cuerpo. Este cuerpo que nos han colocado hace de esto muchos años y que se va deteriorando, envejeciendo, mientras lamentablemente, tu yo permanece intacto: espabilado, consciente, más despierto que nunca.

¿Es que la mente, el cerebro necesita de tantas manos, de tantos oídos, de tantas gónadas, orificios de salida y de entrada como para hacer lo que tiene que hacer, que es recordar, sentir, amar, imaginar, proyectar, aguardar, conocer, descubrir y crear?. ¿No sería suficiente un minúsculo panel solar para que allá donde se encontrara fuese alimentado de la energía del sol suficiente como para sobrevivir en su plenitud funcional, cuando la mano imposible desconecte el enchufe que alimenta esa enorme mole de huesos, músculos, apéndices, fluidos a veces malolientes y excrementos?.

En pocas palabras, sentimos los “mortales”- pues así nos apodan - que indefectiblemente el cuerpo humano nos traiciona, esto puede llegar a aderezarse incluso con sentido del humor como hacían los humoristas Chumi Chúmez y Álvaro de la Iglesia, o con total desprendimiento como hizo por poner solo un ejemplo Maximiliano Kolbe en el campo de exterminio nazi de Auschvitz, canjeando su propio cuerpo por el de otro condenado similar que era padre de numerosa familia.

Lo peor del momento final, de lo que me gusta llamar desde ahora “la desconexión” del cuerpo humano, es la certeza más que la sensación de que nos dejan sin poder manifestar lo que somos, “nuestro Yo”, algo que queda probado a lo largo de los años y que no es otra cosa que nuestros afanes y nuestros sueños, lo que hemos ido dejando atrás fruto de nosotros mismos, de lo que en verdad fuimos y que son nuestros hijos, nuestras pinturas, nuestros escritos y composiciones, nuestras empresas y nuestros sueños. Eso y solamente eso, es algo más que el cuerpo que en apariencia les ha dado origen.

Y es eso, “la mente humana”, lo que se resiste con todas sus fuerzas a desaparecer, el mal mayor de la mal llamada muerte tan temida, que no es ni más ni menos que la desconexión del “modus operante” de lo que soy.

(*) Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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