www.euromundoglobal.com

Mi Madre

Por Mercedes Sánchez Sánchez *

domingo 03 de mayo de 2026, 13:56h

03MAY26 – MADRID.- Mi madre es la persona más maravillosa que he conocido nunca. Y no solo porque me diera la Vida, sino porque supo querer, porque supo hacer que sintiera su Amor. Un amor que lo inundaba todo de felicidad, hasta cuando tenía que aceptar sus Enseñanzas correctoras “por mi bien”.

Mi Madre
Mi madre, Mercedes Sánchez Martín
Mi madre, Mercedes Sánchez Martín

Yo hubiera querido ser mejor que ella, y luego que mis hijos me superaran a mí. El sentido de la vida, de hacer que se renueve, de traer nuevas personas al mundo, es avanzar en la condición humana. De manera más o menos consciente, las buenas madres siempre intentan que sea así, y por eso tanta educación, tanto esfuerzo, tanta entrega, incluso tanto sacrificio… Pero no. No es sencillo y no necesariamente mejoramos.

La genética pesa mucho, las circunstancias marcan, el entorno moldea, y las personas que nos van rodeando dejan su huella, querámoslo o no. Al final, ese sistema de valores tan laboriosamente construido, tan denodadamente procurado sin descanso en cada uno de los actos que nos enseñaron o que enseñamos, ya incluso presentes en nuestros propósitos e ilusiones desde el primer segundo en el que sabemos que vamos a alumbrar una nueva vida… con frecuencia, acaba por desvanecerse, diluyéndose poco a poco, hasta quedar en el olvido. Esta es la impresión que en horas bajas, tenemos madres e hij@s y muchas lo hemos experimentado, alguna vez.

Sin embargo quiero pensar que siempre algo queda. O... que separarse de lo que nos transmitieron o que transmitimos, está bien si de ese modo, con otras influencias ajenas al vínculo materno o familiar, se logra una riqueza en las relaciones, y que ese progreso en el crecimiento personal así conseguido, igualmente nos define como sociedad libre, en constante cambio evolutivo.

En cualquier caso, yo no voy a dejar de hablar con admiración de quien me dio, además de la Vida, las Enseñanzas más valiosas, y el Amor más grande.

Mi madre era una persona intensa, era toda corazón. Tenía además, una forma de ser arrolladora y la suerte de tener un marido y un contexto, donde podía expresarse con libertad plena, sin que por ello en él, se disminuyera, ni un ápice, su también fuerte personalidad. Nos lo contagiaba todo: la alegría, la tristeza, la preocupación, la gratitud, la “angustia”, el miedo, la fortaleza, la ilusión, la sorpresa, el enfado, la nostalgia por tiempos pasados de su infancia o de su juventud, la compasión, la felicidad… todo, absolutamente todo.

Se hacía querer muchísimo, tenía una simpatía, un gracejo y una inteligencia natural, que enseguida seducían a quienes tuviera cerca. Su paciencia y generosidad eran prácticamente infinitas. Adoraba a los niños, y no le importaba que después de la escuela o en las vacaciones, me presentara en casa con un pelotón de mis amig@s a merendar, a jugar o a hacer los deberes. Le gustaba contarnos cuentos y a nosotr@s escucharlos embelesad@s: lo hacía de maravilla...

!Y era una gran cocinera! Preparaba unos platos calientes exquisitos y unos dulces que quitaban el sentido. Sus magdalenas o bizcochos eran deliciosos. A mi me entusiasmaba “ayudarla” a hacer rosquillas sacando bolitas de la masa y cuando ya estaban hechas, aun calientes pero sin quemar, embadurnarlas en azúcar !y comérmelas! : con solo recordarlo, se me hace la boca agua. Innovaba, o buscaba sorprendernos aplicando los conocimientos que conseguía en libros de cocina o en recetas que pillase de aquí para allá: aun tengo en la memoria sus calamares en tinta con una pizca de chocolate. Como todo con lo que se ponía, lo hacía con gusto, y siempre, pensando en los demás.

