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Chachapoyas (Perú)

La Cultura Pre-Inca En La Ceja De Selva Peruana

La Cultura Pre-Inca En La Ceja De Selva Peruana

Texto y Fotos: José Muñoz Mora – Miembro de FEPET

martes 08 de marzo de 2016, 21:31h

09MAR-16.- Ubicada al norte de Perú, dentro del Departamento de Amazonas, Chachapoyas y su zona de influencia, son la puerta de entrada hacia la selva Amazónica del Perú y donde empezamos a conocer todo lo que esta nos depara. Allí, se desarrolló una cultura casi olvidada e integrada por varios grupos étnicos, ubicados a casi 3000 metros de altura y que perduró hasta el año 1470 en que fueron sometidos por los Incas.

La Cultura Pre-Inca En La Ceja De Selva Peruana
La Cultura Pre-Inca En La Ceja De Selva Peruana

Un aparentemente rutinario programa de Televisión nos pone sobre la pista de una remota Región Peruana ubicada en el Departamento de Amazonas, en el que se desarrolló una cultura anterior a la Inca y de la que hoy en día tenemos noticias de ella, gracias al descubrimiento de las formas y lugares de enterramientos con las que honraban a sus ancestros fallecidos. Dentro de sarcófagos o en mausoleos situados, literalmente, en oquedades montañosas, barrancos y cortados de muy difícil acceso. Todo ello, unido al deseo natural de visitar lugares poco conocidos, nos anima a organizar un viaje de la forma más económica posible y comprobar in situ si las maravillas expuestas en el mencionado programa son ciertas. Nos equivocamos en todo, Chachapoyas ha superado las expectativas esperadas para la zona.

Tras las casi 12 horas de cómodo y ameno viaje, el avión de Iberia aterriza en Lima (670 €, I/V) pasadas las 18,00 horas. Rápidamente tras superar los tramites aduaneros y el imprescindible cambio de moneda, nos encaminamos al mostrador de TaxiGreen, desde donde partimos (por S. 50) hacia la Terminal Norte de autobuses de Lima para esperar la partida, a las 22,00 h, del bus de la compañía Cruz de Sur con destino a la ciudad de Chiclayo (S. 110). Una vez instalados en sus cómodas butacas del primer piso, iniciamos el camino a lo largo de la carretera Panamericana Norte que discurre paralela al pacifico, atravesando la desértica zona existente al oeste de la cordillera de los Andes. 10 horas que transcurren rápidamente debido al sueño acumulado tras el viaje y que nos depositan en Chiclayo a primera hora de la mañana. Inmediatamente y tras un frugal desayuno, iniciamos un recorrido por la ciudad que nos lleva a su Plaza de Armas donde se ubica (como en todas las ciudades coloniales) su catedral, dedicada a Santa Maria y de estilo neoclásico, diseñada por Eiffel que se termino de construir en 1939 tras casi setenta años de lentos trabajos debido al coste que suponía. A un costado de esta se sitúa el ayuntamiento de la ciudad, en un bello edificio colonial del que merece la pena su vista por el interior, pues la belleza del patio y escalera nos agrada sobremanera.

Tras pasar el resto de la mañana deambulando por la ciudad, llegamos a la conclusión que salvo lo ya descrito anteriormente, no es una ciudad atractiva. Ruidosa y bulliciosa como tantas otras y que puede ser prescindible. Ante esto, comemos en un pequeño restaurante por S. 14 y encaminamos nuestros pasos en un colectivo, que por S. 2, nos deja a las puertas del Museo de las Tumbas Reales del Señor de Sipan, verdadera y única visita imprescindible de la ciudad. De diseño moderno, muestra la Tumba del Señor de Sipan descubierta en las inmediaciones de Huaca Rajada en 1987 por arqueólogos peruanos y que incluye entre multitud de tesoros arqueológicos, cerámicas, joyas y diversidad de ornamentos. Por los S.10 que cuesta la entrada, merece mucho la pena hacer un alto en el, pues nos ira introduciendo en la cultura Moche, muy anterior a los Incas, y que será punto de partida para las otras culturas prehispánicas que vamos buscando.

