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Esclavitud y cautiverio
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Esclavitud y cautiverio

  • La esclavitud y el cautiverio ocuparon un lugar central en los territorios vinculados a la monarquía hispánica y en su conexión con las rutas atlánticas de tráfico de personas esclavizadas.
  • Por María del Carmen Calderón Berrocal* - desde Sevilla

lunes 01 de junio de 2026, 22:28h
Esclavitud y cautiverio

01JUN26 – SEVILLA.- Durante mucho tiempo se trató de una realidad poco visible en la historiografía, pero en las últimas décadas ha suscitado un notable interés desde enfoques diversos que han ampliado las preguntas, las fuentes y las metodologías de análisis.

El estudio de este fenómeno ha puesto de relieve la necesidad de ir más allá de aproximaciones meramente narrativas o morales, incorporando métodos cuantitativos rigurosos que permitan dimensionar con mayor precisión la magnitud del fenómeno.

A medida que se afinan cifras y porcentajes, resulta difícil sostener visiones edulcoradas sobre las monarquías ibéricas o, en general, sobre los poderes mediterráneos implicados en estas dinámicas.

La esclavitud fue un hecho estructural y persistente, cuya dureza y extensión obligan a revisar interpretaciones complacientes, sin olvidar, claro está, que no podemos mirar el pasado con ojos contemporáneos, sino que hay que trasladarse a la época y a la mentalidad del tiempo en cuestión.

En el ámbito mediterráneo occidental entre los siglos XVI y XVIII, la presencia de personas esclavizadas estuvo lejos de ser marginal. En numerosas ciudades y villas del sur peninsular y en territorios italianos bajo dominio hispánico, miles de individuos —procedentes del África subsahariana y del norte de África, capturados en acciones corsarias o conflictos bélicos— vivían bajo esta condición.

No olvidemos que la esclavitud no solo era en España y sus conquistas allende los mares; y no solo era de negros y países del primer mundo, sino que también los musulmanes, en sus razzias habían capturado a presos que, por considerarlos, infieles y enemigos de su fe, no recibían, en absoluto, el mejor de los tratos y estaban también esclavizados.

Ahí estaban los mercedarios, dispuestos a intercambiarse por los presos cristianos para preservar la fe, ellos tenían una fe a prueba de martirios, no iban a desfallecer ante los tormentos islámicos; y recordemos también las limosnas y cláusulas testamentarias que legaban bienes para aplicarlos a la redención de cautivos y cautivos esclavizados. El mismo Cervantes lo fue, nuestro soldado escritor con la mano estrecha estropeada en la Batalla de Lepanto, por lo que le sobrevino la tilde de “El Manco de Lepanto”, aunque no le faltaba la mano, solo quedó afectada por heridas de guerra.

Aunque en ciertos sectores de la élite poseer esclavos podía asociarse al prestigio doméstico, su utilización no se limitó a ámbitos urbanos acomodados. También en espacios rurales su trabajo resultó significativo, especialmente cuando la caída de los precios favoreció su adquisición o cesión temporal para labores agrícolas.

Los esclavos eran regalados, cedidos o aplicados por tiempo determinado o hasta su muerte a obras piadosas que su dueño pretendía hacer. Así, tuve ocasión de descubrir con motivo de las investigaciones con objeto de mi tesis doctoral: “El Hospital de las Cinco Llagas. Historia y Documentos”, que el referido Hospital tuvo en su tiempo esclavos, que sus amos aplicaban como sirvientes en la institución para, con ello, realizar obra benéfica y sentirse más cerca del Cielo y ganarse una plaza en la Gloria, no importaba cuan miserable hubiera sido su vida, el sujeto aplicaba a su esclavo en una obra pía y con ello estimaba que ganaba pasaporte a una eternidad gloriosa.

La esclavitud funcionaba como un mercado más, sometido a las reglas de la oferta y la demanda. Los precios variaban según edad, salud, habilidades o coyunturas políticas, como ocurrió tras la rebelión de las Alpujarras, cuando el incremento de cautivos alteró el equilibrio del mercado.

Desde la perspectiva de quienes padecieron esta situación, la experiencia fue generalmente inestable y precaria: cambios de propietario, desplazamientos forzados y condiciones agravadas en contextos de guerra formaban parte de su vida cotidiana.

La documentación notarial los registra como bienes transaccionables, aunque al mismo tiempo fueran bautizados y recibieran nombres cristianos, un gesto que no anulaba su condición jurídica ni su vulnerabilidad.

Lejos de la imagen de docilidad absoluta, las fuentes judiciales revelan múltiples formas de resistencia. Hubo demandas interpuestas contra propietarios, fugas individuales y colectivas —que requerían información y redes de apoyo—; e incluso episodios de violencia abierta o motines, si bien estos últimos fueron menos frecuentes. Estas acciones muestran que la esclavitud no anuló por completo la capacidad de agencia de quienes la sufrían.