Apenas sin esfuerzo su imagen viene a mí siempre que quiero, risueña y parlanchina. Era tan clara, tan auténtica y tan transparente, que se nos hacía muy fácil mirar sus sentimientos y entenderla. Estaba en el polo opuesto del engaño, el pensamiento retorcido, el disimulo, la falsedad o la doblez. Quizás por eso, de niña, me ponía en su papel sin ningún esfuerzo, imitándola a la perfección. En mis juegos, su voz, sus gestos y su risa, se volvían míos, como si al repetirlos pudiera, asimismo, compartir un poco de su luz. Jugar a las casitas, a ser mamá, me encantaba.

Después, llegó la adolescencia con su hermetismo, desencuentros y confusión correspondiente. Poco a poco, su grandeza hasta entonces en mí, su inmensa figura, desapareció casi por completo. Era lo natural al venir la juventud, donde el descubrimiento del mundo, y la fascinación de sus secretos, ocupaban toda mi vida.

Y casi sin conocer, sin saber de qué iba ésta, la maternidad vino a mi encuentro. Así fue cómo me reencontré con mi madre de nuevo. Y me di cuenta, de que habíamos perdido un tiempo precioso, que ahora no podíamos recuperar, por mucho que me hubiera sobrevenido esa conciencia de la pérdida, porque las oportunidades, ya lejos de su techo, eran mucho menores y las horas para nosotras, con los hijos y la pareja, más escasas.

Era el momento de las prisas, de intentar abarcarlo todo, de compaginar independencia con creación de un nuevo hogar, de luchar por mantener o alcanzar mayores cotas de libertad, a pesar de las muchas dificultades que se presentasen.

Estábamos en un una rabiosa crisis económica que nos pilló de lleno, y miles de jóvenes de las promociones más preparadas hasta ese momento en España, según dicen los expertos, tuvimos que enfrentarnos a unas tasas de paro brutales superiores al 20%.

No podíamos estancarnos, y la formación permanente era cada vez más imprescindible para conseguir un empleo estable que nos asegurara un buen porvenir: la idea de que los hijos fueran mantenidos por el padre, en mi generación se había eliminado; o al menos, en el círculo progresista donde me movía. No así el concepto de que las labores del hogar tenían que ser asignadas a las mujeres, cosa harto injusta y que jamás acepté como buena. Curioso: la primera parte del planteamiento, “la incorporación de la mujer al trabajo” (expresión de la época, que como se ve introduce la noción de que antes no lo hacía...) entró con aplausos y alfombras rojas extendiéndose, en tromba, por doquier. La segunda parte, “el reparto de tareas entre hombres y mujeres”, era ya otro cantar. Actualmente en los hogares con armonía, se distribuyen las funciones. Pero en los 80 o en los 90, las mujeres tuvimos que hacernos cargo por partida doble del trabajo fuera de casa y del de dentro, que además no era remunerado ni considerado, mientras los hombres, en general, solo trabajaban en el lugar de cobro por la actividad. Si a ese trabajo exterior presentado como una conquista femenina, cosa en verdad indispensable pero no suficiente... más el trabajo de las tareas domésticas, se unía el cuidado, atención y educación de los hijos cuando venían, el esfuerzo titánico resultaba del todo agotador. Máxime cuando apenas había guarderías ni colegios que se ocupasen de los niños en las etapas de más corta edad. Y !por supuesto! no existían leyes protectoras como la “Ley de Conciliación de la Vida Familiar y Laboral” que es de finales de 1999. Nunca una idea resultó tan perversa, como la tan cacareada “liberación de la mujer” de aquellos años, qué consistía básicamente en hacernos creer que trabajando fuera de casa, se conseguía. Eso quizá era cierto en ámbitos selectos, donde había otras personas empleadas para abordar las faenas del hogar. Pero para la mayoría, este periodo de tránsito fue verdaderamente trágico, fuente de muchas discusiones entre parejas y la causa de miles de divorcios y familias rotas. Hay que tener mucho cuidado con las ideas que se lanzan si no se ponen medios para desarrollarlas… Y si bien es cierto que se avanzó muchísimo en cuestiones legales, como el fin de las leyes heredadas del franquismo para pasar de un modelo de dependencia a otro de igualdad de derechos, en la vida real ese paso fue devastador para muchas mujeres que respecto a nuestras madres, pasamos a tener una doble o triple jornada laboral. Su ayuda se hizo imprescindible y la figura de la abuela o también del abuelo fue más importante que nunca.

