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Crónicas Escurialenses:

Las lágrimas de San Lorenzo y los nefelibatas de las perseidas
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Las lágrimas de San Lorenzo y los nefelibatas de las perseidas

Por Julia Sáez-Angulo
viernes 12 de agosto de 2022, 21:07h

12AGO22 – EL ESCORIAL (MADRID).- San Lorenzo -el diácono santo, un ciudadano romano nacido en la Hispania Tarraconensis, que murió martirizado sobre una parrilla rusiente en el siglo III, es el patrón de El Escorial de Arriba, y su fiesta se celebra el 10 de agosto por todo lo alto. No en balde el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, en forma de parrilla, fue mandado construir por Felipe II, para conmemorar la batalla de San Quintín el 10 de agosto de 1157, festividad del mártir.

El monarca, en cuyas tierras no se ponía el sol, acumuló toda clase de reliquias laurentinas por toda Europa -porque pudo y porque quiso- para atesorarlas en el gran edificio sagrado y palaciego de Juan de Herrera.

Dicho todo esto, las perseidas tienen a bien aparecer en el cielo, en torno a las fechas de la festividad del 10 de agosto, por lo que el pueblo escurialense, entre otros, las llama “lágrimas de san Lorenzo” -vox populi, vox dei. Los nefelibatas del lugar, solos o en grupos, suben al monte Abantos para contemplarlas en la noche o en altas horas de la madrugada.

Recordemos la etimología griega de nefelibata como paseante de nubes, lo que ha llevado al Diccionario de la Real Academia de la Lengua a definir nefelibata como “persona ensoñadora” o”paseante en las nubes”. La creación del término se atribuye al poeta nicaragüense Rubén Darío, quien lo incorporó por primera vez en dos de sus poemas contenidos en la obra ‘El canto errante’(19079. La palabra, sustantivo o adjetivo, no apareció en el DRAE hasta 1984. Darío se adelantó:

Nefelibata contento
creo interpretar
las confidencias del viento,
la tierra y el mar…

Pero volvamos a las perseidas. En El Escorial todo el mundo habla de ellas llegadas las fechas y, como yo no me apunto al senderismo nocturno hacia el Abantos, me quedo cada año sentada en la terraza mirando al monte, a la espera de su aparición. Soy más alondra que búho, y acabo por quedarme dormida (lo mismo me sucedió con el paso de cometa Halley en 1986 y he de esperar de nuevo su paso en 2061). Este es el año en que todavía no he visto las perseidas, aunque creo firmemente que existen, porque me lo han contado nefelibatas con credibilidad.

Además, lo he leido también en los libros y, a la letra impresa le tengo mucho respeto, aunque en el caso de la explicación física y astronómica, me resultó un tanto decepcionante y prosaica, pues, para empezar, no hablan de lluvia de estrellas o estrellas fugaces, sino de la tercera caída anual de meteoritos que entran de sopetón en la atmósfera:

“Se trata de partículas de polvo del tamaño aproximado de un grano de arena que deja el cometa Swit-Tuttle en su órbita alrededor del sol. El efecto luminoso se produce cuando estos granitos atraviesan la atmósfera terrestre, atraídos por nuestro planeta, y se volatilizan. Lo hacen a unos 210.000 kilómetros por hora”. Y, para colmo, añaden los expertos, que las perseidas no pertenecen a la constelación de Perseo, como se dijo en un principio, antes de estudiarlas a fondo. Todo muy contundente, sin poesía alguna.

Este año 2022, la visibilidad de las lágrimas de san Lorenzo lo tiene más difícil. Van a aparecer en su esplendor los días 12 y 13 de agosto, cuando la luna llena está presente y notoria, menguando con su luz la de las estrellas fugaces. Tendremos que esperar a la siguiente “caída de estrellas”, las dracónidas, en octubre, como antes del verano lo fueron las cuadrántidas y las gemínidas. Pero la mejor cosecha de estrellas anuales es sin duda la de las perseidas, porque los ánimos en estío están más propensos a mirarlas con arrobo, durante la celebración de las fiestas de San Lorenzo.

Una amiga mía escritora hizo un poema muy bello sobre las perseidas y me lo mostró. Lo había enviado a un concurso literario de un municipio peninsular sureño, porque ofrecían un buen premio. Cuando le dije que era en verdad hermoso, su entusiasmo y esperanza llegaron al grado máximo sobre su futuro triunfo en el certamen. No lo ganó. Se contentó diciendo que aquel jurado de pueblo ni siquiera sabría lo que eran las perseidas y las habrían confundido con un programa televisivo. Quien no se contenta es porque no quiere.

Para terminar, volvamos a san Lorenzo, administrador de bienes eclesiásticos, de quien dice la leyenda, siempre más poética que la Historia, que “entre los tesoros de la Iglesia confiados a Lorenzo se encontraba el Santo Grial (la copa usada por Jesús y los Apóstoles en la última Cena) y que consiguió enviarlo a Huesca, junto a una carta y un inventario, donde fue escondido y olvidado durante siglos. Los padres de Lorenzo, santos Orencio y Paciencia, eran de Huesca, y llegaron a la ciudad de Valencia por motivo de las persecuciones”. Hoy se venera el Santo Grial -copa magnífica tallada en piedra del calcedonia- en la catedral valenciana del Miguelete.

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