De nuevo en la noche hemos de subirnos a otro bus, en este caso de la empresa Moviltours, que por S. 85 parte a las 21,00 horas hasta la localidad de Pedro Ruiz, donde ha de comenzar, ahora si, nuestra pequeña aventura. Allí nos deposita el bus a las 05,00 horas de la mañana y aturdidos y con sueño tras tres días sin usar una cama, esperamos, mientras tomamos un reparador café, a que aparezca una moto-taxi que nos acerque al pequeño pueblo de Cuispes, donde hemos encaminado nuestros primeros pasos para hacerlo punto de partida de las primeras incursiones por la zona. No tarda demasiado en aparecer el ansiado transporte (S. 15) que tras unos cuarenta minutos de ascensión por camino de tierra nos deja en la Plaza de Armas de Cuispes. Lo visto hasta ahora nada tiene que ver con el lugar en que nos encontramos, una aldea construida con adobes y techos de lámina metálica por la que pululan perros y gallinas pero ninguna persona. Todo cerrado y esperando en su plaza a una hora más acorde para proceder a acercarnos a la Posada de Cuispes, donde deberíamos alojarnos en los próximos días y que habíamos reservado previamente desde España, a razón de 40 US$ diarios la habitación (desayunos y cenas aparte, S. 8 y S. 12, respectivamente). Ya cerca de las 08,00 horas de la mañana llamamos a la puerta y un somnoliento Jarvick nos recibe aturdido, pues no nos esperaba hasta bien entrado el día. Nos indica la habitación para que procedamos a asearnos un poco, que falta nos hace ya, nos cambiemos de ropa y nos cita un rato después para exponernos el plan que tiene previsto para nosotros en los próximos días.

Y para empezar, tralla, nos aconseja salir inmediatamente junto a el para iniciar nuestra primera visita, previo pago de S. 10. Nos espera la catarata de Jumbilla. Para acceder a ella iniciamos el camino por una amplia pista de tierra y que, montaña arriba, va serpenteando durante 5 Km hasta situarnos al borde mismo de unas paredes de piedra y vegetación totalmente verticales. A partir de aquí olvidamos la amable pista y hemos de adentrarnos por un sendero, ya de selva, impregnado de humedad, hojas y maleza durante otros 3 Km más. Se empieza a hacer eterno, pues el cansancio de la cuesta arriba comienza a pasar factura, cuando divisamos una primera catarata, la de Medio Cerro, de 150 m de caída. Seguimos adelante y llegamos a la catarata de Cristal, esta ya de 300 m de caída y que hemos de pasar entre la pared rocosa y el chorro de agua cayendo. Ya queda menos, otro rato más avanzando y por fin divisamos la esperada catarata de Jumbilla, ésta de 895 m de una caída (la tercera más grande del mundo) que la realiza en tres tramos espectaculares. Ansiosos, expectantes y emocionados intentamos poner los pies en remojo y así lograr el esperado alivio. Misión imposible, el agua está gélida y produce tal sensación que nos obliga a replegar velas, con lo que optamos por descansar en un rustico mirador mientras degustamos un par de sabrosos plátanos que Jarvick nos procuró antes de salir. Tras un rato de descanso iniciamos el regreso a Cuispes, realizando el mismo camino pero a la inversa, haciéndose ahora visible en la lejanía la catarata de Chinata de 540 m y 5 tramos, y que se nos había pasado inadvertida en la ida. Igualmente resulta fantástica su observación y pasamos un rato deleitándonos con su visión. Tras reanudar la caminata inaugural, llegamos nuevamente a la posada de cuispes sobre las 17,00 horas. Habían transcurrido casi ocho horas desde nuestra salida inicial en la mañana y se nos pasaron en un santiamén. Otra reparadora ducha, descanso y a esperar la ansiada cena que nos prepararía Doña Rosita, sopa y pollo con arroz, se nos hizo deliciosa. Un buen rato de charla con Jarvick planeando el siguiente día y pasadas las 22,00 horas a dormir como troncos. Por fin una cama tras un viaje de avión y dos noches de autobús.

