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Memorias: Así fue y así lo voy a contar

Yo, El Azafato (XI)

Por Quino Moreno

sábado 20 de diciembre de 2014, 03:00h
Yo, El Azafato (XI)
Yo, El Azafato (XI)

Mi boda, el divorcio y, mi paso al DC-8

Se que este capitulo me va costar escribirlo porque es de esos pasajes de nuestra vida, que juegan al escondite en tu memoria y más en la mía, que no soy precisamente, muy dado a recordar cosas con lo más mínima pizca de tristeza, pero el compromiso lo requiere y ahí va.

Con mi flamante SEAT 124, puse rumbo a Madrid para pasar por las oficinas de la madre Iberia, y tramitar el permiso de boda y los billetes para el viaje de novios (free one en este caso, lo que comportaba el status de reserva OK para los viajes señalados y que Iberia nos otorgaba por ser una ocasión especial. Creo recordar que fueron dos destinos pero si os digo la verdad, ya me empiezan las lagunas de memoria y no me acuerdo donde fuimos pero creo que pudo ser ¿Roma y París? Como no me llevé una cámara no conservo fotos de modo que no puedo dar fe exacta de donde estuvimos después de la boda.

No voy a contaros mucho más de mi enlace matrimonial, amén de que hubo mucha gente, como era habitual en aquellos años, y que me costó una pasta gansa, así que los ahorros que le mandaba a mi madre, Magdalena, los deje tiritando.

Nos instalamos como os contén en Barcelona adonde vino con nosotros, la abuela de Emi que era una persona buenísima; creo recordar que estuvo casi todo el destacamento y que incluso, se vino Madrid con nosotros pero de aquello, tampoco estoy muy seguro (como ven… es cierto lo de las lagunas de memoria). En Madrid, alquilamos un piso en la zona de Arturo Soria, que no era muy grande pero lo alquilamos esperando uno de compra en construcción, en el Parque Sta. Maria (final de López de Hoyos) En aquellos años, por allá el 72, si creo recordar que no existían las hipotecas así que me tuve que poner una muñequera para aguantar el calambre por las letras que firmé. En ese domicilio viví hasta mi separación que creo que fue por el año75, pues lo que si recuerdo es que el Caudillo (Franco) aún no la había palmado y todo el proceso de separación fue de mutuo acuerdo. El divorcio no me llegó sino hasta muchísimos años después por razones que no vienen al caso contar.

De toda esa etapa de mi vida, lo único que si recuerdo muy bien, es que tengo dos hijos a los cuales quiero con toda mi alma y tres nietos a los cuales también, adoro .Lo que si os puedo decir es que cuando me fui de mi casa, solamente llevé conmigo mis discos, pues por esos años, escribía de música en una revista gremial que se llamaba Nuevas del Aire y la sección, se llamaba Quino Música razón por lo cual, recibía muchísimos discos de las casas discográficas para su información y difusión. Todavía, de aquella época y en cada mudanza que he tenido (que han sido varias) he cargado con ellos y creedme, son muchos.

Y siguiendo con la historia, os diré que nada más llegar a Madrid, por antigüedad, me cambiaron de flota y empecé a volar el DC-8. Eso quería decir que a partir de ese momento, sólo íbamos a América y en esos aviones, ya existía el Jefe de Cabina, (el Purser en inglés y Chef du Cabin en francés) En España duró muy poco y que los comandantes de Iberia pusieron el grito en el cielo ale3gando que abordo, los únicos jefes eran ellos y así que la denominación se cambió por Sobrecargo, emulando a los de la Marina. Así eran las cosas que pasaban en esos aviones que por aquellos años, eran el Top de la flota de Iberia) los Comandante eran los más antiguos y algunos, como el Comandante Castillo, era famoso porque iba con una varita debajo del brazo emulando a los oficiales ingleses cuando estaban allende los mares. A mi me recordaba al oficial inglés de la película (El puente sobre el Río Kwai, que protagonizaba Sir Alec Guiness)

Lo bueno era que, el que se las veía en cabina era el Sobrecargo. Así que nosotros, solamente en una tripulación de seis Auxiliares de vuelo y cuatro azafatas hacíamos nuestro trabajo, bien en primera o turista. El servicio de abordo era de los mejores del mundo y no faltaba en primera clase, el caviar, salmón, faisán, etc. y los que íbamos en cocina (galleys) vestíamos de cocineros, gorro incluido. Parecerá una coña pero cuando despedíamos al pasaje, ya con el uniforme, había pasajeros, que te decían: “gracias chef”

Había un programador que era amiguete y le pedí que mi primer vuelo fuera a Nueva York. Entonces estábamos tres días y yo tenía parte de la familia de mi madre, viviendo allí. Era la hermana de mi abuela que había emigrado en los cuarenta y tuvo catorce hijos con lo cual me encontré con una familia multitudinaria que cada vez que iba, me acogían como al hijo pródigo.

