Pero, por encima de todo, la película nació bajo la sombra de una obra maestra: Los siete samuráis (Shichinin no samurai, 1954), de Akira Kurosawa.
La operación de Hollywood fue sencilla de explicar y mucho más compleja de ejecutar: tomar la historia de siete guerreros que protegen a un pueblo campesino, trasladarla al México fronterizo del Oeste, sustituir las espadas por revólveres y convertir a los samuráis en pistoleros. El resultado fue una de las grandes películas populares del western y, con el tiempo, un clásico con personalidad propia.
La estructura fundamental procedía de Kurosawa. En la película japonesa, un pueblo amenazado por bandidos contrata a varios samuráis para defender sus cosechas. Los guerreros organizan la resistencia, enseñan a los campesinos a combatir y preparan una batalla contra un enemigo muy superior en número.
Sturges conservó ese esqueleto narrativo, pero cambió radicalmente su contexto. El Japón feudal desapareció y fue sustituido por un pueblo mexicano; los samuráis se convirtieron en pistoleros y la cuestión del honor guerrero dio paso a una concepción muy estadounidense del héroe: hombres profesionales de la violencia que, aunque inicialmente aceptan un trabajo por dinero, terminan luchando por una causa que vale más que su recompensa.
Un proyecto plagado de problemas
La idea de adaptar Los siete samuráis al western estuvo relacionada con Yul Brynner, que quedó impresionado por la película de Kurosawa. El actor planteó la posibilidad de trasladar aquella historia al Oeste americano y el productor Walter Mirisch vio inmediatamente sus posibilidades.
Pero antes de que la producción encontrara su forma definitiva, el proyecto atravesó numerosas dificultades.
Anthony Quinn estuvo vinculado a las primeras etapas junto a Brynner y posteriormente sostuvo que ambos habían trabajado en la concepción de la adaptación. Cuando quedó apartado del proyecto, Quinn llegó a demandar a Brynner. Sin embargo, la ausencia de un contrato escrito que respaldara sus reclamaciones terminó debilitando su posición y el tribunal rechazó sus pretensiones.
También hubo problemas alrededor de los propios derechos. El productor Lou Morheim los había adquirido inicialmente por apenas 2.500 dólares. Con el tiempo, el proyecto pasó por distintas manos hasta quedar bajo el control de Walter Mirisch. Morheim también acabaría reclamando judicialmente su participación y sus créditos. El conflicto se resolvió mediante un acuerdo que le otorgó una compensación económica y el crédito de productor asociado.
No sería el último problema antes de que comenzaran las cámaras.
De Martin Ritt a John Sturges
En una primera etapa, Martin Ritt estuvo relacionado con la dirección. El proyecto llegó incluso a plantearse en el contexto de la Guerra de Secesión estadounidense, una opción que habría alejado todavía más la película de su inspiración japonesa.
Finalmente, John Sturges asumió la dirección y la producción. Era un cineasta experimentado en el cine de acción y en el western y comprendió que trasladar literalmente la película de Kurosawa no era suficiente.
El cambio más importante fue convertir a los guerreros japoneses en profesionales de un mundo que empezaba a desaparecer.
Los samuráis de Kurosawa están ligados a una sociedad concreta, a una jerarquía y a un código de honor. Los pistoleros de Sturges pertenecen a un Oeste en transformación. Son hombres que viven de sus armas y que empiezan a descubrir que su oficio tiene cada vez menos espacio en la nueva sociedad.
Esa idea anticipaba uno de los grandes temas del western de las décadas posteriores: el final de una época.
Un reparto convertido en leyenda
La película reunió un reparto extraordinario: Yul Brynner, Steve McQueen, Charles Bronson, James Coburn, Robert Vaughn, Brad Dexter y Horst Buchholz, con Eli Wallach como el bandido Calvera.
Yul Brynner era la gran estrella y asumió el papel de Chris Adams, líder del grupo. Pero junto a él apareció un actor que todavía no había alcanzado el estatus de mito que tendría pocos años después: Steve McQueen.
McQueen triunfaba entonces en televisión con Wanted Dead or Alive y su compromiso con la serie dificultaba su participación en la película. Según los testimonios recogidos posteriormente, el actor recurrió incluso a una curiosa estratagema para conseguir tiempo libre: fingió haber sufrido un accidente de automóvil.
Una vez incorporado al rodaje, McQueen comenzó a protagonizar otra historia que acabaría formando parte de la leyenda del filme: su enfrentamiento con Brynner.
Brynner era la estrella principal y consideraba que la película era, en buena medida, su proyecto. McQueen, por su parte, sabía que compartía pantalla con una figura de enorme presencia y comenzó a buscar pequeñas maneras de atraer la atención del espectador.
Revisar su arma, manipular objetos, realizar determinados gestos o moverse cuando aparentemente no era necesario se convirtieron en parte de su estrategia. Brynner interpretó aquella conducta como un intento deliberado de robarle protagonismo.
Incluso la cuestión de la estatura alimentó la rivalidad. La tensión entre ambos fue real, aunque también terminó aportando una energía especial a las escenas compartidas.
Paradójicamente, aquella competencia ayudó a construir uno de los principales atractivos de la película: siete personajes diferentes, siete personalidades reconocibles y un grupo cuya fuerza procede precisamente de sus contrastes.
México, un rodaje bajo vigilancia
El rodaje comenzó el 1 de marzo de 1960 y tuvo lugar principalmente en México, especialmente en los alrededores de Cuernavaca y en otras localizaciones del estado de Morelos, además de los Estudios Churubusco de Ciudad de México.