A las 06,00 ya estábamos en pie, prestos a dar buena cuenta del desayuno con fruta, pan, mantequilla y una mermelada de naranja exquisita, pues a las 06,30 horas nos espera una moto-taxi para trasladarnos a Pedro Ruiz (S. 10). Allí, nos acomodamos en una combi de 9 plazas a la espera de que se complete para llevarnos hasta la población de Luya (S. 6), adonde llegamos pasada una hora y media de camino de tierra y piedras con un paisaje soberbio. Allí, abordamos un colectivo que tras casi 30 minutos nos deja en el pueblecito de CruzPata, donde se inicia el camino hasta los ansiados sarcófagos de Carajía. Se ha de pagar una cuota de entrada de S. 10 como ayuda a la conservación del camino y que cobra la comunidad indígena del pueblo. Un estrecho camino ligeramente cuesta abajo nos acerca tras 40 minutos, al acceso a la zona de los sarcófagos. Nos adentramos por la falda del cortado de piedra y a lo lejos los divisamos. Seis sarcófagos pre-incas, descubiertos por Federico Kauffman en un aceptable estado de conservación (a pesar de las inclemencias meteorológicas y las profanaciones) y que podemos observar a menos de 40 metros de distancia. Construidos en base a piedra mezclada con adobe, se encuentran pintados de diversos colores y constan de cabeza y capsula funeraria, donde se aloja el cuerpo del fallecido. Por fin habíamos logrado ver los primeros y ansiados sarcófagos, motivo principal del viaje. No nos decepcionó ni un ápice, más bien nos parecieron excelsos. Las consabidas fotos desde donde pudimos hacerlas, algo de descanso y vuelta hacia CruzPata por el mismo camino, que ahora empezaba a hacerse más penoso al ser cuesta arriba, pero que se hizo ameno mientras conversábamos con Jarvick sobre lo visto allí. Al llegar, nuevo colectivo hasta Luya (S. 15) donde buscamos una moto-taxi que por S. 45 nos llevó durante 25 minutos cuesta arriba por un camino de tierra hasta el inicio del denominado sendero hacia el Pueblo de los Muertos, previo pago de otros S. 10 en la Municipalidad de la localidad. Encontramos un sendero cuesta abajo, muy empinado, estrecho y lleno de piedras dispuestas para un resbalón y propiciar una caída por un precipicio enorme. Muerte segura. Un lugar, que por su peligroso acceso, no merece la pena realizar. Al final, una serie de mausoleos en un mal estado de conservación, construidos de piedra en forma de U sobre una estrecha repisa geológica. Todo un trabajo complicado para procurar entierros colectivos y donde también se ubicaron sarcófagos individuales, acompañados de algunas pinturas en la roca, colgados al mismo borde del precipicio y en un lugar casi inaccesibles. Lo mejor de todo, la vista en la lejanía de la mítica catarata de Gocta, con casi 800 m de caída de agua y la cual habíamos declinado visitar debido a las 5 horas de caminata para acercarse a ella desde la localidad de San Pablo y por haber visto anteriormente la también espectacular de Jumbilla. Al salir del camino por el precipicio, allí estaba nuestra moto-taxi para devolvernos a Luya y de nuevo la combi hasta Pedro Ruiz y nueva moto-taxi hasta Cuispes, donde llegamos sobre las 18,00 horas tras un día agotador de transportes y caminatas. Lo mismo del día anterior, deliciosa cena (los desayunos y cenas de Doña Rosita eran momentos muy esperados por nosotros) y a dormir de nuevo con unas ganas enormes

