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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan...”

Carlos Dorvier Hernández de Velasco junto a la portada de uno de sus libros
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Carlos Dorvier Hernández de Velasco junto a la portada de uno de sus libros

Carolo Dorvier, un santo en la eternidad

  • Epílogo de “El libro de los recuerdos y El mundo de lo invisible”

jueves 06 de mayo de 2021, 02:50h

06MAY21 – MADRID.- No es tarea fácil escribir acerca de una persona a las pocas horas de su fallecimiento y más difícil aún si esa persona era posiblemente uno de los dos o tres mejores amigos que has tenido en la vida; como saben los amigos no son como la familia, la familia te viene impuesta y los amigos se eligen libremente, por eso Jesús de Nazaret llama a sus discípulos, amigos; no lo eran ni la santísima Virgen, ni San José, ni Santa Isabel, etc.

Bien. A Carlos Dorvier Hernández de Velasco le conocí hacia el año 1960 del siglo pasado. Nos conocimos durante el largo veraneo, que no verano, en el pueblo serrano de San Lorenzo de El Escorial, a la sombra del famoso Monasterio, joya del Renacimiento Herreriano y maravilla de la humanidad.

En aquellas piedras ilustres tuvimos que coincidir en algún momento, él, alto y delgado, enjuto y austero como don Quijote y yo delgaducho, pálido, rubio y de ojos azules como un enfermizo y mimado pequeño príncipe.

Los dos nos miraríamos por vez primera con ese deje distante, parapeto de agresiones que siempre nos caracterizó.

Nos llamaríamos la atención, seguro, pues los dos éramos y somos algo raritos. Él, en el otro mundo, donde ahora sigue sin duda, y yo en este. Creo que setenta años después está algo disgustado, porque hago tonterías, pero ahora que está arriba y que posiblemente como en el filme “Becket o el honor de Dios”, es Santo, comprenderá que yo, como el pobre rey, hago estas tonterías porque como Enrique I de Inglaterra (1.170), alias Peter ÒToole, de ojos azules como los míos, estoy desesperado.

¿Qué nos diferenciaba entonces, si tanto nos llegamos a querer?. ¿La erudición, la cultura, la capacidad de observación, la acusada capacidad de aprehender conceptos abstractos, el mimo de unos padres extraordinarios que nos adoraban, el ser dos fuera de serie aunque esté feo que lo diga?.

No, la diferencia estribaba en el autocontrol que él tenía, Richard Burton-Carlos Dorvier, que siempre tuvo, tan enrome que rayaba en la perfección y que se manifestaba en una educación exquisita; y yo el descontrol, la inestabilidad y la brutal fantasía originada por una infancia mágica clavado en una cruz de un lecho de escayola, sobe un alargado cochecito de ruedas que solía empujar Águeda, mi señorita de Compañía natural de Burgos.

¿Qué nos hacía semejantes?. El tono tan pausado, el mundo “contemplativo” difícil de alcanzar, arropado por una piscina de dólares y pesetas propiedad de nuestros padres, el suyo medio aristócrata de rancio abolengo y el mío, modernísimo empresario del mundo de los negocios y gremio de los comerciantes.

Bien; aparecieron las chicas, la pandilla, las pandillas, Carolo era un año mayor que yo; en la puerta del Parque las mirábamos estupefactos. Ellas iban en pantaloncitos o con faldas plisadas y pantalones largos y tubulares, zapatillas Bamba de colores.

La Bolera, la Coca Cola, las excursiones a la Herrería, Los Cinco Latinos, Paul Anka, el Dúo Dinámico, los guateques en los jardines de las casas o en los pisos; “Villa Lucía”, “Timoteo Padrós” de don Pablo de Pablos.

Su grupo más aristócrata, el mío más plebeyo, pero al final fue lo mismo, pues la vida te decanta y como los dos éramos espaciales, llegamos o mejor sentimos la conclusión de que los dos, aunque por diferentes caminos, “podíamos ser amigos”. Él por naturaleza y yo por enfermedad, enfermedad espantable que transformaría por la gracia de Dios, en beatitud, una beatitud contemplativa semejante a la suya.

Hablar de Carolo es hablar de un titán y, simultáneamente, de un ser complejísimo, desvalido, perdido muchas veces, agobiado, neurótico como él decía, que maduraría, se haría autónomo y mostraría toda esa seguridad y superioridad sobre todos nosotros cercano ya a los cuarenta años, o quizá pasados éstos.

Su problema consistía en “no ofender a Dios”. Rotaba entre amarle con locura, y respetarle y temerle; ésta última, virtud medieval hoy en día desaparecida por completo.

De esa forma y manera Carolo era para todos nosotros y vosotras un punto de referencia inconmovible, algo así como el Vaticano o Pedro, piedra angular e inconmovible de la Iglesia fundada por Cristo.

Nunca conocí a nadie con fe más robusta, quizá y al decir de Joseph Ratzinger, el papa Juan Pablo II. Pero a estas virtudes teologales se unía un paladar espiritual exquisito para ser fiel a Roma en todos los detalles, vamos, los mandamiento de la Santa Madre Iglesia.

Por eso mismo Carolo, para sus amigos y conocidos, era un “punto de referencia” en la fe, una especie de bálsamo o tónico vitaminado cuando los problemas de la vida te acosaban y amenazaban incluso con la muerte, pues él era una tabla de salvación.

