Una vez un cantero Abulense, de esos de voz también canteada por los años, me dijo que las piedras hablan y que la lluvia las termina de acomodar, de biselar. Tambien estan solas a merced del tiempo devorador de su brillo, en la soledad de sus gárgolas, que te protegen, pero también te aísla entre el silencio de los arcos, testigos inmortales y callados de tu paso.
Vivir entre murallas es como hacerlo en una isla con límites definidos. Amurallarse en uno mismo es como la membrana citoplasmática de una célula, eliges cuando abrir y cuando no, pero a veces, se nos va la mano y nos quedamos encerrados en nuestra propia muralla sin recordar dónde pusimos la llave de la puerta.
Desde fuera de la muralla no te ven, sólo lo hacen las piedras. Dentro de ella a veces te refugias y otras quieres escapar del aislamiento, pero si has perdido la llave, te vas a quedar en esa soledad en la que no existes de puertas afuera.
Es el silencio del mendigo que mira cabizbajo al plato sin monedas en la puerta del Alcázar y la gótica torre al fondo de una catedral sola, mecida por cuatro postes a lo lejos y una nube que llora en la calle de la cruz vieja; perdón, calle de la vida y la muerte; también callejón de esa Ávila penitente en la procesión de las dulsazainas.
Es la soledad de la propia soledad. Ella también está en silencio cuando volvemos para verla y huimos espantados para no verla gemir de pena. Yo tuve un sueño, uno de esos que terminan con un hipo constante cuando ves como una ciudad entera se precipita hacia su propia soledad arrastrandote con ella. Pum pum; ¿quién es?. Abre la muralla.
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*Arami Garit Hernández es Actor, cantautor, escritor, profesor de artes escénicas. Oriundo de una Cuba que pierde a sus hijos.
(Enviado por José Antonio Sierra)