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OPINION

El Terror de Oslo

Por Jorge Infante Velarde

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:21h
Anders Behring Breivik, “El Guerrero del Mal”, ataviado con su uniforme de gala…
Anders Behring Breivik, “El Guerrero del Mal”, ataviado con su uniforme de gala…

Confieso que se muy poco de los países nórdicos y aunque llevo viviendo en Europa desde hace muchos años, tengo -como la mayoría de los españoles-, una idea más bien difusa de lo que ocurre en los países del norte del continente.

Los conocimientos generales que se manejan aquí se refieren principalmente al magnifico estándar de vida de los nórdicos, de los altos salarios que ganan por igual hombres y mujeres, de los increíbles beneficios sociales de que disponen en términos de sanidad y salud pública, educación gratuita, de lo ordenada (y aburrida) que es la vida  en esos países, del tremendo frío que hace y de cómo, en invierno, a las tres de la tarde ya es de noche y del preocupante dato –casi una leyenda urbana-, que dice que las más altas tasas de suicidios del planeta, ocurren paradójicamente, en esos paraísos del orden, respeto y convivencia cívica.

Pero lo ocurrido la semana pasada en Oslo, nos ha devuelto bruscamente a una realidad  que creíamos inexistente en esos países del norte y llegamos entonces, a la conclusión de que en este mundo frío y cibernético actual, no existen los paraísos y muchos menos, el llamado “paraíso escandinavo” y que, por el contrario, Escandinavia produce sus propios monstruos, al mejor estilo de los que se dan cada cierto tiempo en Estados Unidos, América Latina y resto de Europa y del mundo.

¿Y que nos ha  traído de vuelta a la realidad?: un noruego de 32 años que ha confesado haber matado a más de 70 personas  y que solicitó dos cosas antes de su comparecencia ante el tribunal: quería ponerse un uniforme y quería que la audiencia fuera abierta. Se considera a sí mismo un soldado y piensa que tiene algo importante que decir.

Parece que el hombre que ha cometido este horrendo crimen había elaborado un programa político en apoyo de sus acciones. No se le puede despachar entonces, como un enajenado mental, simplemente como un loco; es indudable, que es algo más.

¿Cómo explicar que un hombre de buena apariencia, educado y perteneciente a una familia acomodada, se muestre al mundo como un monstruo más susceptible de provenir de entornos en los cuales, el ambiente hostil, degradado o de dura convivencia, podría generar personas que decidieran sublimar sus frustraciones provocando el mayor daño posible a sus conciudadanos?

Tal vez podamos encontrar la respuesta en un libro que la filósofa judía alemana Hannah Arendt escribió en 1961 durante el juicio de Adolf Eichmann en Israel.

Como se sabe, Eichmann fue un comandante de las SS alemanas, enormemente temido, en un campo de concentración nazi, que no dudó en llevar a cabo las órdenes que recibió sobre el exterminio masivo de judíos, gitanos y otras personas que Hitler consideraba que debían ser eliminadas de la faz de la tierra. Tras la caída de la Alemania nazi en 1945, huyó a Sudamérica y se radicó en Argentina con una identidad falsa hasta que en 1960, fue finalmente encontrado por los cazadores de nazis de Simón Wissenthal y fue capturado por agentes del Mossad  que lo llevaron secretamente a Israel, donde fue juzgado y sentenciado a muerte y ejecutado en la horca.

En su libro Eichmann en Jerusalén: un informe sobre la banalidad del mal, Arendt se esfuerza por comprender lo que les pasa por la cabeza a las personas que están dispuestas a matar indiscriminadamente a otros congéneres suyos sin el menor remordimiento o cuestionamiento personal. Con frecuencia –explica el libro-, son personas normales que cuidan amorosamente sus jardines y juegan con sus perros y con sus hijos. Nadie que los viera por la calle sospecharía jamás, que sean asesinos fríos e implacables y que están, mentalmente perturbados.

Lo que sabemos sobre el hombre de Noruega calza a la perfección con el retrato de un asesino despiadado envuelto en una cobertura de aspecto normal; algo así como el “novio que cada madre querría para su hija: bien parecido, elegante, de buena familia, educado” pero secretamente, desgarrado por una rabia interior que no le da tregua. Rabiosamente anti-musulmán y enceguecido contrario a las sociedades multiculturales producto de la creciente ola de inmigración que afecta a los países europeos, -incluidos los nórdicos- y rechaza de manera abierta, la creciente e irrefrenable globalización a la cual ningún país puede ya sustraerse y por ello, lo más probable es que en su mente, haya creado para si mismo, la imagen de una especie de “super-héroe”, algo así como el “Capitán América” o “Superman” dispuestos a lo que sea para salvar a su país y a su mundo, de la amenaza del mal, personificado en éste caso, por la -según él, “creciente islamización” de Europa con la complicidad de “gobernantes tolerantes”,según describe en su manifiesto político colgado en Internet, que tenia la friolera de 1.500 páginas.

Este solo hecho, ya denota que este sujeto no es un irracional que de la noche a la mañana y porque no le gustan sus vecinos musulmanes o inmigrantes decide liarse a tiros con quien se le cruce por delante.

Después de ser detenido, se informó de que había descrito sus actos como “atroces, pero necesarios”. Había declarado su propia guerra para “despertar” a sus compatriotas. Quería aparecer vestido de uniforme y quería que la audiencia judicial se convirtiera en un escenario en el que pudiera actuar y transmitir su mensaje en una suerte de arrebato de megalomanía que suele ser inherente a los actos de barbarie cometidos por quienes se creen tocados por mandatos divinos.

Quizás este megalómano criminal se imagina que, con el tiempo, llegará a ser el héroe que salvó Noruega. O tal vez espera secretamente, ser incluido en la galería de la infamia de los monstruos humanos. ¿Qué diferencia hay entre un fundamentalista islámico que no duda en cometer un crimen masivo y un fundamentalista cristiano de extrema derecha que no duda en hacer lo mismo?

Por lo menos ahora sabemos algo que posiblemente no estaba muy claro hasta ahora: todo el mundo es capaz de encontrar justificación a los actos de terrorismo en todos los contextos religiosos, políticos e ideológicos. Ahora sabemos que estaban equivocados aquellos que consideraban que el terror y por extensión el terrorismo, es siempre sinónimo de la fe islámica.

Lo que nunca llegaremos a comprender es lo que pasa por la cabeza de una persona que con una increíble frialdad es capaz de apuntar su arma de fuego contra personas que no conoce y luego, apretar tranquilamente, el gatillo.

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