Durante la década de 1660, en el convento de San Francisco el Real de Cáceres profesaba el fraile Juan de San Diego, religioso cuya memoria quedó ligada a un conjunto de episodios considerados milagrosos y a ciertas profecías que, según la crónica franciscana de Soto y Marne, habrían de cumplirse en la villa. Su figura, cargada de un halo carismático, se convirtió en referente de devoción popular en la segunda mitad del siglo XVII.
Fray Juan de San Diego y el prodigio en el parto de Juana de Ulloa
Uno de los sucesos más recordados ocurrió el 13 de septiembre de 1665 en el palacio de los Ovando, situado en la plaza de Santa María. Ese día, Juana de Ulloa, esposa de Cristóbal de Ovando, se encontraba en trance de parto. La expectación y la ansiedad eran notables: el caballero, que había perdido a su primera mujer, Mencía de Ribera y Solís, víctima de un sobreparto seis años antes, temía revivir la tragedia.
Cuando parecía que todo se desarrollaba con normalidad, los dolores propios del alumbramiento cesaron bruscamente, generando alarma entre médicos y comadronas, que temieron un doble desenlace fatal, la muerte del hijo no nacido y la posterior agonía de la madre.
La parturienta, consciente de la gravedad de su situación, comenzó a clamar con insistencia el auxilio de fray Juan de San Diego.
Aunque algunos dudaban de que pudiera hacer algo, los criados fueron enviados con urgencia al monasterio franciscano, regresando poco después con el fraile. A su llegada, encontró a la señora exhausta y al borde del desfallecimiento.
El testimonio recogido por los cronistas refiere que fray Juan, en medio de un sobrecogedor silencio, se aproximó al lecho, colocó sus manos sobre la cabeza de Juana de Ulloa y, de manera casi inmediata, la parturienta recobró fuerzas.
Los dolores del parto retornaron con normalidad, lo que permitió que el nacimiento se desarrollase sin más complicaciones.
El niño fue bautizado con el nombre de Joaquín.
La vida de Joaquín de Ovando, fruto de aquel episodio atribuido a la intervención milagrosa del fraile, estuvo marcada por contrastes. Contrajo matrimonio con Ana Leonor de Alburquerque, reconocida por su caridad, con quien engendró trece hijos, de los cuales únicamente dos sobrevivieron a la infancia, pues los demás fallecieron prematuramente. Sin embargo, antes de su vida adulta, el propio Joaquín habría de protagonizar otro acontecimiento extraordinario: su supuesta muerte y posterior “resurrección”.
La resurrección de Joaquín de Ovando: un episodio de religiosidad barroca en Cáceres
En el año 1666 tuvo lugar en Cáceres un suceso que, recogido en las crónicas locales, fue interpretado como milagro y contribuyó a cimentar la fama de fray Juan de San Diego, franciscano del convento cacereño. El protagonista fue un niño de apenas quince meses, Joaquín José de Ovando y Ulloa, descendiente de una de las familias más destacadas de la ciudad.
Durante un descuido de la nodriza encargada de su crianza, el pequeño se precipitó desde la planta superior del palacio familiar, situado en la plaza de Santa María, residencia histórica de los Ovando. La caída resultó devastadora: médicos y cirujanos acudieron con presteza, pero tras examinar al niño coincidieron en que sus heridas eran incompatibles con la vida. Se le administraron los sacramentos, dando por hecho su fallecimiento.
La escena se tiñó de luto. Juana María de Ulloa, madre del infante, incapaz de resignarse, reclamó con vehemencia la presencia de fray Juan de San Diego.
El recuerdo de un parto difícil, en el que atribuyó al fraile la salvación de su vida y la de su hijo, la impulsaba a creer que aún podía obrar un prodigio mayor: devolver la vida al niño.
Sus palabras, conservadas en la crónica de Soto y Marne, expresan esa fe inquebrantable: lo había concebido y dado a luz gracias a la mediación del franciscano y esperaba, del mismo modo, que éste intercediera para su resurrección.
El clamor materno, aunque impregnado de incredulidad por parte de médicos, criados y asistentes, derivó en la búsqueda del religioso. Cuando fray Juan llegó al palacio, se recogió en oración en una estancia apartada, mientras en la cámara mortuoria se realizaban los rituales propios del velatorio: lavado del cuerpo, cubrimiento con sudario, encendido de cirios y rezos comunitarios.
Tras un tiempo indeterminado de plegarias, el franciscano se acercó al lecho fúnebre y, ante la expectación de los presentes, pronunció el nombre del niño con serenidad. Según la crónica, en ese instante Joaquín abrió los ojos, retiró por sí mismo el sudario y se incorporó con apariencia saludable, lo que provocó un estallido de júbilo, lágrimas de emoción y aclamaciones al “milagro” atribuido al fraile.