Es por esto que su desaparición de nuestra vida temporal ha supuesto un palo definitivo y una perdida diferente a la de cualquier otra persona. Carolo estaba muy relacionado con la salvación de nuestras almas; rezo y pido al Altísimo que no se olvide de nosotros, que interceda para conseguir incluirnos en el estrecho margen, patio de ladrillos rojos, del Valle de Josafat, donde podamos ver y disfrutar al fin de la Santísima Trinidad en su plenitud.

…..Pero en esa búsqueda, en esa maduración del yo y por meros escrúpulos de conciencia un auténtico santo como Carolo -, como antes decía -, tardó mucho en alcanzar.

Durante muchos años fui testigo de la agonía de un ser enormemente poderoso, profundo y sabio, bloqueado materialmente por los escrúpulos de su conciencia exquisita. Fue muy tarde, cercano a los cuarenta, cuando de forma sorprendente empezó a levantar cabeza. Le ayudé a publicar un extenso artículo en el Suplemento Dominical del YA, creo que me ayudó en su publicación mi amistad con don Alejandro Fernández Pombo, entonces Presidente de la Asociación de la Prensa.

Antes de eso ensayó muchas cosas, como en pleno mes de agosto, estando todos en El Escorial, venirse a Madrid, con un calor de muerte y encerrarse en la mayor soledad cisterciense en su casa de la calle Quintana. El experimento dio como fruto su ensayo titulado “LA SOLEDAD POSIITIVA”. Pero tiempo después me confesó en un alarde de sinceridad y valentía que había sido un fracaso vital, pues además de posárselo muy mal no cosechó ningún fruto positivo.

Nuevamente como un Leonardo ensayó con la restauración pictórica, y a sus exposiciones al público en las galerías Dakal y Velázquez, en el barrio de Salamanca, asistimos muchos amigos y conocidos y también su madre.

Pero aquello tampoco le satisfizo. No era lo que le gustaba…

Y no lo fue hasta que por fin, hacia los cincuenta años, se puso a escribir venciendo los prejuicios morales y religiosos propios de su humildad cisterciense, pues hay que aclarar que ingresó en un monasterio del Cister, con intención de hacerse monje ( él ya era medio monje y célibe), pero su estómago no aguantó la cocina del monasterio y muy a su pesar y con todo el dolor de su corazón tuvo que abandonar a sus hermanos y volver con las orejas gachas a su casa de la calle de Quintana, en el Barrio de Argüelles.

Al escribir – cosa que hacía magistralmente y con profusión de documentación –, se le ocurrió la idea afortunada de dar charlas o conferencias sobre los textos que desarrollaba, y en eso los monjes Claretianos de la Parroquia del Corazón de María, donde ahora reposan sus restos en dicha Cripta, tuvieron el acierto de cederle en la planta primera de la residencia adjunta a la iglesia una preciosa sala bien decorada, e iluminada con una tribuna y unos cien asientos con pupitres adosados.

Y es allí, en ese último paso, donde cobró toda la seguridad que necesitaba y la brillantez y el encanto de su personalidad tan profunda.

Pienso que su autoestima personal era baja, aunque su fortuna personal fuese enorme, y eso era así porque él no la valoraba ya que no había sido generador de la misma, y sí causa de que le costara tanto encontrar un sentido a la vida.

Es curioso pues muchos de sus amigos y amigas tuvimos la dicha de asistir a esas charlas o conferencias después de las cuales nos reuníamos a tomar unas copas o un piscolabis en los pubbes o cafeterías cercanas.

En estos momentos de mi breve disertación siento una enorme melancolía y tristeza, pues pienso que su época mejor, de plenitud, y de alta enseñanza y rentabilidad para España y para todos nosotros, ha sido excesivamente corta para tan prolongado preámbulo.

Es como si el Señor, probada su capacidad, su bondad y su pequeña gloria personal, haya decidido llevárselo con Él.

No sé qué pensará Carolo donde esté y si me estará aprobando, pero lo que sí sé es que su corazón agradecido y sincero estará latiendo para siempre por nosotros, su corazón eterno, el corazón de su alma inmortal.

Es esto, queridos y queridas, lo que me produce también desesperación e incomprensión. Jamás tendremos, jamás, otro amigo como Carolo, el vacío que nos deja es más enorme aún que el de una catedral gótica que desapareciera de pronto, podemos pensar en su beatificación, en su capacidad ahora para otorgar resonantes milagros, pero nada nos compensa de su ausencia terrenal, de su amistad, de su sonrisa, de sus ligeras boutades, de su clase incomparable, de su educación exquisita, de esa superioridad magistral que tenía sobre todos nosotros.

Se ha marchado inesperadamente, sorpresivamente el mejor, el mejor sin avisarnos apenas.

Carlos Dorvier Hernández de Velasco, mi amigo, vuestro amigo imprescindible e inolvidable sé que nos está esperando y posiblemente nos ve desde “El Mundo de los Invisible”; roguemos al Señor no por él, que a buen seguro no lo necesita, sino por nosotros, por mí, porque no nos olvide. Es horrible tener que seguir aquí sin su compañía, sin su sentido del humor, sin sus pensamientos tan profundos. Oremos por Jorge también, su hermano, cuyo dolor, cuyo vacío tiene que ser difícilmente soportable.

Oremos en fin en su recuerdo permanente, para que interceda hasta que llegue el tiempo en que volvamos a encontrarnos en ese “Valle de Josafat” que dice el pueblo judío, y finalmente en ese Paraíso de la Resurrección de la Carne, en la que él tanto creía; la vida perdurable, que repetía con esa mirada algo perdida que cobraban sus ojos, para volver a gozar de su compañía, para no morir jamás.

Germán Ubillos Orsolich

Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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