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Cuento: “Historias Urbanas” (XVII)

Sueño hecho realidad...

Por J.I.V.

miércoles 12 de abril de 2017, 01:52h

Dióscoro se levantó sin hacer ruido y sigilosamente fue al cuarto de baño. No quería despertar a Prometea y que le fastidiara una vez más el domingo. Odiaba los domingos porque era el día en que a menos que encontrara un motivo para salir tenía que pasarlo en casa soportando la continua retahíla de reclamos, quejumbres y la búsqueda constante de cualquier detalle para iniciar una discusión que era desde hacía algunos años, la única razón de vivir de Prometea.

Mientras se lavaba los dientes mirándose al espejo decidió que ese día iría al Parque de El Retiro. Hacia mucho que no iba por allí. Sería simpático volver a recorrer el recinto con el variopinto panorama de cada domingo. Gentes venidas de todos los rincones del mundo se daban cita allí en ese Parque multicolor y cosmopolita que según el sector podía convertirse a ratos en una auténtica Torre de Babel donde nadie entendía nada pero donde todos sabían lo que estaban haciendo.

Terminado su aseo personal Dióscoro, como un ladrón avezado, se deslizó sin ruido hasta la minúscula cocina y allí encendió el fuego para preparar un café. La mañana otoñal pese a que prometía un día claro y sin nubes era fresca por lo que decidió que se pondría un jersey debajo de la cazadora. Un día entero fuera de casa aconsejaba ser precavido.

Diez minutos más tarde y cerrando cuidadosamente la puerta del piso ganó el pasillo y al poner el pie en el primer escalón que le llevaría a ese día de libertad se alegró de haber conseguido huir de su casa sin despertar a Prometea que de seguro, dormiría hasta media mañana. Para cuando se despertara y se encontrara sola él ya estaría recorriendo el parque de arriba abajo. Comería algún bocadillo y quizás hasta se bebería un coñac en alguno de los ruidosos chiringuitos que cada semana se instalaban cerca del estanque, justo detrás del sector donde se ubicaban los echadores de cartas.

Caminó presuroso hacia la boca del Metro; había poca gente en la calle y en escasos minutos cubrió la distancia hasta la entrada. Bajó rápidamente las escaleras y tras franquear la entrada abordó el tren que justo en ese momento se detenía en el andén.

Media hora más tarde, estaba frente al parque y caminó hacia el junto a gran cantidad de gente en su mayoría inmigrantes que de manera ruidosa, celebraban ese día de descanso y reunión con otros compatriotas. Dióscoro apuró el paso; no tenía prisa pero quería desmarcarse de esa batahola de gritos y risas que le resultaba molesta.

¡Inmigrantes!, -se dijo para sí mismo- están convirtiendo la ciudad en un mercado. Ya no es posible ir a ninguna parte sin encontrarlos y menos, venir al parque que de un tiempo a esta parte más parece un lugar donde nosotros los españoles, somos los extranjeros.

Dióscoro refunfuñó para sus adentros. Con lo contento que estaría él si pudiera pasar un domingo tranquilo en su casa sin tener que escuchar la verborrea maldiciente de Prometea, sin soportarle sus cambios de humor y su sempiterna mala leche que le agriaba cada día más el carácter de por si áspero y hosco con que siempre Dióscoro la conoció.

Lo que ocurre –pensó-, es que como muchas otras cosas la mala leche en una persona puede ser una cualidad y hay ocasiones, en que hasta le sienta bien siempre y cuando ésta, (la mala leche), sea un rasgo de la personalidad y no su distintivo principal.

Con Prometea, -recordó Dióscoro con amargura-, ocurría de ese modo. Cuando era joven, su mala leche la hacía casi simpática pero hoy después de tantos años la convertía en una persona insufrible.

