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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan…”

Los ojos de mi otorrino

Por Germán Ubillos Orsolich (*)

sábado 13 de agosto de 2016, 04:15h
Los ojos de mi otorrino

13AGO16.- Desde Ager, aquel otorrino aristocrático de la calle de Serrano en plena dictadura cuando nadábamos en la abundancia, hasta Fernández Viñas que me operó el oído derecho por dos veces para evitarme una muerte cierta pues se trataba de un colesteatoma, la historia de mis oídos ha sido siempre secundaria pero permanente, pues oír es importante, casi tanto como ver. Dicen que Goya se volvió medio loco al quedarse totalmente sordo y comenzó a pintar esas monstruosidades que tanto nos sobrecogen.

Pero después de Viñas y por el seguro privado del Colegio de Abogados de Madrid al que pertenezco comenzaron a verme unas otorrinos muy jóvenes de un famoso hospital sito en la periferia de la capital, para ser más exactos en la Avenida de Arturo Soria. Solía verme una joven doctora centroamericana, puertorriqueña o cosa por el estilo. Ese hospital poseía un “aparataje” – así se llama – sensacional para verte los oídos por dentro: microscopios electrónicos dotados de brazos articulados, pinzas, aspiradoras de tamaños milimétricos pero de eficacia y precisión definitivas.

En una de esas la doctora en cuestión no estaba y me atendió otra más alta, muy joven y muy hermosa. Era muy tarde, la hora de comer y habíamos esperado yo mucho y la doctora visto a muchos pacientes, estábamos cansados y yo impaciente y algo inquieto, cosa corriente en mí.

No me percaté de nada importante, solo que aquella chica se fijó en unas verrugas sospechosas que tenía en el borde de la mandíbula cerca de la oreja izquierda.

Me dijo que me lo tenía que ver un dermatólogo y urgente. Yo pensé en la suerte que tenía al haber coincidido con aquella mujer que se preocupaba por mí, quizá sin duda más que mi mujer, mi hija y mis más íntimos amigos. Un médico, para ser más concretos, que se preocupaba por zonas el cuerpo humano del paciente alejadas o que nada tenían que ver con su especialidad.

Se lo agradecí mucho y tras pasar una velada con un amigo que no paró de amedrentarme y asustarme con un cáncer terrible, que acabaría con un servidor en cosa de semanas, un dermatólogo del seguro privado sin darle la menor importancia me las achicharró con una pistola de nitrógeno líquido y me limpió toda la zona en un santiamén.

Meses después volví a ese hospital con mi mujer y con un tapón de cera pequeño pero muy profundo en mi oído sano y la idea de que me limpiara de paso el operado. Como era verano las consultas privadas las habían pasado al otro edificio casi contiguo. Esperamos un rato en una de las dos salas de espera y al cabo de un buen rato salí al pasillo con la dificultad y el esfuerzo que me caracterizan y a una recepcionista muy sofisticada le dije un poco poseído de vanidad que cuánto faltaba para recibirme, que era G. U. el autor. “Ahora mismo” - dijo ella pegando casi un brinco.

En efecto, a los cinco segundos nos señaló a mi esposa y a mí la puerta abierta de entrada a la consulta y allí pude ver a la misma doctora de las verrugas, solo que tardé un poco en reconocerla; sí me costó un poco, pero deletreé….

--A usted ya la conozco.

-- Sí, le he hecho un seguimiento – respondió - Pero dígame rápido, por favor, tengo roto el ordenador.

Contesté, con rapidez, lo que me había llevado hasta allí y ella me sentó en esas butacas tan especiales de los otorrinos.

Con el “aparataje” tan moderno y el microscopio me limpió el oído operado y me extrajo el pequeño tapón de cera que tenía en el sano.

Pero fue entonces cuando mi esposa le habló del trastazo que me había dado con el coche y del mareo tremebundo que me dio estando en casa donde durante quince largos minutos todo me giraba a gran velocidad y yo, empapado en un sudor frío y con arcadas y vómitos, me sentía morir.

-- ¿Cuándo fue eso, antes o después del accidente? - preguntó.

-- No me acuerdo – respondí –. Pero mi mujer- como una bala respondió – Después.

