En sus umbríos confesionarios oscuros y oliendo a madera, el cura de turno aligeraba mi alma si le contaba mis deficiencias, a lo que ellos respondían dándome algunas indicaciones y posteriormente invocar el poder de Cristo que pendía de sus manos extendidas, dándome la llamada absolución que liberaba mi alma.
Esto se repetía con frecuencia pues tanto entonces como ahora mis defectos han seguido siendo los mismos, esto es lo que llaman los pecados. A veces olían a mentol pues los confesores chupaban caramelos para hacer más llevadera sus penosas tareas en el confesionario.
Pero llegó un día, con 32 años cumplidos, que mis penalidades morales y mis limitaciones humanas tomaron tales dimensiones que se transformaron en un sunami o maremoto de tales dimensiones, que un 21 de marzo de 1975 se me desató la primera depresión endógena con matiz de ansiedad, y hube de olvidarme de los confesores con aroma de menta y sustituirles por los llamados psiquiatras.
El primero, como he contado repetidamente en mis biografías, fue el doctor Vázquez Velasco, que dijo la enigmática y famosa frase, “Agua pasada no mueve molino” y me recetó un tranquilizante y antidepresivo, cuyo nombre no recuerdo – creo que Megasedan - pero es ahí donde comenzó mi peregrinaje – que aún no ha terminado – con el que sustituí a los confesores por los siquiatras.
Estos eran muy caros y los confesores gratuitos. Pero como decía Sigmund Freud, para que te cure el psiquiatra tiene que ser muy caro.
Sobresale entre estos segundos el inolvidable doctor Carlos Carbonell Masiá, elegante y carismático, parecido al presidente de Francia, Valerie Giscard Destaigne, con su bata blanca impecable y su fonendo. Me hablaba de usted, algo lánguida y distantemente, y me hizo un beneficio inmenso. Si no llega a ser por él – y por mis padres que tanto me querían - me hubiese suicidado (como tantos otros).
Por el peregrinaje sobresale también el joven doctor José Enrique O. M., que también trató a mi hermana y puntualmente a mi madre.
Enrique O. M. te contestaba y te contesta a cualquier hora (mañana, tarde o noche, indistintamente), me habla de tú y lo que más me impresiona en él es que como un mago maravilloso me receta de su fabulosa sapiencia cientos de medicamentos para cientos trastornos, salvo para las pesadillas reincidentes; pero una sola palabra telefónica basta para curarme de muchas de ellas.
Tienen la ventaja sobre los confesores que mandan psicofármacos, y te los recetan, pues sin su firma no te los dan en la farmacia (otra de mis aficiones). Me hubiese gustado ser farmacéutico para devorar todas las medicinas de la farmacia.
Con Enrique O. M. cuando hablo por teléfono, me dice que está en consulta, que está muy ocupado, pero después no me llama como promete hacer, pues en realidad sabe que hago lo que me da la real gana y me tomo las medicaciones que me placen y no las que él me receta.
Así, al paso de ganso, al trote de cojitranco con muletas y sin ellas, con andadores y sillas de ruedas, he ido tirando hasta los años que tengo (82), que no es moco de pavo, y si no que lo intenten los que me están leyendo.
Aunque realmente es Dios Padre el que me mantiene aquí, y no los confesores con olor a mentol, ni sus sustitutos los psiquiatras, con bata blanca impoluta y con fonendo al cuello.
Así es la vida.