Dio una vuelta por el Parqu, y otra y de pronto, se halló con que al mediodía estaba ya aburrido y no tenía prácticamente nada más que ver. Se decidió a pasar por el sector de los echadores de cartas y de pronto vio una mujer que llamó su atención. Tendría por lo menos 80 años y estaba ataviada como una hippie. Resultaba grotesca vestida con esas ropas largas de colores chillones y esas baratijas colgadas al cuello con grandes y pesados pendientes que habían hecho estirarse exageradamente los lóbulos de sus orejas. El trapo colorado que había atado a su cabeza (seguramente para ocultar las hilachas canosas del pelo) le daba a su rostro huesudo, aspecto de calavera.

Nada en su apariencia la hacía agradable a la vista y Dióscoro creyó ver cierto desenfado y arrogancia en sus gestos y mirada. La indiferencia del público que pasaba sin verla frente a su mesa no parecía hacer mella en su actitud y ahí estaba, con su aspecto de gitana vieja y pobre fumando con parsimonia un grueso y pestilente cigarro y dentro de su aspecto marginal sólo sus ojos, de un intenso azul que a Dióscoro le parecieron los más azules que había visto en su vida, traicionaban el aspecto desvalido de aquella tarotista paupérrima que por todo reclamo a su negocio tenía puesto sobre la mesa un sugestivo cartel: “Puedo convertir tus sueños en realidad”.

Dióscoro nunca supo porque razón se acercó a ella ese día en el Parque. Las letras desordenadas de aquel cartel confeccionado con un trozo de cartón cualquiera le fascinaron: “Puedo convertir tus sueños en realidad”, leyó una y otra vez mientras se aproximaba con disimulo y sin mostrar ningún interés, a la destartalada mesa que tenía enfrente. La mujer en un primer momento, no le prestó atención pero cuando Dióscoro examinaba unas baratijas expuestas sobre un paño de indefinible color, simplemente le dijo:

-Puedo convertir tus sueños en realidad, cualesquiera que sean

Dióscoro la miró con las manos en los bolsillos de su cazadora y por toda respuesta dijo, incrédulo:

-¿Todos?, -¿seguro que todos?...

-Todos, -afirmó la mujer, mirándolo fijamente con sus intensos ojos azules, impropios, -pensó Dióscoro- para una mujer de su edad.

-Sólo es cuestión que los desees intensamente y se cumplirán, seguro, afirmó rotunda.

Dióscoro no pareció convencido de la afirmación hecha por la mujer y se quedó un momento, pensativo.

-¿Cuánto me costará?, preguntó Dióscoro,

-Eso no importa, -dijo la mujer, pero es muy poco tomando en cuenta lo que podrás conseguir.

-Pero, -agregó la mujer, es algo que sólo debes hacer si de verdad estás convencido y si en realidad es algo que desees profundamente tanto, que darías cualquier cosa por ello.

-Aunque, -te advierto -continuó- que no vale para ganar la Bono Loto ni la Lotería de Navidad.

-¿Y entonces? -preguntó Dióscoro

-Seguramente respondió la mujer, debes tener algo que desees intensamente y que nada tenga que ver con el dinero y al decir esto sus ojos azules brillaron con más intensidad tanto, que Dióscoro apartó la mirada y turbado, replicó:

-Claro que lo tengo, ¿quién no?

-¿Lo ves? -dijo la mujer, Todo el mundo desea algo que le gustaría conseguir, a cualquier precio.

Dióscoro se pasó la manó por la mandíbula y se quedó un momento mirando a ninguna parte.

La mujer, adivinando sus pensamientos, le dijo:

-Estaré aquí hasta las 9 de la noche de manera que si lo quieres pensar aún estás a tiempo pero vuelve únicamente, si estás de verdad convencido y seguro de lo que quieres.

Dióscoro vio en esta respuesta la clave para salir de allí y diciendo a la mujer “que ya vendrías a verla más tarde”, se alejó de aquel lugar.

Eran ya más de las tres de la tarde y Dióscoro se dio cuenta que el jersey le sobraba dé manera que quitándoselo, se dirigió a uno de los chiringuitos cercanos y pidió una jarra de cerveza y un bocadillo de calamares que le supo a gloria. No podía dejar de pensar en la extraña mujer que acababa de ver. Le parecía que su voz profunda y grave era impropia también para su edad, -como sus ojos- se repitió una vez más Dióscoro y volvió a recordar la posibilidad que le había sugerido aquella hippie de la tercera edad.