Y fue entonces cuando la joven y esbelta otorrino me condujo tan deprisa como yo podía a una sala contigua donde vi una especie de camilla para tumbarse.

Como ella me mirara, dije.

-- Le advierto que estoy muy bien de la cabeza.

-- Ya lo sé – respondió sonriente.

-- Me doy perfectamente cuenta de la belleza.

Ella no dijo nada y señalando la camilla añadió – No, no te tumbes, siéntate así, ¿ves?. Y déjate caer.

Me senté sobre la camilla hacia la mitad y me dejé caer, sabiendo que mi cabeza sobrepasaba con mucho el final de la camilla.

—Así, sin miedo – añadió –, yo te cojo.

Creo, lectores, que me hablaba de tu y no de usted, pero no estoy seguro.

Hice ademán de lanzarme y al percatarme que ella me iba a sujetar y no iba a desplomarme hasta el suelo o para ser más exactos mi cabeza no iba a caer descoyuntada o decapitada al vacío. Intenté convencerme que no sería como aquel padre del chiste que decía a su hijo subido a lo alto de una escalera. “Tírate, que yo te cojo”, y el muchacho se tiraba y se estampaba contra el suelo.

Así, la primera vez me lancé y cuando mi cabeza lanzada y con todo su peso iba a caer al fondo, decapitada, descoyuntada al vacío como un caza que despega del portaviones sin la debida velocidad o fuerza y se precipita en el mar, ella la sustuvo.

Así, otra vez – repitió la otorrino -. Y por dos o tres veces mi cabeza quedó cogida entre sus manos como un balón de futbol que bloca un experimentado portero o mejor dicho de baloncesto o de rugby.

Pero fue entonces, queridos lectores, cuando aquella belleza se quedó mirándome con sus ojos fijos frente a los míos a una distancia de cinco centímetros un tiempo indefinido, no mensurable, eterno, que igual podía ser de varios minutos que solo de segundos.

Aquello debería ser la prueba clínica, pero también la realidad de que los ojos de una mujer joven y un hombre mayor se miraran totalmente desnudos de adherencias, de culturas, de miedos o de prejuicios. Ella tal como era, él en su integridad. Ella, el médico que me estudiaba pero también la mujer; yo el paciente pero también el escritor avezado y curtido, el viajero internacional, el padre de familia, el artista.

Y cuanto puedo decir es que jamás he visto unos ojos tan bonitos, tan impresionantes, tan diferentes a cuantos haya visto en mi vida mortal… y habré visto de cerca tantos ojos de mujeres como para llenar y rebasar el ruedo del coso de las Ventas o de la Maestranza de Sevilla.

Normalmente los ojos de las mujeres son la parte del cuerpo más expresiva, más profunda, más llena de gracia o de tristeza. Los ojos son el espejo del alma, se dice, los ojos achinados o entornados pueden volver loco a cualquiera, los ojos ligeramente oblicuos de mi hija o de Isabel Preysler son ojos inolvidables… Pero los de la doctora eran unos ojos como nunca jamás había visto antes, estabas en ellos mirándote mientras ella me miraba como si vieras a un dios o como si estuvieras ya en otro mundo, en otro planeta, en Saturno, en Plutón y desde luego más allá de la muerte.

No sé lo que ella habría visto en mí, lo que sí sé es que iba a comprar “La Infancia Mágica” para que se la dedicara en la próxima entrevista programada, visita rutinaria, pues le gusta muchísimo leer. ¿Qué habrá visto, me pregunto, en los ojos de un hombre tan mayor una mujer tan joven, tan esbelta, tan brillante, tan aparentemente autónoma?.

No lo sé, lector querido, necesitaré de más visitas y no sé si tu tendrás paciencia y yo vitalidad como para ser sometido de nuevo a semejante prueba.

Pues el sabor que te queda, la impresión, es la de haber vivido una secuencia de un filme del Sr. Bond o para ser más exactos uno de Hitchcock, en el que el riesgo de un Gary Grand se mezcla con los planos y vivencias de unos ojos de difícil olvido, como eran los de Audrey Hepburn, como son los de Claudia Schiffer o por qué no, los ojos de mi otorrino.

(*) Germán Ubillos Orsolich, Premio Nacional de Teatro; es escritor, ensayista, dramaturgo y novelista.

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