Calcular la magnitud del fenómeno sigue siendo complejo. Los registros parroquiales, los recuentos ordenados por la Corona o por autoridades locales y la documentación notarial ofrecen datos parciales y no siempre comparables. A menudo existen subregistros, omisiones —especialmente de mujeres y niños— y criterios distintos en la elaboración de censos. El cruce de estas fuentes con procesos judiciales, crónicas y archivos administrativos permite aproximaciones más sólidas, aunque nunca definitivas.

Estudios locales han permitido observar con mayor detalle estas dinámicas. En ciudades portuarias del sur peninsular, como Sevilla, Cádiz, Málaga, la población esclava pudo alcanzar porcentajes muy elevados a finales del siglo XVI, favorecida por su papel como centro redistribuidor y por su proximidad a zonas de captura en el Magreb.

El fenómeno no se limitaba a las grandes urbes: también en áreas como Almería y su entorno rural se documenta una intensa actividad esclavista vinculada a la represión tras la rebelión de las Alpujarras y a la comercialización de cautivos fuera del antiguo reino granadino.

El cautiverio cristiano en el norte de África constituye la otra cara de este sistema. Las capturas derivadas de enfrentamientos militares o de acciones corsarias generaron redes de rescate complejas, en las que, como hemos mencionado, participaron órdenes religiosas, familiares y la propia Corona.

Las cifras de redenciones logradas en la Edad Moderna alcanzan decenas de miles, aunque resulta difícil estimar el número total de cautivos. Las mujeres y quienes tenían hijos afrontaban mayores obstáculos para recuperar la libertad y los períodos de cautiverio solían ser prolongados.

En el espacio atlántico, Portugal desempeñó un papel decisivo como nexo entre el Mediterráneo y el Atlántico, tanto por su participación en el comercio negrero como por la significativa presencia de población esclavizada en ciudades como Lisboa a finales del siglo XVI.

Puertos como Cádiz o Sevilla se integraron en estas redes, que conectaban el golfo de Guinea con la Península y otros destinos europeos.

Algunos casos individuales permiten observar trayectorias complejas de ascenso social tras la manumisión, lo que matiza la idea de una experiencia uniforme, aunque no altera la naturaleza estructural del sistema.

En las ciudades peninsulares surgieron numerosas cofradías vinculadas a población negra, especialmente en los principales núcleos del mercado esclavista. En Sevilla está la muy famosa Hermandad de Los Negritos.

Estas asociaciones cumplieron funciones ambivalentes: por un lado, facilitaron solidaridades internas, apoyo en litigios y respaldo a procesos de liberación; por otro, sirvieron a las autoridades como instrumentos de control social. En el plano religioso, la difusión de devociones asociadas a figuras negras, como la de San Benito de Palermo, se insertó en estrategias más amplias de evangelización y en la presencia creciente de comunidades afrodescendientes, aunque no todas las iniciativas devocionales alcanzaron el mismo éxito.

San Benito de Palermo (1524–1589), también conocido como San Benito el Moro, fue un fraile franciscano siciliano de origen africano. Nació en San Fratello (Sicilia), hijo de padres etíopes que habían sido esclavizados y posteriormente liberados. Su figura alcanzó gran relevancia en el mundo hispánico y en América, especialmente entre comunidades afrodescendientes.

Aunque nació libre, su ascendencia africana marcó su identidad en una sociedad profundamente jerarquizada por el origen y el color de piel. Ingresó primero en una comunidad eremítica y más tarde en la orden franciscana como hermano lego (no sacerdote). Vivió en el convento de Santa María de Jesús, en Palermo, donde desempeñó tareas humildes —cocinero, hortelano— y llegó a ser maestro de novicios y guardián del convento, cargos poco habituales para alguien de su condición social. Fue conocido por su vida austera, su fama de santidad y los supuestos milagros que se le atribuyeron en vida. Murió en 1589 y su culto comenzó a expandirse rápidamente.

Fue canonizado en 1807 por el papa Pío VII, aunque su devoción era muy anterior. Desde comienzos del siglo XVII su culto se difundió ampliamente por España, Portugal y los territorios americanos. En ciudades con presencia significativa de población negra o esclavizada —como Sevilla, Cádiz o Lisboa— su figura adquirió especial importancia.

En el ámbito hispánico, su promoción estuvo vinculada al interés franciscano por difundir modelos de santidad accesibles y ejemplares, así como a estrategias pastorales orientadas a la evangelización y cohesión de comunidades afrodescendientes. No fue el único santo negro venerado en la época, pero sí el más popular.

San Benito de Palermo se convirtió en un referente simbólico para personas esclavizadas y libres de origen africano. Su figura representaba la posibilidad de santidad y reconocimiento dentro de una sociedad que los marginaba. A la vez, su culto cumplió funciones ambivalentes: ofrecía un espacio de identidad y cohesión, pero también se integraba en mecanismos de control social y religioso promovidos por las autoridades eclesiásticas y civiles. Hoy sigue siendo venerado en Italia, España y numerosos países de América Latina, donde su festividad se celebra el 4 de abril.