Madrugamos de nuevo a las 06,00 horas, pues media hora más tarde nos está esperando una moto-taxi que por S. 100, nos acompañará durante todo el día en nuestro de desplazamiento hasta San Jerónimo, desde donde iniciaremos un nuevo recorrido hasta el Cerro del Tigre, con la intención de observar in situ los sarcófagos de los Chachapoyas que allí se encuentran. Tras 1,30 horas de viaje en moto-taxi por camino de tierra en muy mal estado y en constante subida llegamos a San Jerónimo, donde nos estaba esperando el guía local y que tras el pago de los consabidos S. 10 y los S. 30 por su trabajo, nos acompañó hacia el cerro. Y allí nos encontramos nosotros, el guía, Jarvick y el conductor de la moto-taxi con 5 km por delante de un camino infernal, estrecho, con muchos escalones de piedra, sol y muy transitado por los agricultores vecinos. Se hace eterna la subida, 2,5 horas de caminata nos dejan exhaustos y sin aire, molidos de cansancio hasta que llegamos a la pared vertical con la que nos encontramos. Allí, una pequeña cascada con remanso de agua, disponemos de unos minutos para recuperar el aliento y ponernos a la fresca sombra de la exuberante vegetación, antes de acometer el ultimo kilometro por senda selvática de continua subida a través del imponente cortado que nos conducirá hasta la misma ubicación de los sarcófagos. Llegados a un plano vertical divisamos unos primeros restos de mausoleos y que nos indican el fin del ascenso. Siguiendo el plano sendero que continúa aparecen restos óseos en pequeñas oquedades y un destrozado sarcófago que parece ha caído desde su ubicación y del que solo se aprecia la mascara, huesos sueltos y restos de ropajes. Mirando hacia la parte superior del cortado, divisamos expectantes 14 sarcófagos perfectamente conservados y alineados entre si (a menos de 5 m de nosotros). Gracias al trabajo de los habitantes de la zona, se ha construido un rudimentario andamio apoyado en un gran árbol y que permite disfrutarlos en toda su belleza y a muy corta distancia. Por encima de estos, se sitúa otro grupo de otros 21 sarcófagos, pero con una visión directa mucho más complicada, y que podemos observar con mucha precaución. Objetivo cumplido. La sobra y el frescor del lugar nos procuran un descanso relajante mientras damos buena cuenta de los habituales plátanos para todos, excepto para el guía, que prefiere seguir con su costumbre de mascar hoja de coca a la que esta más habituado, y le hace olvidarse del hambre y del cansancio. Repuestos, iniciamos de nuevo el trayecto de vuelta al pueblo en el que las rodillas se resienten enormemente, por lo que se hace a un ritmo lento y nos ocupa casi el mismo tiempo que el invertido en la subida. No se debe descartar la opción de hacer todo el recorrido a caballo, pues por tan solo S. 25 es mucho más llevadero y permite tiempo para apreciar el bello paisaje que acompaña al camino. Vuelta a la moto-taxi y otras 1,5 horas para el regreso a Cuispes, adonde llegamos a las míticas 18,00 horas. Ducha, cena y unos tragos de ron con Jarvick en animada charla (como todas las noches) y cansados encaramos nuestra última noche en la Posada de Cuispes.

Nos levantamos algo más tarde, a las 07,00 horas y tras desayunar y liquidar con Jarvik el alojamiento, la manutención y sus servicios (únicamente S. 30 por cada jornada), nos despedimos de el y de Doña Rosita muy agradecidos por sus atenciones. Moto-taxi hacia Pedro Ruiz (S.20) y allí a buscar una combi que nos acerque hasta la ciudad de Chachapoyas, la encontramos con prontitud (S. 5) y tras esperar a que se complete partimos en ruta durante 40 minutos de aceptable carretera, algo de trafico local y las consabidas curvas. El recorrido transcurre siguiendo la ribera del caudaloso rio Utcubamba, afluente del Marañón (que nutre de ingentes cantidades de agua al gran Amazonas), antes de iniciar una serpenteante subida por montaña hasta coronarla en la ciudad de Chachapoyas. Con mochilas a la espalda iniciamos la búsqueda de su Plaza de armas, en cuyas inmediaciones tenemos intención de alojarnos. Habíamos localizado previamente el Chachapoyas Backpakers Hostal y afortunadamente había habitación disponible, por lo que allí nos quedamos, cosa que agradecimos pues el trato de sus propietarios, José y Dona, fue excelente también, orientándonos, aconsejándonos y organizando las visitas de los próximos dos días. Había alguna mejor opción de alojamiento en la ciudad, pero por precio (S. 60 al día por habitación) nos pareció muy conveniente. Completamos la jornada paseando y conociendo la ciudad que fue fundada en 1544 por Alonso de Alvarado, con el nombre de “San Juan de la Frontera de los Chachapoyas”, tras dos intentos previos en otros lugares climatológicamente menos aconsejables (La Jalca y Levanto). Su plaza de Armas está conformada, como todas, por la Catedral, la Municipalidad y preciosas casonas coloniales con bellas balconadas, y partiendo de ella callejuelas trazadas con tiralíneas con una gran vitalidad de comercios y trasiego de personas. Ya apetecía algo disfrutar de una ciudad “grande” con restaurantes, comercios y bares, por lo que agradecimos los días pasados en ella.

