La publicación parte de una premisa fundamental: la figura histórica de Cortés no puede comprenderse únicamente a partir de los acontecimientos de la conquista de México. Su imagen ha sido construida, reinterpretada y transformada durante cinco siglos a través de crónicas, relatos historiográficos, representaciones artísticas, discursos políticos, estudios académicos y procesos de construcción de la memoria colectiva.
Desde esta perspectiva, el libro plantea un recorrido que trasciende la biografía tradicional para adentrarse en la evolución de la imagen de Hernán Cortés desde el siglo XVI hasta la actualidad. Se trata, por tanto, de analizar no solo quién fue Cortés, sino también cómo ha sido representado, interpretado y recordado por las sucesivas generaciones.
La obra se sitúa así en un espacio interdisciplinar en el que convergen la historia, la historiografía, la historia del arte, la iconografía y los estudios sobre memoria histórica. Esta perspectiva permite observar cómo cada época ha proyectado sobre el personaje sus propios valores, preocupaciones y debates.
La construcción de la imagen de Hernán Cortés comienza prácticamente al mismo tiempo que los acontecimientos de la conquista. Las primeras cartas, crónicas y testimonios de quienes participaron o fueron testigos de aquellos hechos constituyeron el punto de partida de una tradición historiográfica que se prolongaría durante siglos.
Las Cartas de relación de Hernán Cortés ocupan un lugar central en este proceso. En ellas, el propio conquistador ofrece una interpretación de los acontecimientos y construye una determinada imagen de sí mismo como capitán, servidor de la Corona y protagonista de una empresa presentada dentro de un marco político, jurídico y religioso. Su escritura constituye, por ello, uno de los primeros ejemplos de autorrepresentación vinculados a la conquista.
Junto a la perspectiva de Cortés aparecen otras voces. Los cronistas, soldados, religiosos y funcionarios de la Corona aportaron relatos diferentes, en ocasiones coincidentes y en otras claramente divergentes. Entre ellos destaca Bernal Díaz del Castillo, cuyo testimonio contribuyó a introducir nuevos matices en la interpretación de la conquista y de sus protagonistas.
La coexistencia de estas fuentes revela desde una etapa temprana la complejidad del personaje. Cortés aparece simultáneamente como estratega militar, dirigente político, intermediario ante la Corona y protagonista de un proceso marcado por profundas tensiones culturales, políticas, sociales y religiosas.
Los relatos de los siglos XVI y XVII incorporaron además una dimensión evangelizadora. La conquista fue interpretada en determinados contextos como parte de la expansión de la fe cristiana, de manera que la figura de Cortés quedó vinculada también a un discurso providencialista. Sin embargo, esa interpretación convivió con reflexiones críticas sobre la violencia, las ambiciones personales y las contradicciones morales derivadas del proceso de conquista.
Uno de los principales intereses de la obra de Ramos Rubio y Freggia reside precisamente en mostrar que la memoria histórica no es estática. La imagen de un personaje cambia conforme cambian las sociedades que lo recuerdan.
Durante la Ilustración, los planteamientos racionalistas introdujeron nuevas formas de aproximación al pasado. La exaltación heroica comenzó progresivamente a convivir con una mirada más crítica sobre los procesos históricos y sobre las consecuencias de la expansión imperial.
El siglo XIX añadió otro elemento decisivo: el nacimiento y consolidación de los nacionalismos. En ese contexto, Hernán Cortés pasó a convertirse en una figura susceptible de diferentes apropiaciones simbólicas. Su imagen podía ser incorporada a discursos relacionados con la grandeza histórica, la expansión de la Monarquía Hispánica o la construcción de determinadas identidades nacionales, pero también podía convertirse en objeto de crítica dentro de las interpretaciones del colonialismo y del imperialismo.
De esta manera, la figura de Cortés quedó situada en un terreno de permanente reinterpretación. El mismo personaje histórico podía ser presentado bajo diferentes perspectivas dependiendo del contexto político, cultural e historiográfico desde el que se abordara.
