Algunos especialistas lo atribuyen a una combinación de fatiga de viaje, deshidratación, agobio en espacios cerrados y alta carga emocional, aceleración del ritmo cardíaco (taquicardia), palpitaciones, mareos, vértigo, sudoración, visión borrosa, ahogo o sensación de desmayo.
Ocurre con frecuencia en museos y ciudades de gran densidad artística como Florencia (frente a obras de Miguel Ángel o Botticelli), aunque también se ha asociado de manera similar al síndrome de París o el síndrome de Jerusalén.
La pintora y escultora Mercedes Ballesteros lo sufrió al contempla “La Pietá” de Miguel Ángel en el Vaticano. “La estatua estaba abierta y cercana, no como ahora que está muy protegida por un fuerte vidrio. Aunque la conocía por los libros, me impactó de tal manera que me quedé pegada a ella contemplándola, durante más de media hora. Mis compañeros de viaje tuvieron que venir a rescatarme, porque yo me había quedado como en éxtasis”.
Algo similar le ocurrió en el Museo del Prado al contemplar el cuadro de Moreno Carbonero “El Príncipe de Viana”, “una pintura que concentra con fuerza la soledad y la locura al mismo tiempo”.
Otra escultora, Patricia Larrea, cita a una pintura “El jardín de las delicias” de El Bosco en el Museo del Prado. “Me pareció una obra maestra de tal magnitud, que creía imposible superarla. Requería mi atención continua para ver y descifrar todo lo que allí se contiene. Y no sólo eso, cada vez que visito el Museo del Prado me atrae como un imán y sigo descubriendo en ella cosas nuevas.
También Lola R. Casanova tuvo su síndrome de Stendhal con “El Jardín de las Delicias” de El Bosco. “Me pareció un tríptico extraordinario que no te deja indiferente al contemplarlo, por lo que representa: el paraíso, el pecado y el infierno. Me fascinó y a la vez me produjo mucha inquietud al contemplarlo”.
Susana Arregui, directora del Secretariado de Apostolado Seglar en Madrid, cuenta que a ella le captó la atención hasta el extremo un pequeño cuadro “Vendedor de aves” del Pensionante de Saraceni. Le captó la imagen, la atmósfera que respiraba el lugar y los personajes. Nunca entendió por qué le sucedió aquella captación o arrebato estético ante aquella pintura que, en principio, no parece sublime.
El fotógrafo Luis Magán cuenta que es el cuadro “Lección de anatomía” de Rembrantd el que le causó un impacto tremendo al contemplarlo, por todo, desde su composición, factura y cromatismo oscuro. “Es una pintura que trasciende el propio tema o argumento, el propio muerto.
Adriana Zapisek, pintora, explica: Cuando esta primavera entré en las salas del Palazzo Reale de Milano, donde se exponían las obras de Anselm Kiefer dedicadas a las alquimistas, me quedé literalmente con la boca abierta.
La monumentalidad de aquellas obras me produjo una sensación de majestuosidad difícil de describir. No era solamente una cuestión de tamaño, sino de presencia, de fuerza, de una potencia que parecía desbordar los límites de la propia pintura. Eran mágicas. Pero hubo algo más que me conmovió profundamente: descubrir que, detrás de aquellas obras, estaba la historia de mujeres reales, que habían quedado relegadas, casi invisibles, en el relato de su tiempo.
Salí de aquellas salas con la sensación de haber asistido a algo más que una exposición: a una experiencia en la que la belleza, la historia y la justicia se encontraban presentes. Sentí esa conmoción que a veces provoca el gran arte, esa especie de vértigo que nos deja sin palabras y que nos recuerda que una obra puede transformar nuestra manera de mirar el mundo. El síndrome de Stendhal me acompañaba.
En mi propio caso fue, siendo adolescente, la contemplación de “El paso de la laguna Estigia” del pintor flamenco Patinir, un cuadro en el que dominan los verdes y narra la escena de Caronte pasando las almas al Haces, donde espera Cancerbero. Nunca vi una escena pictórica que me atrapara tanto por su belleza, por como funde fondo y forma de modo mágico y magistral.
Más adelante, siendo joven, la contemplación del templo el Partenón en la Acrópolis en Atenas. Al haber estudiado griego y mitología clásica, el mundo evocador de aquella arquitectura clásica me dejó sobrecogida -pese a mis temores previos de una decepción. Era de madrugada, no había apenas gente y, sin duda, esto animó a ofrecer un paisaje sin la contaminación de los turistas. Me temblaban los labios y no podía ni quería hablar a mis dos compañeros de viaje..
Más recientemente, fue “Santa Teresa en éxtasis” de Bernini en la iglesia de N. S de la Victoria en Roma. Un arrebato místico de un rostro, que muestra el alma en otra latitud. Solo Tamara de Lempicka ha podido reproducir con éxito en la pintura, la genialidad del escultor italiano.
Finalmente, Venecia a la llegada del invierno, me parecía irreal, una fantasmagoría imposible de creer, un sueño mítico que se iba a deshacer al cerrar los párpados. Creo que Venecia se presta tanto o más que Florencia al embeleso y arrebato de la pérdida de la consciencia por la belleza del arte.