De entre todas las informaciones que han llegado a mis oídos hasta ahora – las siete de la tarde –, sobresale la contada por Carles Francino de la Cadena Ser, desplazado hasta esa localidad.
Cuenta como escuchó las declaraciones de un testigo presencial que pudo acercarse hasta las inmediaciones de los convoyes accidentados, donde un hombre caído entre los amasijos del tren rogaba textualmente antes de morir: “Cuiden por favor de mi mujer y de mis hijos. Dios es bueno”.
Estas fueron sus últimas palabras,
Y otro también junto a las vías, con un brazo seccionado y apartado totalmente de su cuerpo, que pedía con santa paciencia y serenidad. “Una ambulancia, por favor, llamen a una ambulancia”.
Sí, sabemos que hemos de morir, pero no sabemos cuando vamos a morir ni dónde.
Pero la joya de la corona, que era la red ferroviaria de este país que se llama moderno y entrado en el siglo veintiuno, que acumule tal cantidad de fallecidos en sus vías ferroviarias, más centenares de heridos, es algo no solo impensable hace unos años, sino inimaginable hace tan solo unos meses. Esto nos hace meditar mucho y profundamente.
No sabemos por qué aún estamos vivos. Lo que sí sabemos es que otros muchos inocentes, entre ellos una ex ministra del gobierno, se han ido hacia ese otro mundo que imaginamos.
Pero no obstante lo que más me ha impactado han sido sin duda esas tres palabras finales del padre de familia agonizante, que se despedía de su esposa y de sus hijos entre las chatarras retorcidas sobre una vía del tren, y ante un desconocido que le escuchaba, y que son esas enigmáticas y aparentemente contradictorias que exhaló de sus labios exangües y que fueron: “Dios es bueno”.