La deriva de Israel hacia posiciones de la extrema derecha comenzó en 1995 tras el asesinato del primer ministro Yitzhak Rabin, a manos de un fanático israelí, un acto que enterró la esperanza de una paz negociada con los palestinos. Desde entonces, el ascenso de Netanyahu ha consolidado a un Israel más fuerte militarmente, pero cada vez más distanciado de los valores liberales de sus aliados.
Hoy, las cifras reflejan ese distanciamiento: el 60% de los estadounidenses tiene una imagen negativa de Israel, porcentaje que asciende hasta tres cuartas partes de los jóvenes entre 18 y 29 años que muestran una mayor simpatía hacia la causa palestina.
Incluso Donald Trump, el gran aliado de la derecha israelí, introduce ahora un factor de incertidumbre. Si busca un acuerdo con Irán —al que Netanyahu se opondría frontalmente—, la fricción sería inevitable. Ante las próximas elecciones en ambos países, Netanyahu se enfrenta a un dilema: no puede prescindir del apoyo de Trump, pero Trump podría verse obligado a distanciarse de él por puro cálculo electoral.
El problema se ha agravado por la actuación del poderoso lobby proisraelí American Israel Public Affaires Committee (AIPAC) al que algunos medios acusan de abusar del término "antisemitismo" para silenciar cualquier crítica a Netanyahu, siguiendo la pauta de lo que hace este y algunos de sus ministros, como bien sabemos en España. La última amenaza del encargado de defensa Israel Katz de devolver a Irán a la edad de piedra, cometiendo más crímenes de guerra, demuestra que persisten en el error. Esta estrategia está siendo contraproducente, pues termina tildando de antisemitas a millones de estadounidenses que simplemente rechazan las políticas actuales de Jerusalén y a ciudadanos del resto del mundo que, a este paso, pueden terminar pensando que si lo son.
El distanciamiento es especialmente visible entre los demócratas. En una votación histórica, 40 de los 47 senadores demócratas votaron a favor de bloquear la venta de armas a Israel. Además, crece el número de candidatos que se niegan a aceptar fondos de la AIPAC.
El ritmo de este alejamiento lo marca una figura de peso: Rahm Emanuel, exjefe de gabinete de Obama y exalcalde de Chicago que fue voluntario en el ejército de Israel, se ha opuesto firmemente a los asentamientos ilegales en Cisjordania. Netanyahu lo llamó en su día "un judío que se odia a sí mismo", el insulto que el aparato oficialista reserva para los críticos judíos que no pueden ser tildados de antisemitas.
Los medios de referencia tampoco son ajenos a este cambio. The New York Times, ha endurecido su línea editorial. El diario desveló recientemente como Netanyahu presionó a Trump para iniciar una guerra con Irán , que debería durar solo unos días, pero de la que Washington no sabe cómo salir dos meses después. Columnistas como Thomas Friedman y otros vinculados a la identidad judía, se han mostrado muy críticos del Gobierno israelí, sin que ello suponga que dejen de apoyar la legitimidad de ese estado. Al mismo tiempo publicaciones como Jewish Currents han ganado influencia al canalizar posiciones progresistas dentro de la comunidad judía .
El factor económico también pesa: desde 1948, EE. UU. ha inyectado enormes cantidades de dinero en Israel, cerca de 4.000 millones anuales cifra que se ha disparado cada uno de los dos últimos años, para financiar su última guerra. Muchos se preguntan por qué un país con un PIB de primer mundo sigue dependiendo de una ayuda en vez de autofinanciarse.
También hay cambios en el ámbito religioso. Mientras parte del electorado católico se está alejando de Trump y de Netanyahu, el principal núcleo de apoyo al gobierno israelí es el de los cristianos evangélicos blancos, como el embajador de Estados Unidos en Israel Mike Huckabee, pastor ordenado de esa identidad religiosa, que defiende el gran Israel .
Netanyahu se enfrenta a una realidad incómoda: gane quien gane las próximas elecciones, el sucesor de la era actual en la Casa Blanca será, previsiblemente, menos incondicional. El apoyo de las élites ya no es un cheque en blanco; es un capital cada vez más reducido.