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Opinión:

Aulas para mayores

  • Por Joaquín Sama – Enviado por José Antonio Sierra
  • Los seres humanos acostumbramos a sentir el verdadero valor de la familia, el tiempo, el trabajo, la libertad, cuando nos faltan.

martes 12 de noviembre de 2019, 15:58h

11NOV19.- Habituados a disfrutar de ellos, solo ante el temor a perderlos, cuando percibimos que peligran, activamos nuestras defensas: protegemos con mayor cuidado a la familia o creamos otra nueva, luchamos por nuestro trabajo para evitar quedarnos sin él, o defendemos con mayor ahínco la libertad, ese escaso bien del que no todos los pueblos disfrutan. Solo el inexorable paso del tiempo carece de remedio.

Transcurre tan rápido, que a menudo quedamos perplejos al contemplar cómo se nos acaba el tiempo.

Tras una vida que creímos iba a ser más prolongada en el tiempo, de repente, nos encontramos de bruces con la vejez, con la escasez de tiempo. ¿Cómo gestionar esto? ¿Cómo optimizar la falta de tiempo?

Sin duda, intensificando cada año, cada mes, cada semana, días, horas, minutos y segundos que restan de nuestro escaso tiempo.

No siempre es fácil; a veces, puede resultar una ardua tarea, casi inalcanzable: la indeleble huella del tiempo ha podido debilitar tanto al organismo, que existan serios obtáculos para conseguirlo. Pero en la mayoría de los casos no es así y podemos intensificar sin problemas físicos nuestro menguado tiempo.

La experiencia es la historia de cada vida condensada a lo largo del tiempo. ¡Y cuánta experiencia acumula un viejo! ¿Se aprovecha toda esa riqueza acumulada a lo largo del tiempo? ¿Se imaginan la inmensidad de conocimientos que pueden irradiar los viejos?

En la actualidad, la mayoría de nuestros mayores llegan a serlo en óptimas condiciones, sin que les haya deteriorado en exceso el paso del tiempo, por lo que, tras la jubilación, encuentran la última oportunidad para iniciar o completar inacabados proyectos, entre los cuales suele estar la ampliación de conocimientos.

Por ello es necesario facilitar a este amplio colectivo la posibilidad de culminar esos proyectos, sobre todo de una forma bidireccional: por un lado, impartiendo conocimientos a las personas de la llamada tercera edad, y, por otro, que los conocimientos atesorados por ellos se irradien al resto de la sociedad.

¿Cómo? Haciéndoles agentes activos de los centros de enseñanza donde se intercambian conocimientos. La sociedad no puede permitirse que lo más valioso, experiencia y conocimientos, se pierdan a medida que desaparecen quienes más los atesoran.

Que los conocimientos teóricos y prácticos acumulados por la experiencia sean recogidos por las siguientes generaciones, no solo es beneficioso para ellas, sino para el colectivo de mayores que verían así reconocidos sus conocimientos y esfuerzos.

En mi experiencia, tras años de trabajo como psiquiatra de referencia de las mayores residencias de ancianos de Córdoba, he podido constatar cómo personas perfectamente válidas para llevar a cabo actividades útiles para la sociedad, de hecho permanecían apartadas de esa misma sociedad.

El deterioro físico e intelectual a consecuencia de esta situación es incalculable, como lo es el sufrimiento que origina en quienes la padecen. ¡Cuántas pseudodemencias o equivalentes depresivos se podrían evitar!

Me uno a la iniciativa de varios colectivos malagueños, que han solicitado la extensión del Aula de Mayores de la Universidad de Málaga a La Térmica, una iniciativa que posibilitaría en gran medida las posibilidades de interacción de gran número de los jubilados malagueños con su propia sociedad.

Málaga reúne las condiciones idóneas para poner en marcha un centro de esas características. No se partiría de cero. Dispone, como en otras muchas ciudades, de la Cátedra Intergeneracional, aunque tan alejada del centro de la ciudad que dificulta considerablemente su funcionalidad.

Pero tiene esa magnífica edificación, La Térmica, en el sector Carretera de Cádiz, Distrito Oeste, amplia y luminosa, infrautilizada, que podría cubrir a la perfección dicha finalidad, al acercar definitivamente un centro idóneo, tan necesario, a la numerosa población de jubilados que viven en la ciudad.

Acercar la Cultura y el conocimiento a los mayores, y, a su vez, hacerles partícipes del intercambio de conocimientos, enriquecería en gran medida a una sociedad verdaderamente inclusiva y evitaría la sensación de vacío y la percepción de inutilidad que produce en la Tercera Edad, comprobar cómo se prescinde de su experiencia y conocimientos, y, ¿por qué no?, de toda esa sabiduría acumulada a través del tiempo.

Joaquín Sama Naharro (Psiquiatra)

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