Más allá del componente hagiográfico, este episodio ilustra con claridad el clima espiritual del Barroco extremeño, caracterizado por la intensa religiosidad, la veneración hacia figuras consideradas santas en vida y la constante búsqueda de signos divinos en lo cotidiano. El relato, transmitido con tintes prodigiosos, responde tanto a la devoción popular como a la necesidad de afirmar el prestigio de un linaje noble y de las instituciones eclesiásticas de la ciudad. Pero lo que relata la crónica es realmente un milagro.
El caso de María de Arce y la intercesión de fray Juan de San Diego
Un episodio semejante al ocurrido en el palacio de los Ovando con doña Juana de Ulloa, tuvo lugar con María de Arce, esposa de Matías de Miranda, corregidor de la villa.
La parturienta, tras un sobreparto complicado, se hallaba en sus últimos instantes de vida. Los médicos, incapaces de ofrecer solución alguna, desahuciaron a la paciente y aconsejaron a su marido prepararse para el desenlace fatal, tanto en lo espiritual como en lo material.
En ese contexto de desesperanza, una criada, movida por la compasión, acudió en secreto al convento de San Francisco en busca de fray Juan de San Diego. Entre sollozos, le recordó al fraile cómo su señor, en otra ocasión, había repartido limosnas con alegría por la recuperación de su esposa y cómo ahora, en contraste, se encontraba abatido ante la inminente pérdida.
El fraile, interrumpiendo apenas sus oraciones, le respondió con firmeza:
– “¿Quién te ha dicho que el mismo Señor que sacó a tu ama de aquel peligro no habrá de librarla también de este trance por su infinita misericordia?”.
El fraile se refiere a un episodio anterior en la vida de María de Arce, en el que ya había sufrido un trance grave —probablemente otro parto complicado o una enfermedad de riesgo vital— del cual logró recuperarse contra todo pronóstico. Pero no se ha encontrado por el momento ninguna fuente histórica o documental que haga referencia al primero de los “peligros” del que hablaba el fraile —aquella supuesta primera salvación de María de Arce— ni en archivos eclesiásticos, ni en crónicas franciscanas como las de Soto y Marne, ni en otros documentos consultados. Es posible que este antecedente sea parte de la tradición oral o de a narrativa hagiográfica que añadió el cronista para fortalecer la fe y legitimidad del fraile. Desde una perspectiva académica, esa referencia a un suceso anterior evoca una práctica literaria común en las crónicas religiosas del barroco: establecer continuidad providencial. De este modo, los cronistas no solo relatan hechos extraordinarios, sino que tejen una narrativa coherente que atribuye a fray Juan de San Diego un ministerio marcado por constantes intervenciones milagrosas.
Fray Juan de San Diego, al pronunciar esa frase, recuerda ese precedente milagroso para reforzar la esperanza: si Dios había intervenido en aquel momento para salvarla, también podía hacerlo ahora, en este nuevo aprieto.
En términos narrativos, la referencia tiene una función clave. Reafirma la continuidad de lo prodigioso, mostrando que la vida de María de Arce estaba marcada por intervenciones divinas repetidas. Refuerza la autoridad del fraile, pues él aparece como testigo e intérprete privilegiado de esos milagros, como mediador confiable entre lo humano y lo divino, incrementando su autoridad espiritual. Subraya la dimensión providencial: la historia personal de la enferma no es azarosa, sino parte de un plan en el que la misericordia de Dios se manifiesta reiteradamente. Incrementa la confianza colectiva, difundiendo el mensaje de que no se trata de un hecho aislado, sino de un patrón de salvación divina. Legitima socialmente situaciones límites, como partos complicados, al otorgarles una explicación sobrenatural que conforta emocionalmente a la comunidad.
Aunque no encontremos ese primer suceso reflejado en documentos, su mención forma parte del terreno simbólico donde se gestan los relatos legendarios, más vinculados a la construcción de fe que a la crónica factual.
La sirvienta regresó con renovada esperanza, y mientras transmitía las palabras del franciscano a su apesadumbrado señor, ambos pudieron constatar que los síntomas mortales de María de Arce comenzaban a desvanecerse. La mejoría fue tan rápida y sorprendente que los médicos, al ser avisados de su recuperación, no dudaron en calificar el hecho de prodigioso y sobrenatural.
El relato, transmitido por las crónicas franciscanas y la tradición local, responde a un esquema típico de las hagiografías barrocas, donde la intervención de un religioso carismático se convierte en catalizador de lo inexplicable. En este caso, el poder de fray Juan de San Diego se inscribe en el imaginario de Cáceres como mediador entre la fragilidad humana y la misericordia divina.
