Contemplar el mar y las montañas, escuchar la alegre agitación de la calle, la risa de los niños, el murmullo de la olas, aspirar el olor de la vainilla que sale de las pastelerías bien pertrechadas, paladear el sabor de los vinos de Rioja o del valle del Duero, charlar amablemente con nuestras madres o nuestras esposas y nuestros hijos, contemplar cómo nos quieren y cómo se iluminan sus miradas mientras les hablamos, escuchar el bel canto de Luciano Pavarotti, de José Carreras o de Plácido Domingo, viajar en el tren de alta velocidad o en los veloces aviones mientras surcamos el cielo, navegar en los lujosos trasatlánticos mientras paladeamos un helado de vainilla, leer despaciosamente a Thomas Mann o a Gabriel García Márquez, asistir al estreno de “La muerte de un viajante” de Arthur Miller, contemplar embelesados la misa mayor oficiada por el Papa en la basílica de San Pedro, disfrutar del buen fútbol en el estadio Metropolitano o en el Santiago Bernabéu, contemplar la salida del sol desde la terraza de nuestra casa bien pertrechada de objetos amigables y de confort.
Todas esas cosas y mil cosas más constituyen una pequeña muestra de lo que supone el don de vivir.
Nos hablan repetidamente de que hay una nueva vida más allá de la muerte, pero mi hermano muy enfermo ya de cáncer se alegraba cada mañana cuando después de pasar la noche abría los ojos y podía contemplar la luz del sol.
Todo eso y mucho más es el hecho de vivir, la dicha de disfrutar de un día, de un segundo, de un año, de estar aquí, en este planeta azul aún si aún vivimos lo suficiente como para poder disfrutarlo. Porque la vida es oro, y desde Sócrates hasta Miguel Ángel, pasando por Mario Lanza, Manolete o Di Stéfano hasta nosotros, no se ha podido constatar palpablemente que exista algo más maravilloso.