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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan...”

Una historia de Guanches

Por Germán Ubillos Orsolich
domingo 04 de diciembre de 2022, 19:12h

04DIC22 – MADRID.- “Florinda” era una bella muchacha de “Los llanos de Aridane”. Vivía con sus padres una vida tranquila y armoniosa. Cultivaba su jardín donde crecían las ”papas”, los pimientos, los tomates y el mojo. Generalmente el cielo azul era siempre radiante como sus ojos, y la temperatura media oscilaba solo unos pocos grados entre el verano y el invierno, pues los vientos alisios templaban aquella isla del océano Atlántico, no lejos de las costas africanas.

Las palmeras, las rojas flores de pascua y las strelicias, con sus pétalos amarillos y verdes como pájaros de colores, inundaban el paisaje cercano a su casa por todas partes.

“Florinda” solía pasear por los caminos cercanos a su casa mientras pensaba cómo sería el hombre que la pediría algún día en matrimonio. Unos días se le antojaba moreno de ojos negros y rasgados, otros, pelirrojo con hermosas trenzas fuertes como serpientes; pero llegada la noche, cuando se metía en la cama, los sueños se iban tornando a veces un poco tristes.

Sus padres, René y Rosaura, comenzaban a preocuparse pues a ratos perdidos comenzaban a ver a su hija tan querida, un poco triste.

Un tarde que “Florinda” entretenía su tiempo dando sus largos paseos, a la vuelta de unos cactus se encontró con un árbol enorme. Entre sorprendida y embobada, contemplando tan grande arbusto, se sentó a descansar sobre un peñasco de lava negra como el carbón al borde del camino. En esto pasó un anciano cargado con un haz de leños olorosos de color parduzco. “¿Qué son esos leños?” – preguntó la muchacha –, y viejo la contestó. “Son pedazos de una planta llamada “tabaco”, cuando prenden en el fuego, el humo que exhalan es tan aromático como el del más puro incienso”. ¿Y este árbol frondoso de enormes raíces al aire, sabe usted qué planta es?.

“Ese árbol frondoso es un Drago, el que está usted contemplando y a cuyos pies se halla sentada, tendrá por lo menos quinientos años, y aún habrá de vivir muchos más si el volcán se lo permite – respondió el anciano.

El volcán lo llamaban Teide, eso ya lo sabía, pues sus padres nada más nacer se lo habían enseñado. Era una enorme montaña que se podía ver desde toda la isla.

Desde aquel día la joven guanche en sus largos paseos gustaba acercarse a ver el árbol centenario para pedirle algún deseo, sobre todo que sus padres estuvieran tranquilos y que llegaran a ver al hombre de sus sueños.

Una tarde del tiempo del estío, “Florinda” se hallaba sentada junto al drago milenario cuando creyó ver allá en el horizonte del mar un buque de altas y ondulantes velas que se acercaba a la costa. Al cabo de un cierto de tiempo, no demasiado largo, el navío se acercó hasta el acantilado y en un bote de remos tres personas de extrañas vestimentas, descendieron a pie hasta la misma playa.

Eran tres caballeros de raras vestiduras. Uno de ellos llevaba una flamante guerrera, botas altas de lustroso color damasquinado, un airoso sobrero de ala ancha y graciosa factura, y un artilugio colgado al cinto que ella jamás había visto antes. Los ojos de aquél joven visitante eran verdes y su cabello dorado como los rayos del sol.

Al principio “Florinda” no se daba bien cuenta de lo que estaba viendo – como ocurre con frecuencia cuando se trata de cosas importantes de la vida -, pero eso fue hasta que los tres hombres subieron a la loma, pues apenas hacerlo el más apuesto de ellos, el del amplio sombrero, tomando la mano de ella y haciendo con elegancia y unción una breve reverencia besó el dorso de la misma.

¿Cómo os llamáis? - preguntó ingenua la muchacha.

Guillermo – contestó el viajero -, pero me llaman William.

Yo soy Florinda -, respondió la muchacha.

¿Hay alguien más por estos arrabales, hermosa criatura?

Sí, mis padres, además de los campesinos, las cabras, los conejos y todas las gallinas.

Ante semejante respuesta el viajero rió con muchas ganas; y fue entonces que “Florinda”, creyó ver en él lo hermoso y varonil que era con todo aquel atuendo. Ella también rió entonces y brillaron sus dientes blanquísimos como copos de nieve. Y fue en ese momento como una extraña flecha cruzó sus corazones.

Uno de los acompañantes comentó entonces la necesidad de encontrar algún cobijo donde aguardar a que el buque cargara de agua y alimentos.

La joven se prestó a acompañarles por el camino hasta el poblado, donde un matrimonio de queseros habían ampliado y adecentado su casa para hospedar viajeros en ella y así complementar sus escasos ingresos.

Los forasteros se quedaron en el curioso albergue y “Florinda” siguió hacia su casa.

Aquella noche no dijo nada a sus padres, pero al entrar en su cama sus sueños habían cambiado algo de contenido, y aquella noche reflejaban los colores luminosos de aquel navegante Guillermo, William, o como se llamara.

Una idea fija no obstante la inquietaba, ¿ cómo podrían llegar a ser amigos dos personas tan distintas…?; pero pensaba en estas cosas cuando se quedó dormida.

Por otro lado William, en la posada, con sus dos acompañantes sentados a una tosca mesa, bebían vino blanco del lugar degustando conejo asado con “papas arrugás” y mojo picón.

Los extraños navegantes de pasar unas horas, pasaron a estar unos días, en cuyo transcurso, y al atardecer, él gustaba acompañarla a ella en sus largos paseos; llegando hasta el enorme drago añoso y se sentaban sobre la misma piedra.

Así paseando y charlando se llegaron a hacer amigos, y ella a conocer el lejano y extraño embrujo del mundo donde habitaba, y él a conocer de ella a sus padres y sus curiosos paisajes.

Antes de iniciar el regreso una tarde Guillermo, armándose de más valor que el que derrochaba junto al Emperador para el cual servía, pidió a René y a Rosaura la mano de su hija “Florinda”. Ésta ya lo sabía; pero su padre se llevó un susto mayúsculo.

-- ¿A dónde vas a ir hija mía con ese hombre; tan joven como eres, con solo quince años?, ¿y qué va a ser entonces de nosotros?

--Me casaré aquí, bajo los ritos guanches de siempre, y después os llevaré conmigo con el “hermoso godo”.

--¡Oh, somos muy ancianos no lo resistiríamos!.

-- Entonces os quedareis aquí y volveré a por vosotros en cuanto tengamos un hijo.

-- O una hija – comentó la madre, simulando con una sonrisa los azares propios de la vida.

Pero todo ocurrió como ocurre en los cuentos; pues la vida es un cuento, solo que un poco largo.

Así una tarde de la época del frío, cuando la cumbre más alta del monte llamado Teide, se cubre con la nieve más blanca en su cima; Florinda y Guillermo al mando del buque, y después de su boda, partieron al lejano país de los godos donde reinaba aquel Emperador; mientras René y Rosaura les despedían agitando los brazos, y una lágrima furtiva y oculta por el pelo trenzado de la joven resbalaba por su mejilla sonrosada, contemplando como las figura paterna y materna iban haciéndose chiquitas ante la alta, majestuosa y magnifica figura del monte Teide, que nunca olvidaría.

Germán Ubillos Orsolich

Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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