Desde un punto de vista histórico-crítico, estos episodios reflejan no solo la devoción popular hacia determinados frailes, sino también la necesidad de la comunidad de atribuir a lo sobrenatural lo que la medicina de la época no podía explicar. El discurso milagroso, además, servía para reforzar la autoridad moral de la orden franciscana y alimentar la reputación espiritual de la villa.
Por tanto, más allá de su veracidad histórica, estos testimonios constituyen un valioso ejemplo de cómo la religiosidad barroca articulaba las experiencias límite —como el parto o la agonía— dentro de un marco interpretativo en el que el milagro era a la vez consuelo, explicación y herramienta de legitimación social.
Estos y otros milagros se atribuyen a este franciscano, aunque los detalles específicos de estos otros prodigios no siempre están descritos en las fuentes principales, las crónicas coinciden en atribuir al fraile episodios de curaciones repentinas, alivio de enfermedades graves y advertencias proféticas que fueron tomadas como señales de su intermediación divina.
La recurrente aparición de milagros en torno a fray Juan de San Diego evidencia cómo las crónicas religiosas del Barroco buscaban reforzar la autoridad moral y espiritual de ciertos miembros del clero mediante relatos extraordinarios. Estos episodios cumplían varias funciones interconectadas. Validación espiritual: Atribuir milagros consolida la imagen del fraile como portavoz de la voluntad divina y como instrumento de intervención celestial en asuntos humanos. Refuerzo institucional: Las órdenes religiosas, en este caso los franciscanos, se beneficiaban de estos relatos para afianzar su relevancia dentro de la comunidad y justificar su influencia. Explicación social: En ausencia de explicación médica, las comunidades recurrían al milagro como una forma de otorgar sentido a lo insondable y encontrar consuelo. Legado legendario: Las crónicas recopilaban estos relatos no solo como crónica factual, sino como manifestaciones de la devoción popular; así, contribuían a la memoria colectiva y a la identidad religiosa local.
Fuera de estas intervenciones, la documentación sobre su vida personal, origen o formación es casi inexistente. Lo que sabemos de él proviene de relatos centrados en situaciones extraordinarias que refuerzan su reputación como intermediario de lo divino en contextos adversos, enlazando lo milagroso con la devoción popular.
La trayectoria de fray Juan de San Diego ejemplifica una construcción hagiográfica típica del barroco español, en la que los relatos milagrosos cumplen un papel central, tanto en la narrativa devocional como en la legitimación del poder religioso.
Autoridad espiritual: Los cronistas presentan al fraile como un mediador confiable entre lo humano y lo divino. Su capacidad para «restaurar vida» en situaciones límite refuerza su autoridad moral y eclesiástica.
Pragmática devocional: En una época de recursos médicos limitados, los milagros ofrecían una explicación reconfortante frente a la tragedia. Representaban un consuelo social, consolidando la fe en el auxilio divino y alimentando la figura del religioso como canal de gracia.
Construcción de memoria colectiva: Las crónicas como la de Soto y Marne no aspiraban a ser historiografía objetiva, sino a fortalecer una narrativa comunitaria que validara la presencia franciscana y cristiana del entorno.
Vínculo con lo cotidiano y lo extraordinario: Ambas historias ocurren en contextos domésticos—partos difíciles—equilibrando lo familiar con lo trascendente. Esa tensión da forma a mitos locales que atraviesan generaciones.
La ausencia de un retrato identificable de fray Juan de San Diego subraya cómo muchas figuras religiosas del pasado quedaron registradas únicamente mediante escritos hagiográficos y no mediante representaciones visuales. En las crónicas, su memoria se construye por sus acciones—milagros, curaciones y profecías—más que por su físico.
Desde una perspectiva histórica, esto plantea varias reflexiones. Muchas veces, la memoria de estos religiosos se preserva a través de relatos, no de iconos visuales, lo que refuerza el valor simbólico de sus vidas más allá de su apariencia. Los franciscanos eran baluartes de la humildad.
La creación de retratos, incluso idealizados, era común para santos o figuras muy influyentes. No tener uno para Fray Juan sugiere que su autoridad fue más espiritual —local y anecdótica— que institucional o universalmente reconocida.
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*María del Carmen Calderón Berrocal, Dra. Historia. Ciencias y Técnicas Historiográficas, Correspondiente por Extremadura en Academia Andaluza de la Historia, Cronista Oficial de Cabeza la Vaca. Secretaria Canciller de la Asociación de Cronistas de Extremadura y miembro de la Real Asociación de Cronistas de España