La trayectoria de personajes concretos, como Juan de Pareja —esclavo de Diego Velázquez y posteriormente pintor libre—, ilustra la complejidad de las relaciones personales y profesionales que podían generarse en contextos artesanales del siglo XVII. Su proceso de manumisión y su inserción en el mundo artístico permiten analizar tanto las limitaciones como las posibilidades abiertas a quienes lograban abandonar la esclavitud.

Juan de Pareja (c. 1606–1670) fue un pintor español, fue conocido inicialmente por haber sido esclavo y asistente de Diego Velázquez y, más tarde, por su carrera independiente tras obtener la libertad. Su vida y obra ofrecen una perspectiva única sobre la interacción entre la esclavitud, el aprendizaje artístico y la movilidad social en la España del siglo XVII.

Pareja nació en Antequera (Andalucía) y llegó a la casa de Velázquez como esclavo. Su función principal era ayudar en el taller del pintor, desempeñando tareas de aprendiz y asistente. La documentación disponible sugiere que su papel no se limitaba a lo doméstico, sino que también participaba en la preparación de materiales y en la copia de obras, adquiriendo así conocimientos técnicos de gran valor.

Velázquez liberó a Juan de Pareja en 1650, durante una estancia en Roma, lo que le permitió iniciar su carrera como pintor libre. Tras la manumisión, Pareja continuó trabajando en Roma, donde alcanzó cierto reconocimiento. Participó en exposiciones y concursos; y algunas de sus obras recibieron elogios de la crítica contemporánea.

Su pintura se caracteriza por un estilo influido por Velázquez, especialmente en el tratamiento del retrato y el uso del claroscuro. Entre sus obras más conocidas destacan retratos y cuadros de temática religiosa, que muestran dominio técnico y sensibilidad en la representación de sus modelos.

Juan de Pareja es un ejemplo de cómo, incluso en condiciones de extrema desigualdad social y racial, ciertos individuos pudieron alcanzar movilidad y reconocimiento mediante el talento y la formación adquirida. Su historia también cuestiona interpretaciones simplistas sobre la esclavitud en España, mostrando vínculos personales complejos y posibilidades de agencia dentro de estructuras opresivas.

Su retrato por Velázquez, pintado en 1650 en Roma y actualmente en el Metropolitan Museum of Art, se ha convertido en un icono que simboliza la doble condición de Pareja: esclavo liberado y artista.

El estudio de la esclavitud en los dominios hispánicos y portugueses sigue siendo un campo fértil. Persisten retos importantes: integrar mejor las investigaciones sobre el Mediterráneo y el Atlántico, profundizar en estudios locales urbanos y rurales, explotar con mayor sistematicidad las fuentes notariales y judiciales, y adoptar una perspectiva de género que visibilice el peso específico de las mujeres, tanto como esclavizadas como protagonistas de redes de rescate. Lejos de ser un tema agotado, constituye un laboratorio histórico de gran riqueza para comprender las dinámicas sociales, económicas y culturales de la Edad Moderna.

San Martín de Porres puede incluirse dentro de este contexto, aunque su historia presenta matices distintos a la de San Benito de Palermo. Su vida también refleja la experiencia de personas afrodescendientes en la Edad Moderna y cómo la religión y la santidad podían ofrecer espacios de visibilidad y reconocimiento social a grupos marginados.

San Martín de Porres (1579–1639) nació en Lima, Perú, hijo de un hombre español y una mujer africana libre o descendiente de esclavos. Su origen mestizo y su ascendencia africana lo situaban en una posición social marginal dentro de la rígida jerarquía colonial del virreinato del Perú. Desde joven se dedicó a la asistencia a enfermos y pobres; y en 1603 ingresó como hermano lego en la Orden de los Dominicos en el Convento de Santo Domingo de Lima.

Martín se destacó por su trabajo caritativo, cuidado de enfermos, fundación de hospitales y atención a esclavizados y pobres. También se le atribuyen milagros y habilidades de sanación, lo que contribuyó a su fama y a su canonización posterior. Su vida ejemplifica cómo la santidad podía ofrecer un espacio de respeto y autoridad moral a personas de origen africano o mestizo, aunque permanecieran limitadas por la estructura colonial.

Al igual que San Benito de Palermo, San Martín de Porres es un ejemplo de cómo figuras religiosas afrodescendientes alcanzaban visibilidad y prestigio dentro de un sistema social que normalmente los marginaba. Su canonización en 1962 reforzó la memoria de la presencia y contribuciones de personas de ascendencia africana en América colonial, y su figura se asocia con la defensa de los más vulnerables, incluidos esclavos y pobres urbanos.

En el marco de la esclavitud y el cautiverio, San Martín de Porres aporta una dimensión diferente: muestra cómo la religión y la vida religiosa podían ofrecer formas de agencia, influencia social y movilidad simbólica a quienes de otro modo estaban sujetos a limitaciones legales y raciales.

*María del Carmen Calderón Berrocal, Dra. Historia. Ciencias y Técnicas Historiográficas, Correspondiente por Extremadura en Academia Andaluza de la Historia, Cronista Oficial de Cabeza la Vaca. Secretaria Canciller de la Asociación de Cronistas de Extremadura y miembro de la Real Asociación de Cronistas de España

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