A la mañana siguiente y tras desayunar gratamente en una panadería cercana, abordamos una combi en el Hostal (excursión procurada por José) que por un precio asequible de S. 50, nos había de llevar hasta la Fortaleza de Kuelap. El camino, también de tierra y piedras pero en aceptable estado, se demora durante casi 3 horas y desde él se divisa un pequeño poblado pre-inca llamado Macro, con algunos restos de sus construcciones originales. Llegados a la entrada de la fortaleza y tras el pago de los consabidos S. 10, iniciamos, con el resto del grupo (4 personas y el guía) el acceso a Kuelap, y que encontramos en un aceptable estado de conservación. Construida sobre al año 1100 dc, a 3000 m de altitud parece inexpugnable pues esta rodeada de farallones y precipicios y estuvo habitada por los Chachapoyas hasta ser dominada por los Incas y la posterior conquista de los españoles, que procedieron a mover a sus moradores a una nueva ciudad en la parte baja de los valles. Conformada por grandes plataformas superpuestas, sobre estas se levantaron 450 hectáreas de diversas construcciones circulares en base a piedras de roca caliza, rodeadas de muros de 30 m de altura, atravesados por tres pequeñas rampas de acceso al interior y que se van estrechando paulatinamente. En su interior se adivinan varias zonas diferenciadas para la población normal y para la aristocracia. Se ha procedido a la reconstrucción de una de las viviendas, para así hacernos una ligera idea de su forma de vida. Esta joya de la arquitectura pre-inca y pre-hispánica fue declarado Patrimonio Cultura de Perú en 1998 y por sus características se le da el nombre de la Machu Pichu del Norte. Tras un par de horas de visionado del interior de la fortaleza, iniciamos regreso hacia Chachapoyas, comiendo un ansiado menú en un restaurante de un pequeño pueblo del camino, y que nuestro cuerpo agradeció. Mención aparte merece señalar la construcción en curso que se esta realizando para acceder a Kuelap con un teleférico, esto acortaría sensiblemente el tiempo de acceso a la fortaleza pero que inevitablemente afea y mucho las montañas y el paisaje que se encuentra uno al subir por el camino, además de la futura cercenación de los viajes en combi, con el consiguiente envío al paro de los cientos de personas que a la atención al visitante se dedican. Ya anocheciendo llegábamos al hostal para tras una ducha salir a pasear por la ciudad y acabar la noche con unos licores autóctonos en un pequeño bar, antes de proceder al reparador descanso.

Nuestro último día nos depararía otra visita por la zona, la haríamos a los mausoleos de Revash. La combi nos recoge puntual a la puerta del hostal e iniciamos el camino de tierra durante 2 horas hasta la localidad de San Bartolo. Una vez llegados a la localidad y tras el pago de los S. 10 de siempre, iniciamos un suave camino empedrado durante unos 30 minutos hasta llegar a los mausoleos, que se revelan preciosos y muy coloridos, pudiéndose ver prácticamente encima de ellos. Construcciones funerarias a las faldas de las rocas (como es costumbre en la cultura Chacha) y decoradas con pinturas de animales en color rojo, habiéndose encontrado en su interior ofrendas diversas a los muertos. Un precioso colofón a los días pasados visionando la cultura de los Chachapoyas. Regresamos a la combi y emprendemos camino cerca de Chachapoyas, en esta ocasión para visitar el Museo de Leymebamba, inaugurado en el año 2000, con más de 200 momias traídas de los mausoleos encontrados en la cercana Laguna de los Cóndores, salvándolas así de la desaparición a manos de vándalos y visitantes sin escrúpulos. La construcción del museo se hizo gracias a los aportes provenientes de Austria y su visita se hace indispensable para comprender y conocer a fondo toda la cultura pre-inca de la zona. A nuestro regreso al hostal, rápidamente cogemos de nuevo las mochilas y nos encaminamos hacia la terminal de buses, pues a las 21,00 horas hemos de subirnos a un bus de la empresa Virgen del Carmen y que tras 12 horas de un viaje lento y abrupto por montaña en butacas normales (aquí no hay cómodos butacones) y que debido a la oscuridad no podemos percibir en toda su belleza, nos depositara en la ya bulliciosa ciudad de Cajamarca (S. 85), con lo que prácticamente hemos finalizado nuestro peregrinar por la inmensa y bella zona de selva, donde los Chachapoyas existieron y forjaron su cultura.

