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Cuento

Carolina

  • Por Marisol Alvarado (Madrid)

domingo 8 de noviembre de 2026, 20:52h

Ella era poesía, le permitía volar. Su mirada, a él, le transmitía vida, pasión; le regaló la oportunidad que siempre había esperado, le susurraba amor. Fue una perfecta canción, de esas que uno repite una y otra vez para grabarla en la memoria y no dejarla ir jamás.

Se conocieron una mañana en que Francisco, por ahorrar tiempo para llegar puntual al trabajo, tomó un nuevo atajo que le concedería unos cuantos minutos para su cometido; nunca antes había pasado por esa calle empedrada y abarrotada de macetas viejas que aún lograban arropar plantas de diversos tipos, la luz del sol hacía más bello el paisaje y lo disfrutó. Antes de doblar la esquina para terminar esa nueva aventura, la vio. Fue inmediato, sus miradas se cruzaron y se firmó un contrato tácito de ilusión y lealtad. Decidió hacer, de ese camino, su amigo habitual.

Todos los días a las 7:15 de la mañana, Carolina lo veía venir; ella también lo esperaba con ansias. Su vestuario era diferente cada vez, parecía estar arreglada siempre para un evento importante, una gala impresionante que encandilaba progresivamente los ojos de Francisco, se estaba enamorando, pensó que nunca podría tener esa emoción y se sentía feliz.

Francisco fue diagnosticado, desde chico, de una condición mental que interfería, de manera paulatina, su modo de actuar y ver la vida; era bastante retraído y su vivencia en el colegio, barrio y universidad no fue nada fácil. Tenía solo dos amigos, que siempre mostraban su interés por él y, a lo largo de su vida, solo tuvo una novia. Cargaba 45 años en su espalda y había perdido toda esperanza de ilusión. Hasta que Carolina llegó.

Ella se veía menor que él, siempre sonriente, con una cabellera corta y negra, ojos grandes y azules y unas manos tan delicadas que dibujaban melodías solo con mirarlas. Había estado ahí desde hace unos 5 años aproximadamente, no tenía ni papá ni mamá; las únicas figuras que le acompañaban siempre eran los dueños de donde habitaba. Jamás estudió nada y, al conocerla, Francisco se dio cuenta que tenía problemas para hablar, pero no le importaba; solo le interesaba poder ser su compañero fiel para toda la eternidad.

Se enamoraron; él le recitaba poemas y ella le dibujaba palabras de amor. Todos los amaneceres, en ese pasaje, se entregaban fidelidad. Era realmente hermoso, la gente que podía ser testigos de esa danza maravillosa, miraban atónitos, les parecía increíble que existiese una situación similar, no lo concebían. Quizás era envidia de no poder amar tan libremente como ellos.

Así, transcurrieron dos meses; él, visitándola diariamente y ella, abrazándolo de lejos por no poder salir de su lugar. Todo era perfecto hasta que, sin razón alguna y previo aviso, Carolina ya no estaba ahí.

Francisco enloqueció, buscó por toda la calle, impregnado de lágrimas gritaba su nombre desesperado, preguntando a toda persona que pasara cerca a él, se rasgaba sus prendas, se pegaba en la frente, en la cabeza tratando de entender por qué se había desvanecido sin darle ninguna explicación. Si juraron estar juntos y se amaban, ¡¿por qué lo abandonó?!

Nunca pudo reponerse de esa pérdida, la lloraba cada luna y prometió serle fiel por el resto de sus días.

Mientras tanto, Carolina yacía, igual de bella, elegante y sonriente, en un escaparate de un nuevo local inaugurado en otra ciudad. La tienda se había expandido y esa radiante muñeca de yeso lucía ya otras prendas siendo un impecable maniquí.

 

 

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