Allí aprendí a respirar lo que era la Democracia, tenia primos de todas las condiciones sociales desde médico a porteadores en el puerto y todos tenían la misma calidad de vida, los mismos chales, los mismos coches, los mismos derechos y una cosa que me llamaba la atención, es que había televisores en todas las habitaciones y que había muchísimas cadenas con programas durante las 24 horas y por supuesto, en color, y que en España, todavía en los setenta, la tenían cuatro.

Se olía y respiraba la libertad por las calles, en los cines, en la forma de vestir, en los mítines, en la calle treinta cinco o en la estación Biltmor, cagándose en Reagan que era el presidente en aquel momento o todos los días, veíamos una manifestación en la treinta ocho eso si, vigilada y por las aceras, no como aquí en España que hoy mismo se hacen de manera de joder al ciudadano, cortando tráfico, o quemando los contenedores de basuras. Creo que debemos ser el único país del mundo, que consiente todos estos desmanes y todo por lo mismo: las putas contratas. No me quiero encender. Decía que allí fue donde y cuando comprendí que mi país no era normal; hasta los maniquíes de los grandes almacenes eran diferentes. Si tenían que publicitar un sujetador o unas bragas, estaban como tenían que estar: en pelotas y otra cosa, eran los preservativos de colores, y el trato de los policías en la calle cuando les preguntabas algo,(a veces me acordaba de los grises, que un día, por no respetar la cola de un cine, me dio con la porra en la pierna y la tuve dolorida un mes. Eso sí, una cosa que no tenían los americanos, eran los bares de España. Cada veinte metro uno. Se lo contaba a mis primos y alucinaban, ya que en USA, para conseguir una licencia para vender alcohol, era casi como imposible. Me acuerdo que ibas a un restaurante y si no querías comer con agua, tenías que pasar antes por un Drugstore y comprar la botella de vino o la cerveza. Recuerdo que cuando les conté que me tuve que ir a Francia para ver la película Enmanuelle no se lo creían o cuando les comentaba que un día, en la Plaza Mayor, un tío me dio un empujón y fui a meterle un puñetazo y me dijo: “no me pegues que soy abogado”

Y no les conté lo que paso un día en el avión, a mi Jefe de Cabina. El comandante papelito, haciendo una revisión de lavabos (que lo hacía por joder) se encontró antes del embarque un papelito y llamó a José Mª Estrada (que así se llamaba el Jefe de Cabina) y le dijo:

-“¿Ve Ud. este papel?.. ¡¡Esto es mierda que estaba en el baño!!

Y cuando fue a contestarle, sin escucharlo le volvió a repetir...

-Mierda

Y cuando intentó dialogar con él otra vez le dijo:

- Mierda y así tres o cuatro veces más. Llamándole Mierda en su cara y algo debió ver en el rostro de José Mª, que partió echando leches para su cabina de mando.

En ese momento (y menos mal,) José Mª se metió en al Galley (cocinilla del avión) y le pego tal puñetazo a una de las puertas de los hornos, (que eran de acero inoxidable) que la hundió dejándose los nudillos con sangre. Os juro que hasta nosotros vimos en el gesto de mi compañero, la herradura de muerte, porque si ese puñetazo va a la cara del cabrón del comandante, sencillamente, se la destroza.

La verdad es que de aquellos años, que fueron pocos en las flotas grandes, guardo unos recuerdos fantásticos, amén del episodio anterior. Además yo provenía del ejército y que quieras o no, estaba acostumbrado a aquellos abusos de mando y poder, y por otra parte, con la putada del examen de controlador aéreo, cada vez que veía el radar de morro y los mandos técnicos, altímetros, niveles, etc., me entraba una espacie de repelús, así que mejor, prefería estar atrás con mis compañeros y los pasajeros, porque cada vuelo era diferente. A veces me costaba entender como se podía estar en un habitáculo de cabina con ese ambiente, horas y horas sentados, mirando relojes, porque el resto lo hacia el piloto automático.