-¿Y si fuese verdad? ¿Y si de verdad pudiera ella hacer realidad mis sueños?

Dióscoro se imaginó librándose de Prometea, perdiéndola de vista para siempre y comenzando una nueva vida solo, con la posibilidad de desarrollar todos sus proyectos e ideas, todas esas cosas que siempre había querido hacer y que no se atrevía a comentarle a Prometea ya que ella, -como siempre- se reiría y no tomaría en cuenta para nada sus afanes por hacer cada día, algo distinto.

Se imaginó a sí mismo dueño de todos sus designios y decisiones, alternando con personas que apreciaban su trabajo y lo que hacía y que además mostraban respeto por sus opiniones, su espacio vital y su calidad como persona. Todo lo contrario de Prometea que nunca en su vida había tenido el menor respeto por nada ni por nadie y menos todavía, por él.

Pero a pesar de todo ello, Dióscoro era incapaz de imaginar siquiera que pudiera desearle mal alguno a Prometea. Ella podía ser todo lo complicada y desagradable que fuera posible y sin duda se merecía muchas cosas pero de ahí a esperar o desear que le ocurriera algo malo, impropio o desagradable, había una distancia y ésta era... considerable.

-Sería feliz, -pensó para sus adentros conque Prometea se olvidara para siempre de mí, que me hiciera desaparecer completamente de todos sus recuerdos y de su vida. De esa manera y sin que se produjera un drama, podríamos cada uno por su lado comenzar de nuevo en cualquier parte.

Prometea, -se dijo Dióscoro podría perfectamente seguir con su vida cocinándose en su propio caldo y mala leche, sin complicar a nadie más.

Al pensar en esto Dióscoro se sintió internamente aliviado. Desear que Prometea le olvidara (él la había olvidado hacía ya muchos años) no era ninguna mala acción, es más, sería en la práctica, hacerle un favor. Podría dejar de arrepentirse de haber compartido tantos años de su vida con él porque en el fondo, Dióscoro sabia que gran parte de la amargura que Prometea destilaba y bebía a diario en lentos sorbos, era una consecuencia de su íntima convicción de haber tirado por la borda los mejores años de su vida al lado de quien, -según decía-, nunca hizo “las cosas como ella quería”.

Al levantarse de la mesa y abandonar el chiringuito, se sintió íntimamente reconfortado y una súbita sensación de alegría le invadió mientras se dirigía resueltamente hacia el lugar donde horas antes había conversado con la extraña mujer con ese aspecto de gitana vieja. Mientras caminaba -se dijo para su interior-, que aquello era algo casi irreal y que no dejaría escapar la oportunidad para dar un cambio a su vida. Aunque no fuera verdad la sola idea de que sí lo fuera le había inyectado una dosis de energía que le hacía ver las cosas de manera diferente.

-Es como comenzar a ver un poco de luz al final del túnel, -se dijo- recordando una frase que había leído en alguna parte y antes de llegar al lugar donde se encontraba aquella mujer supo por la expresión de su cara, que ésta, le esperaba.

-Nunca dudé que volverías, -dijo la mujer

-Aquí estoy, dijo Dióscoro, sólo hace falta que me digas, cuanto me va a costar.

-Prácticamente nada, dijo la mujer, dame lo suficiente para comer y beber algo al final del día y con eso, bastará.

Dióscoro metió su mano al bolsillo y sacando un billete de 20 euros lo puso en la mano de la mujer que sin mirarlo lo guardó en el escote de su vestido haciendo tintinear la docena de collares de bisutería barata que colgaban de su cuello.

Acto seguido le cogió las dos manos y apretándolas con una fuerza también impropia de su edad, -volvió a pensar-, le miró intensamente tanto, que Dióscoro sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas y que le resultaba imposible aguantar la fuerza de esa mirada que parecía un insondable abismo azul y en el cual Dióscoro, sintió que se sumergía, sin poderlo evitar.