Ya hacia tiempo que había amanecido cuando llegamos a Cajamarca y que se nos muestra preciosa en su casco histórico, con innegables reminiscencias coloniales. Ocupamos la mañana en visitar su Plaza de Armas y las calles aledañas, empezando por su Catedral que dispone de tres puertas para el ingreso y las columnas que adornan su fachada están bellamente esculpidas, y donde abundan muchas representaciones de uvas. El altar mayor se encuentra finamente recubierto de pan de oro. Encaminamos nuestros pasos al denominado Conjunto Monumental de Belén, que data del siglo XVIII y cuyo epicentro es la Iglesia de Belén. A un lado de la Iglesia se encuentra el antiguo hospital de hombres, convertido hoy en día en Museo y un poco más separado, el antiguo hospital de mujeres, que a días actuales sirve como centro expositor. Dejamos para el final visitar el cuarto del recate, a 50 m de la Plaza de Armas, lugar que simboliza el choque cultural entre Incas y Españoles, y donde permaneció prisionero el Inca Atahualpa a manos de Pizarro mientras se llenaba el cuarto del oro exigido para su rescate, antes de proceder a su ejecución. Después de comer por S. 20 un menú Cajamarquino nos acercamos en combi hacia los llamados Baños del Inca, fuentes termales usados el para regocijo de los ciudadanos locales, donde disfrutamos de un relajante y caliente baño que agradecimos sobremanera. A las 19,00 horas partió el bus de la empresa Línea, en el cual iniciamos un comodísimo viaje hasta Lima, donde llegamos a la mañana siguiente para tener unos días de pausa antes de acometer la segunda fase de nuestro viaje, donde habríamos de visitar en el sur la grandiosa Cusco y las ricas zonas arqueológicas que en sus alrededores se encuentran. Pero esto ya forma parte de otra historia.

Descubrimos en el viaje una zona de gran belleza natural con unos tesoros arqueológicos que, si bien íbamos buscando, nunca pudimos esperar fueran tan excelsos. Quedó mucho por visitar, Ayachaqui, Lengate, el Valle de Huaylla Belén, Colcamar, La Bóveda, Sholon, y sobre todo y especialmente la Laguna de los Cóndores, a la que se accede desde Leymebamba tras una caminata, si o si, de dos días. Sin acceso en otro medio de transporte. También tuvimos que obviar la visita a la comarca de Rodríguez de Mendoza, donde se asentaron muchos descendientes de españoles tras la conquista y que son llamados Huayachos por los nativos, debido a su aspecto “extraño”, pues suelen ser rubios y de ojos azules, no como ellos. Igualmente nos hubiera apetecido visitar Tarapoto, pero el tiempo apremiaba.

No resultó un viaje excesivamente caro, aunque a los pocos turistas que por la zona aparecen suelen “sangrarlos”, aun así, muy asequible. Alojarse en Cuispes es muy recomendable, te permite estar en contacto continuo con todo lo que brinda la zona rural, aunque el precio de su Posada resulta bastante alto para lo que oferta el lugar (ni Tv, ni Wi-fi, ni nada para distraerse), pero no hay otro. Eso sí, la atención de Jarvick, su disposición y sus consejos, no tienen precio y el costo de sus servicios como guía (S. 30 al día), es excelente. El Hostal Backpakers de Chachapoyas, es ideal. Un gran precio y una encomiable disposición de sus dueños para la ayuda. El pueblo es casi el epicentro de la comarca, con servicios de todo tipo y desde donde se puede visitar toda la zona sin problemas. En todos los hostales es posible “negociar” el precio y no aceptar el primero que nos pidan. Intentan aprovecharse demasiado del visitante.

La red de carreteras es algo deficiente y salvo en las vías principales, al resto de las zonas se accede por caminos de tierra, lo que alarga considerablemente el desplazamiento. Los viajes en bus son seguros, muy cómodos y baratos, aunque largos y casi todos en la noche (tiene la ventaja del ahorro en noches de hotel). El uso constante de combis, colectivos y moto-taxi no debe inquietarnos, es la forma habitual y barata de desplazamiento de los habitantes de la zona y su uso esta muy extendido.

No sufrimos contratiempo de ningún tipo y el trato de la gente se puede calificar de excelente. Hambre física no pasamos en ningún momento, aunque tuvimos ataques de gula que sorteamos con ayuda de las gigantescas cervezas que en el país sirven, un gran momento después de las largas caminatas, aunque casi siempre estaban algo calientes para nuestro gusto.

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