Las tripulaciones masculinas en su mayoría, eran de mi promoción. Íbamos Julio, Manolo y Vicente, como fijos. Las azafatas eran más antiguas pues en esos aviones que había mucho curro iban solamente cuatro y las ultimas promociones de azafatas, para subir a esa flota les costaba más pero no obstante, conjuntamente con José Mª con quien estuvimos volando casi cuatro o cinco meses, hicimos un grupo muy majo: Solíamos tener líneas de una semana sobre todo, cuando íbamos a Sudamérica y para poneros un ejemplo, podíamos hacer Madrid-Las Palmas-Caracas, con dos días en Caracas y luego, Caracas-Bogotá-Quito-Lima-La Paz-Santiago de Chile, con un día Chile, luego la misma vuelta hasta Caracas de nuevo, otros dos días en Caracas para continuar Caracas Las Palmas-Madrid; Aquí, tres días libres en y luego, otra ruta larga que era Madrid-Montreal, con dos días en Montreal para luego salir Montreal-México, parando dos día en el D.F. y vuelta a Montreal para quedarnos dos días y de allí salir para Madrid y así que, con cuatro líneas, cubríamos la programación.

Solíamos estar juntos más los auxiliares contando con parte de las niñas (a partir de ahora las voy a llamar así en nuestro lenguaje diario) en la playa, o cuando íbamos a comer (que siempre eran restaurantes de gallegos) en todos los países aunque fuera restauración del país, los propietarios eran gallegos y todas las tripulaciones íbamos a los mismos, eso si, la copa, luego en el hotel que solía tener discoteca y teníamos precios especiales.

Os voy a contar lo que nos pasó con un compañero (al cual yo quiero mucho) y que se llama Pepe Ortega, guaperas, muy madrileño, alto, profesional como la copa de un pino. Habiendo trabajado en el club 31, en club 19 y en fin, en los mejores sitios de Madrid en los sesenta. Yendo al rebufo de Pepe, ligar era seguro y una noche, en la Discoteca el Torero, del Sheraton de Caracas, no había mucho material excepto, dos gorditas americanas que se reían mucho: Pepe, esa noche, iba con una camiseta roja que ponía TRAY COCA pero, con el logotipo de Coca-Cola. Después de unos cuantos Caciques (el ron venezolano) y de bailar al compás de Julio Iglesias, que era el cantante de moda en toda Sudamérica, una de ellas le preguntó a Pepe por la camiseta, y le vino a decir más o menos que si tenía coca. Y Pepe le dijo que sí, pero que la tenía en la habitación. Me quede flipando pues tanto Pepe como yo y como buenos españolitos de la época, aquello era campo prohibido.

Pues bien, las americanas se volvieron como locas y nos fuimos a la habitación de Pepe quien me dejó con las gorditas y él se metió en el cuarto de baño. Yo estaba acojonado y llegó un momento en que me asusté y entré en el cuarto de baño y lo que vi. fue a Pepe machacando y moliendo unas aspirinas. Una vez terminada la operación, salimos y con una ceremonia digna de aquella película de José Luis López Vázquez, Lo Verde Empieza En Los Pirineos, depositó en el papel de un chicle, las aspirinas molidas y sobre la mesa de noche, una de ellas, con una caja de cerilla del hotel, que estaba en la mesa, a modo de paleta, cogió el polvo de la aspirina y se metió un viaje en la nariz que p’a que os cuento. Así, las dos probaron el menjurje que había hecho Pepito, pero hete aquí, que nos entró el descojone y se dieron cuenta. Una de ellas empezó a pegar voces con caras de muy malas pulgas. Yo entendí hijos de putas, cochinos de mierda y unas cuantas cosas más que había aprendido cuando estuve con los americanos. Así que abrí la puerta de la habitación y salí corriendo y detrás de mío, Pepe, partiéndose de risa, Dimos dos vueltas a los jardines del hotel hasta que las despistamos. Al día siguiente, no bajamos ni a desayunar, lo hicimos en la habitación, y como nos recogían para ir al aeropuerto al mediodía, no bajamos ni a la playa.

Había un rumor entre nosotros, acerca de que nos iban a pasar en vez de al Jumbo, a un avión nuevo que venía: el DC 10, que era muy similar en emergencia, al DC 8 y así fue en dos meses, con nuestro jefe de cabina José Mª, pasamos a un avión súper, con cuadros de Dalí y cine en pantallas grandes. Aquí nos juntamos todos los que estábamos en el Destacamento de Barcelona.

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