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Cuento: “Historias Urbanas” (XIII)

Benito (Una cuestión de compromiso...)

Por J.I.V.

miércoles 12 de abril de 2017, 01:46h

Benito Sudario apretó con fuerza el cuchillo que escondía entre las manos y pensó que quizás hoy acabaría todo y que podría por fin, descansar. Estaba deseándolo. De hecho, llevaba toda la vida esperando el momento de cumplir su último cometido y retirarse de la vida activa. Así es como lo venía pensando desde que era un chaval allá en el barrio donde creció y se inició en el azaroso mundo de su profesión y que le permitió conocer todos los secretos que durante tantos años, le hicieron el mejor en su especialidad. Esto mismo, todo lo aprendido y lo establecido por él mismo hacían inadmisible la posibilidad de echarse atrás. Sabía que mientras no diera cabal cumplimiento a su obligación no se quedaría tranquilo; otros quizás pudieran hacerlo pero él, de ninguna manera.

Ese día y desde tempranas horas de la mañana se encontraba dando vueltas por las cercanías del mercado esperando que se produjera la ocasión para completar ya de una buena vez lo que había venido a hacer. Por un momento pareció dudar y en su rostro apareció una mueca de hastío y fastidio. Han pasado -se dijo-, tantos años que quizás ya no valga la pena pero ese pensamiento no había acabado de cuajar en su cabeza cuando lo desechó. Nunca se perdonaría el dudar precisamente ahora después de todo lo pasado y no completar lo que había sido la razón de su vida desde siempre.

Vendría por el mercado (estaba convencido) tarde o temprano y mirando de soslayo su reloj se dijo con algo de sorna: “será más tarde que temprano eso, ¡seguro!”. El mercado bullía a esa hora de gente entrando y saliendo con bolsas y carros de la compra y de pronto una tufarada acre y viscosa le señaló el saco de cebollas podridas que en ese momento un hombre de pobre aspecto (casi como él) arrastraba por el pasillo hasta la escalera del sótano donde –seguramente-, estaban los cubos de la basura.

Benito se sorprendió de la suciedad y mal olor que había en el recinto lo cual –en su opinión-, era imperdonable tomando en cuenta que el mercado estaba a pocos pasos de la Gran Vía y a otros tanto de la Plaza de España.

-Eso, -se dijo Benito, está bien “p’al lugar donde yo vivo pero aquí, no pega”.

Decepcionado y viendo lo avanzado de la hora, -casi dando las dos de la tarde, concluyó que una vez más tendría que irse sin su tarea cumplida. Pero no importaba, volvería al día siguiente y al otro, y al otro y así hasta cuando fuera necesario. En algún momento tendría que aparecer aunque también cabía la posibilidad de que Carmelo, su compadre y viejo amigo, se hubiera equivocado y confundiera a la persona que creyó ver cuando un mes atrás le dijo lo que había visto mientras se tomaba un café con aguardiente (por separadas ambas cosas) en la minúscula cafetería del mercado regentada por unos inmigrantes sudamericanos.

Carmelo ya era mayor y la vista le fallaba un poco pero era de fiar y si le dijo que había visto a quien había visto no iba a dudar ahora de la afirmación de su compadre y aferrado a esa incierta o media verdad de Carmelo, desde hacía un mes, rondaba a diario las inmediaciones del mercado. Lo malo era que el recinto tenía más de una puerta y bien podría ser –pensaba Benito- que mientras aguardaba por una lo que le interesaba en ese preciso momento, estuviera entrando o saliendo por la otra de manera que para no liarse decidió dividir los días: lunes, miércoles y viernes se apostaría en la entrada principal y martes, jueves y sábado, en la posterior. Afortunadamente, el mercado no abría los domingos de manera que a Benito le quedaba libre ese día para descansar aunque desde hacía mucho, tenía todos los días para descansar.

Benito guardó el cuchillo no sin antes envolverlo cuidadosamente en una tira de género de un indefinible color y de tres centímetros de ancho por treinta y cuatro centímetros de largo que guardaba en el bolsillo posterior del pantalón y una vez bien “abrigada” la reluciente hoja, lo guardó en el interior de su chaqueta. Aún no había comenzado el calor pero ya la mañana había empezado a calentar y esos últimos días de junio presagiaban un verano tórrido y ardiente como suelen ser los veranos en el centro de Madrid.

Con un poco de suerte quizás podría acabar lo que esperaba antes de que comenzara el verdadero calor ya que de lo contrario y según avanzara el mes de julio, la espera se convertiría en un verdadero martirio, se haría más difícil y además estaba la posibilidad de que las vacaciones interrumpieran sus propósitos por lo cual cada día que pasara, jugaría en su contra. La idea de esperar hasta el mes de septiembre para retomar su actividad le hacía mascullar maldiciones en voz baja.