Una intensa oleada de calor le subió por la espalda y sintió que sus axilas se inundaban al tiempo que la sensación de que su cazadora de cuero estallaría en llamas en cualquier momento le asaltaba por unos segundos que a él, le parecieron eternos.

Instantes después la mujer aflojó la intensa presión de sus manos y bajó sus ojos. Dióscoro sintió como si una pesada losa que le aprisionaba impidiéndole respirar le hubiese sido quitada de pronto.

La mujer dio un profundo suspiro y mirándole de nuevo con sus ojos azules que sorprendentemente habían perdido ese brillo e intensidad de unos minutos antes le dijo simplemente:

-Ya está, -lo que has deseado tan intensamente, se cumplirá.

-¿Y eso es todo?, -preguntó Dióscoro

-Eso es todo, -dijo la mujer mientras apresuradamente, recogía sus bártulos.

Dióscoro pensó por primera vez que sus 20 € se habían esfumado en el timo más hábil que había visto hasta la fecha. Era la primera vez que alguien en tan poco tiempo y de manera tan profesional, le “limpiaba” dinero.

Olvidando las sensaciones anteriores sintió que una rabia sorda le acometía pero el aspecto desvalido de aquella anciana mujer vestida, -volvió a repetirse para sí mismo-, impropiamente para su edad no merecía la pena de armar allí un escándalo y un alboroto por algo que después de todo, nadie le había obligado a hacer. Fue él quien vino, voluntariamente a entregarle el dinero a cambio estaba claro, de hacerle realidad sus sueños.

Malhumorado y diciéndose asimismo que era un perfecto estúpido por dejarse timar de esa manera tan burda se entretuvo el resto del día yendo de un lado a otro hasta que oscureció. Abandonó el parque hacia las 11 de la noche y de all, se fue al de Cuatro Caminos para dar una vuelta por uno de los sex shops de la zona y donde una semana antes, había visto que una de las dependientas no le quitaba el ojo mientras recorría los estantes de la tienda.

Se sentía con ganas de conversar con alguien pero no hubo suerte ya que en la tienda en lugar de la chica de la vez anterior, había un dependiente con un aspecto de skin head que no invitaba precisamente, a quedarse mucho tiempo en el establecimiento.

Decidió dar una vuelta por las inmediaciones y caminar hasta su casa en el de Tetuán a pasos lentos recordando cada detalle de su extraña experiencia de la tarde y al hacerlo volvió a sentir fastidio con aquella vieja que le había hecho pasar por ese momento tan absurdo.

-¿Cuál seria el truco que usó para darme ese tremendo apretón de manos e infundirme tanto calor?

-Nada, se dijo Dióscoro, seguramente fue producto de mi propio nerviosismo y mi deseo de creer que todo lo que dijo la vieja era verdad.

Hacia las tres de la mañana, y después de haber bebido a lo menos 12 cervezas en los bares que encontró desde Cuatro Caminos hasta Tetuán, Dióscoro había olvidado completamente a la vieja de El Retiro, toda su sarta de estupideces y el timo del que había sido tan tontamente, objeto.

Con torpeza, peleó primero con la cerradura del portal de su casa y luego con esfuerzo, subió las escaleras hasta llegar a su piso en la tercera planta del edificio. Allí, frente a la puerta y balanceando el cuerpo volvió a pelearse -esta vez con bastante enojo-, con la cerradura y en ésta ocasión el combate duró más tiempo porque no conseguía acertar la llave en el cerrojo y con enfado de borracho dio una fuerte palmada en la madera al tiempo que a grandes voces, llamaba a Prometea.

Instantes después y al abrirse la puerta del piso un fuerte estampido retumbó en todo el edificio. Prometea con una escopeta aún humeante en sus manos, no entendía por qué aquel desconocido que había intentado entrar en su casa a las tres de la madrugada, la había llamado por su nombre...

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