Uno de los capítulos de especial interés en la historia de la iconografía cortesiana corresponde a Vicente Carderera y Solano (1796-1880), pintor, dibujante, coleccionista, arqueólogo e historiador del arte, cuya actividad fue fundamental para la recuperación y estudio del patrimonio artístico español durante el siglo XIX.
Carderera dedicó una parte importante de su actividad investigadora a la recopilación y estudio de retratos de personajes relevantes de la historia de España. En este contexto, la figura de Hernán Cortés ocupó un lugar significativo.
Su trabajo resulta especialmente relevante porque abordó uno de los problemas fundamentales de la iconografía histórica: determinar hasta qué punto una representación artística corresponde realmente al personaje que pretende representar.
En el caso de Cortés, esta cuestión adquiere una especial complejidad debido a la existencia de copias, versiones posteriores, recreaciones idealizadas y representaciones realizadas muchos años después de la muerte del conquistador.
Carderera contribuyó a introducir una metodología más crítica basada en la comparación de imágenes, el análisis estilístico y la consulta de fuentes documentales. Su actividad supuso un paso importante desde la tradición erudita hacia una aproximación más sistemática a la historia del arte y a la identificación de los modelos iconográficos.
La cuestión del verdadero rostro de Hernán Cortés se convierte así en algo más que un problema artístico. Determinar la autenticidad de un retrato significa también preguntarse cómo se construyó la memoria visual de un personaje y de qué manera las generaciones posteriores modificaron su apariencia para adaptarla a sus propios imaginarios históricos.
La iconografía de Cortés se convierte así en una fuente para estudiar la cultura política y visual de cada época. Las representaciones artísticas no son simples imágenes decorativas: pueden expresar concepciones determinadas del poder, de la monarquía, de la conquista y de la identidad histórica.
Especial relevancia adquiere asimismo el estudio de la iconografía cortesiana durante el siglo XIX y del papel desempeñado por las instituciones académicas y artísticas. La imagen de Cortés fue adaptándose a los discursos nacionales y culturales de aquel momento, convirtiéndose en un símbolo susceptible de distintas interpretaciones.
El siglo XX supuso una profunda transformación de la historiografía. El interés exclusivo por los grandes personajes y acontecimientos fue dando paso a nuevos enfoques centrados en las estructuras sociales, económicas, culturales y antropológicas.
Esta renovación modificó también la forma de estudiar a Hernán Cortés. El conquistador dejó progresivamente de ser considerado únicamente como protagonista individual de la conquista para ser analizado como uno de los actores que participaron en un proceso histórico mucho más amplio. La conquista de México comenzó a estudiarse atendiendo a la diversidad de actores implicados, a las alianzas establecidas entre diferentes grupos indígenas, a las estrategias políticas y militares, a las estructuras de poder y a las profundas transformaciones experimentadas por las sociedades mesoamericanas.
Esta perspectiva permitió incorporar con mayor intensidad las voces y experiencias de las poblaciones indígenas, así como estudiar sus formas de organización, resistencia, negociación y colaboración.
La figura de Cortés quedó, de este modo, integrada en un proceso histórico complejo que no puede reducirse a una oposición sencilla entre conquistadores y conquistados. La conquista fue resultado de una multiplicidad de factores y relaciones de poder que se desarrollaron en un contexto de extraordinaria complejidad.
En el siglo XXI, los estudios sobre Hernán Cortés han continuado ampliándose. La historia global, la historia conectada, los estudios culturales y las perspectivas poscoloniales han contribuido a situar la conquista de México dentro de procesos históricos de dimensión transatlántica.
Desde estos enfoques, la figura de Cortés deja de ser el único centro del relato y pasa a integrarse en una red de relaciones políticas, económicas, culturales y sociales que conectaron Europa y América.
La obra presentada en Pozuelo de Alarcón se sitúa precisamente en ese espacio de diálogo entre historia y memoria. El objetivo no es únicamente reconstruir acontecimientos, sino estudiar también los mecanismos mediante los cuales esos acontecimientos han sido representados y transmitidos. La memoria histórica constituye, en este sentido, un campo de análisis en sí mismo. Una sociedad no solo conserva determinados acontecimientos: también selecciona, interpreta y representa aquello que considera relevante de su pasado.