Molesto y con el calor aumentando por momentos, enfiló sus pasos hasta el Metro en Plaza de España pensando en comer para continuar con una buena siesta y luego ver alguna película en la TV. Ese día al menos, y a la hora que consultó fugazmente su viejo reloj de pulsera, había muerto una esperanza pero la misma, renacería con más fuerza al día siguiente y tenía que estar animoso; emparejar la decepción de ese día con la ilusión de conseguir su objetivo en la siguiente jornada y si así no fuera esperaría todo el tiempo que hiciera falta. ¿No había estado en ello siempre?...

Casi sin mirar introdujo el billete de transporte en el torniquete y pasó al interior del recinto del Metro bajando lentamente al andén para esperar el tren que lo llevaría a Usera. Momentos después y sentado en el vagón se preguntó una vez más si realmente valía la pena lo que estaba haciendo y si de verdad se sentía capaz de afrontar todo lo que se le vendría encima si conseguía lo que había estado esperando todo ese tiempo y que ahora, gracias a lo que le había dicho su compadre Carmelo, quizás podría dar por finalizado y alcanzar así, el ansiado descanso.

-Mi compadre Carmelo está muy preocupado pero por sobre todo, muy arrepentido de haberme dicho lo que me contó se dijo mientras intentaba acomodarse en el asiento del Metro.

-De haberlo sabido –me ha dicho varias veces, nunca hubiera hecho esa tontería-

-Ud. está loco compadre -insistía Carmelo, -no vale ya la pena, ¿No ha tenido suficiente con todos los años pasados? ¿Cree que después de tanto tiempo se merece Ud. volver a pasar por lo mismo?

-Lo que sucede -se decía Benito, es que mi compadre ya está viejo como yo casi, pero yo no he perdido la fuerza de mis ideas y además él no está en mi pellejo, nunca lo ha estado y nunca, lo estará. Él, con todo lo que de seguro ha vivido porque, ¡vaya si ha tenido lo suyo!, no sabe por lo que yo he pasado de manera que no puede comprender el alcance de mi decisión. De haber estado en mi situación hoy mismo estaría como yo, esperando la oportunidad para poner las cosas en su lugar.

Por suerte, la atmósfera en el vagón del Metro era fresca y Benito se acomodó contra el respaldo del asiento cerrando los ojos. Tenía hambre y al pensar en un humeante plato delante de él sintió su boca llenarse de agua y dado que todavía tardaría un buen rato en llegar a su destino decidió olvidarse de la comida para dormitar y repasar sus ideas.

-Los jóvenes de hoy –se dijo, ven las cosas de distinta manera. Hoy todo se hace de mala manera y rápido sin detenerse a repasar los detalles y por eso la mayoría de las cosas salen mal y lo peor de todo, es que ya no existe respeto por la palabra empeñada.

Una hora más tarde y después de una tortuosa y sofocante combinación de Metro, emergió como un topo por la escalera mecánica de su estación. La sensación de hambre que le había atacado en el interior del vagón volvió a asaltarle de manera inmisericorde y Benito apuró el paso con el ardiente sol rechinándole la calva.

Unos cientos de metros más adelante llegó por fin a su destino y antes de subir la escalinata vio apoyado en la puerta, a su compadre Carmelo quien con un gesto le urgió a que se apurara.

-La “Doña” está furiosa –dijo Carmelo, y asegura que como te vuelvas a retrasar a la hora de la comida, no te dejará entrar y tendrás que quedarte sin comer hasta la hora de la cena.

Benito no le respondió y tan sólo se encogió de hombros mientras apuraba el paso con Carmelo a su lado.

-¿Y? –dijo Carmelo, ¿Hubo suerte esta vez?

-Nada de nada, -dijo Benito mientras atravesaban un pasillo y cuando creía haber salvado la mitad del trecho que les separaba de la mesa del comedor, que era lo único que ahora mismo le importaba, oyó un enérgico grito a sus espaldas.

-¡Benito! : ¡Venga aquí inmediatamente!..

Benito se sintió estremecer y girándose lentamente miró resignado, a la gruesa matrona que con los brazos en jarra, le miraba por encima de sus gafas.

-¿Sí? –“¿Doña?”...

-Benito, esto tiene que acabar. No está Ud. en un hotel y no puede salir Ud. cada vez que le da la gana y, mucho menos irse de paseo al centro de la ciudad como si fuera un jovencito.

Benito volvió la cabeza y miró directamente a Carmelo, quién sin decir nada, se encogió de hombros y se alejó del lugar.

La “Doña” –como le llamaban Carmelo y Benito en señal de respeto, suavizó su actitud y acercándose a él en tono conciliador, le tomó del brazo diciéndole en voz baja:

-Ud. ya no está en edad Benito, de andar por ahí, escapándose solo al centro y caminando por la ciudad como cuando era chaval. Ahora tiene que cuidarse y eso no es precisamente lo que está haciendo desde hace varias semanas. Yo puedo hacer la vista gorda una, dos y posiblemente hasta tres veces pero Ud. Benito, lleva casi un mes escapándose a diario por la mañana.