Por añadidura había un problema de mentalidad: a veces ocurría que aun contando con recursos suficientes para permitirse pagar por el servicio doméstico, dada la entrada en los hogares del doble sueldo, los hombres de entonces querían destinar ese dinero a otros asuntos como viajes, conciertos, fiestas, coches, restaurantes, deportes, cualquier cosa... antes que al cuidado o al ejercicio de las tareas de la casa. Podían caer en el ridículo de considerar que era una idea retrógrada, indigna de quienes quisieran una sociedad más justa, porque pensaban que emplear limpiadoras para el hogar era clasista y discriminatorio pero no para limpiar oficinas o despachos... Estaban acostumbrados a que esos quehaceres no eran de su incumbencia: o bien se hacían gratis por madres, abuelas, tías, esposas, hermanas..., o si las casas eran pudientes, el asunto de criadas doncellas o lacayos estaba a cargo de las señoras.

Los jóvenes de esta época eran muy rompedores para muchas cosas pero no para ésta. Incluso tenían muy buena voluntad, querían “ayudar”, pero no asumían como propia y necesaria la resolución de estos problemas tan prosaicos, pero reales y muy generalizados.

Ahora, con los años, me doy cuenta de todo esto, pero entonces me lo creí a pies juntillas. Ella me advertía. A pesar del reencuentro con la maternidad compartida, cuanto más lo hacía, más distancia sentía entre nosotras. Su tradicionalismo estaba a años luz de mis sueños de libertad. Pero ya no era una lejanía oscura o sorda como la primera, y en el último tramo de su camino, pudimos convivir con dulzura, aunque en esto no nos entendiéramos.

Nunca se lo creyó. Y tal como sucedía tenía razón. Las mujeres pasábamos de tener un trabajo a tener dos. Entonces no lo podía ver así. Ahora creo que ese fue el precio a pagar para alcanzar una sociedad más equitativa para nuestras hijas e hijos. Fue injusto y doloroso pero logramos muchos cambios hacia la igualdad real y me siento orgullosa de mi contribución a los mismos. Hay mucho por hacer aún y en ello estamos. Pertenezco a una generación de jóvenes muy idealistas y yo soy de natural soñadora. Probablemente todas las generaciones de jóvenes lo son a su manera. La mía fue especialmente utópica. Esa ceguera del idealismo es, acaso, esencial para luchar y perseguir un futuro más digno. Puede que resulte irónico pero esto último es justo exactamente lo que ella siempre me enseñó : “hacer de éste, un mundo mejor”.

Mi madre como todas las madres me dio la Vida; pero además me dio el Amor más grande, el más mayúsculo que alguien me haya dado jamás; y me Enseñó, como nadie, a distinguir el Bien del Mal.

En mis días de niña fui completamente feliz, dichosa en grado sumo durante todos aquellos años de placidez, de juegos y de risas.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces y ahora estoy segura de que gracias a ella he podido vivir en plenitud: los sentimientos más preciosos, la fortaleza del carácter, la seguridad confortable de una gran autoestima de fondo, o el optimismo que disfruto, el orgullo de ser quien soy, el bienestar conmigo misma y con quienes me rodean, mi alegría, todo lo mejor de mí, se forjó en la infancia tan inmensamente feliz que me regaló.

Gracias MAMA

Gracias MADRE

* Mercedes Sánchez Sánchez es Doctora en Historia Contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid - Miembro de FEPET (Federación Española de Periodistas y Escritores de Turismo)

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios
Portada | Hemeroteca | Índice temático | Sitemap News | Búsquedas | [ RSS - XML ] | Política de privacidad y cookies | Aviso Legal
EURO MUNDO GLOBAL
C/ Piedras Vivas, 1 Bajo, 28692.Villafranca del Castillo, Madrid - España :: Tlf. 91 815 46 69 Contacto
EMGCibeles.net, Soluciones Web, Gestor de Contenidos, Especializados en medios de comunicación.EditMaker 7.8