El paisaje era fundamental. Sturges necesitaba pueblos polvorientos, grandes espacios abiertos y un entorno que transmitiera inmediatamente la sensación de frontera.
Pero trabajar en México planteó un problema adicional: las autoridades vigilaban con atención la forma en que el país y sus habitantes aparecían representados.
Los censores exigieron modificaciones del guion y de determinadas situaciones. Una de las más llamativas fue la obligación de que los campesinos mexicanos aparecieran con ropa limpia en todas las escenas. La intención era evitar una representación que presentara a la población local como sucia o degradada.
También se modificaron otros elementos de la historia. El director y actor mexicano Emilio “El Indio” Fernández participó además en la producción como ayudante de dirección.
Sin embargo, vista desde el siglo XXI, la película conserva contradicciones evidentes. Los campesinos aparecen como una comunidad relativamente pasiva que necesita la intervención de los estadounidenses para salvarse. Y Eli Wallach, actor estadounidense, interpreta a un bandido mexicano mediante una caracterización que hoy puede resultar problemática.
La censura intentó suavizar determinados estereotipos, pero no pudo modificar por completo una estructura narrativa marcada por una mirada paternalista.
La música que sobrevivió a la película
Hay un elemento de Los siete magníficos que se volvió prácticamente inseparable de la cultura popular: la música de Elmer Bernstein.
Su tema principal, dinámico y reconocible desde las primeras notas, convirtió la llegada de los siete pistoleros en una especie de desfile heroico. La música fue nominada al Óscar, aunque finalmente perdió frente a la partitura de Éxodo.
Con el tiempo, sin embargo, el tema de Bernstein alcanzó una fama extraordinaria y terminó siendo más reconocible que buena parte de las imágenes que acompañaba.
La película también ayudó a popularizar una nueva fórmula narrativa: el héroe ya no tenía que ser necesariamente un pistolero solitario. Podía formar parte de un grupo de especialistas, cada uno con sus habilidades, personalidad y pasado.
Esa fórmula tendría una enorme influencia en el cine posterior y, especialmente, en el spaghetti western.
Un estreno recibido con división
Los siete magníficos llegó a los cines en octubre de 1960. Su recepción inicial estuvo lejos de ser unánime.
Algunos críticos estadounidenses consideraron que la película era una versión inferior y excesivamente larga de la obra de Kurosawa. Otros, en cambio, valoraron su energía, el reparto y su capacidad para funcionar como western independientemente de su origen japonés.
El público internacional terminó siendo decisivo. La película tuvo un comportamiento especialmente fuerte en Europa y sus ingresos fuera de Estados Unidos contribuyeron de manera fundamental a convertirla en un éxito comercial.
La posterior fama de McQueen, Bronson, Coburn y Vaughn también ayudó a incrementar el atractivo retrospectivo del filme.
Con las décadas, su reputación crítica no dejó de crecer. Lo que inicialmente podía verse como una adaptación comercial terminó consolidándose como uno de los westerns más populares de su época.
¿Qué pensó Kurosawa?
La opinión de Akira Kurosawa resulta especialmente interesante.
El director japonés no consideraba que la película de Sturges fuera realmente una versión de Los siete samuráis. En una entrevista de 1966 expresó su decepción con la adaptación, aunque reconoció que era entretenida.
La distinción es importante. Kurosawa no estaba diciendo simplemente que la película estadounidense fuera mala. Lo que cuestionaba era que se presentara como una auténtica traslación de su obra.
Y, en cierto sentido, tenía motivos.
Los siete samuráis es mucho más que la historia de siete guerreros defendiendo una aldea. Es también una reflexión sobre la pobreza, la guerra, las clases sociales, el campesinado y la posición de los samuráis dentro de una sociedad en transformación.
Sturges conservó la arquitectura narrativa, pero cambió su significado.
De adaptación a clásico
La paradoja de Los siete magníficos es que una película nacida como adaptación terminó adquiriendo una identidad propia.
No es Los siete samuráis con sombreros y revólveres. Es otra película, construida sobre una misma estructura y orientada hacia otra tradición cinematográfica.
Chris, Vin, Britt, Bernardo, Lee, Harry y Chico no son simples equivalentes occidentales de los personajes de Kurosawa. Son figuras del western y, en cierto modo, anticipan el western crepuscular que dominaría buena parte del género durante las décadas siguientes.
Son hombres que pertenecen a un mundo condenado a desaparecer.
Ahí reside buena parte de la importancia de la película. Kurosawa había utilizado a sus siete samuráis para hablar de una sociedad en crisis. Sturges utilizó a sus siete pistoleros para hablar, de manera más sencilla pero igualmente eficaz, de un Oeste que comenzaba a quedarse sin lugar para hombres como ellos.
La película que nació entre disputas por derechos, litigios, cambios de director, rivalidades entre estrellas, dificultades de producción y problemas con la censura mexicana terminó sobreviviendo a todas esas circunstancias.
Kurosawa la consideró una copia entretenida pero decepcionante. La historia del cine terminó ofreciendo un veredicto diferente.
Los siete magníficos quizá nunca pudo ser Los siete samuráis. Tampoco necesitaba serlo.
Una revolucionó la narrativa cinematográfica de acción y se convirtió en una obra maestra del cine japonés. La otra tomó aquella revolución, la trasladó al polvo de la frontera, le puso caballos, revólveres, sombreros y la música inolvidable de Elmer Bernstein.
Y así, paradójicamente, una película nacida de otra terminó convirtiéndose también en una leyenda.