-¿Adónde va con tanta insistencia?

Benito no dijo nada y bajando un poco la cabeza llevó instintivamente su mano derecha al bolsillo interior de su chaqueta y palpó con suavidad lo que tan cuidadosamente envolviera un rato antes a las puertas de aquel mercado cercano a la Gran Vía y Plaza España y sin apartar la mano, miró a la mujer con una cara que interiormente quiso que fuera de fiereza pero que a la “Doña”, se le antojó más bien de súplica quizás por ese ligero temblor que observó en su labio superior y que hacía moverse el fino bigotillo que en la época juvenil de Benito, había acentuado su aspecto de “guapo” y de “malandra”. Con un gesto que quería ser de indiferencia, indicó a la “Doña” que tenía hambre.

La “Doña” asintió con la cabeza y con un gesto enérgico le autorizó para que se dirigiera al comedor desde donde Carmelo, le miraba con cierto temor reflejado en el rostro.

La “Doña” mientras tanto, volvió a su puesto detrás del mostrador y moviendo la cabeza volvió a ocuparse de los papeles que tenía amontonados al lado del teléfono.

-¡Este Benito! dijo en voz baja, para sí misma, está convencido de que aún trabaja para “El Cholo” y que sus “encargos” hay que cumplirlos sin importar el plazo para ello; él pobre viejo se cree que aquí nos chupamos el dedo y que no sabemos nada de nuestros –y dijo, arrastrando las palabras-, “huéspedes”.

Al mirar de reojo a Benito que se dirigía con toda la prisa que podía hacia el comedor, la “Doña” no acababa de creer que aquel vejete esmirriado y con las mejillas hundidas a causa de los dientes perdidos hubiera sido en otro tiempo, quien contaban que había sido.

Con casi diez años en aquella Residencia para Mayores sin Recursos, (como pomposamente la llamaban en los Servicios Sociales y de Caridad), no quedaba en él rastro alguno, de aquel lustre y fiereza (si alguna vez lo tuvo) que le hiciera famoso en los bajos fondos del hampa madrileña. Posiblemente el haber pasado casi la mitad de su vida en la cárcel por los crímenes que cometió por mandato de “El Cholo”, le habían despojado día a día, del oropel de rufián de barrio con que llegó una vez a Carabanchel.

“El Cholo”, un peligroso hampón sudamericano famoso por mandar eliminar a sus rivales, había muerto de viejo en el penal de Santa Cruz sin relevar a Benito, del encargo que le hiciera hacía más de 30 años.

Benito, fiel a los principios del “choro”, el “faite”, el “fajador” que había sido toda su vida no había olvidado pese al tiempo transcurrido, aquel trabajo encomendado y que por diferentes motivos estaba todavía sin cumplir. Consciente de la reputación que tenía la obligación de mantener, (¿qué sería de mí si los demás se enteran de que no cumplo con mis trabajos? se preguntaba a menudo Benito), se había propuesto completarlo aunque fuera lo último que hiciera en su vida. Por otra parte estaba además el hecho de que “El Cholo”, en la ocasión de hacerle el encargo, le había pagado un dinero a cuenta lo cual según el estricto código del hampa, le daba al asunto un carácter sagrado y Benito sabía que aunque no hubiese concurrido ese detalle por encima de aquello, estaba su palabra de profesional, empeñada hasta el final...

Benito se acomodó en la mesa y se dispuso a comer. Tenía un hambre tremenda y la vista y olor del humeante plato que la encargada de cocina puso de mala manera delante de él en la soledad (a esa hora de la tarde) de aquel inmenso comedor colectivo, le nubló la vista y por unos instantes se olvidó de todo y de todos y se abocó con energía a dar cuenta del condumio barato y basto que a diario consumía en la Residencia de Mayores que costeaba el Ayuntamiento y sus Servicios Sociales de Caridad para los viejos inútiles y sin medios económicos como él y su compadre Carmelo que sentado ahora enfrente de él, le veía atacar con todas sus ganas aquel pobre potaje de garbanzos.

Al cabo de un rato y aplacada en parte el hambre eterna que llevaba Benito en su interior pensó en un cigarrillo y también en una copa de orujo pero esas “regalías” no estaban en el presupuesto que el gobierno regional destinaba a los parias como él y entonces volvió nuevamente, a pensar en lo único que ahora mismo era la razón y el motor de su vida: El compromiso contraído hacía tantos años. Tendría que cumplirlo. Así lo mandaba la ley no escrita que regía la vida de los de su clase y no importaba nada que tuviera que esperar un día, otro y quizás muchos más. Los 35 años que llevaba aguardando para cumplir con “El Cholo”, bien se merecían un poco más de paciencia...

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