Esta fe en la aritmética mágica, lejos de quedar confinada a las iglesias, parece haber encontrado un despacho en la calle Génova. El Partido Popular ha perfeccionado una mística económica donde la reducción de ingresos convive, con el aumento del gasto. Es una suerte de esoterismo presupuestario. Sus propuestas actuales exigen rebajas fiscales de unos 900 euros por familia. Si tenemos en cuenta que en España hay unos 19 millones de hogares, el cálculo es rápido: un agujero de 17.000 millones de euros en la recaudación estatal.
Simultáneamente piden que el gasto en Defensa pase del 2% al 5% del PIB, para acomodarse a las exigencias que Donald Trump ha impuesto a los países de la OTAN que, de boquilla , las han aceptado, con la excepción de España ,al tiempo que algunos ya están diseñando las trampas contables para aparentar que cumplen. Esta ambición bélica requiere 50.000 millones de euros adicionales. El sumatorio de menos ingresos y más gastos arroja un saldo de 67.000 millones de euros: exactamente el coste total de la educación pública en España. Un pequeño detalle para los que confían en la providencia.
Hay una base sociológica que explica por qué este discurso cala. Las encuestas nos dicen que la mayoría de los creyentes en España son votantes de los partidos de la derecha. A ellos, por definición y entrenamiento espiritual, les cuesta menos creer en los milagros. Sin embargo, para los más laicos o aquellos que necesitan un barniz de ciencia para justificar su fe, siempre queda el recurso de aferrarse a otro mito: el de la curva de Laffer.
Ese gráfico, dibujado en una servilleta de bar tras tres copas, asegura que bajando los impuestos suben los ingresos porque la actividad económica aumenta , aunque la realidad se empeñe en demostrar que bajar impuestos por principio solo sirve para que el Estado tenga menos dinero y los servicios públicos estén peor atendidos.
La estrategia de oposición es vieja: asfixiar las arcas públicas exigiendo bajada de impuestos y mayor inversión, esperando que el sistema colapse bajo el peso de la imposibilidad física. Pero la historia reciente ofrece un manual de instrucciones sobre lo que ocurre cuando estos profetas de la baja fiscalidad alcanzan el poder .
Cristóbal Montoro, personificó esta metamorfosis tras haber dejado para la posteridad aquella frase de "que se hunda España, que ya la levantaremos nosotros". Al llegar al Gobierno a finales de 2011, tras años de prometer bajadas de impuestos, el PP ejecutó la mayor subida fiscal de la historia democrática. El IVA saltó del 18% al 21%, el IRPF aumentó en todos sus tramos y subieron los impuestos especiales y de sociedades. El milagro consistió en decir una cosa y hacer exactamente la contraria en menos de cien días.
El sacrificio fue colectivo, aunque con matices . Los impuestos subieron para todos, pero parece que el golpe fue más suave para las empresas que habían sido asesoradas por la consultora fundada por el propio Montoro. Es la versión "popular" —del partido, no del pueblo— del milagro.
Creer en los milagros económicos tiene riesgos . El primero es el aumento de la deuda pública, que en España ya es lo suficientemente alta. Jugar con la ortodoxia económica es divertido en los mítines, pero arriesgado en los mercados. Si no, que se lo pregunten a la ex primera ministra británica Liz Truss . Su plan de bajadas masivas de impuestos sin financiación provocó tal pánico financiero que su mandato duró menos que una lechuga. Y no es una metáfora: el periódico Daily Star , atrapando una idea de The Economist ,puso una cámara enfocando permanentemente a una lechuga para ver quién se pudría antes, si el vegetal o el Gobierno de Truss. Ganó la lechuga .
La mística económica de la derecha española sigue fiando su suerte a que las cuentas cuadren por intervención divina o por la magia de una curva . Pero cuando la fe y la magia chocan con el balance , los que acaban pagando la cuenta del milagro no son los profetas, sino los que se sientan a la mesa esperando un pan y unos peces.