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“ES MI SENTIR”...

El hedor de la Tierra

  • Por Geral Aci

domingo 11 de octubre de 2026, 16:25h

11OCT26 – MADRID.- El planeta Tierra, agonizaba. A pesar de que los libros sobre su historia hablaban de perfumados valles verdes, de ríos trasparentes llenos de peces; de grandes selvas con árboles, plantas y animales que vivían libremente y del aire, que era limpio y transparente; todo eso ya no existía.

Los valles ya no eran verdes, los ríos no eran transparentes y hacía muchos años que ningún pez vivía bajo el agua. Las grandes selvas habían sido destruidas por el hacha de hombres ambiciosos, los animales fueron exterminados por criminales que llamaban “cazadores”, el aire ya no pintaba de cristalino el lugar.

Ahora, eran millones, los seres humanos, que, para poder vivir; debían consumir grandes cantidades de pastillas, conocidas como: “remedios” o “medicinas”, que ayudaban, entre otras cosas, a respirar.

Las grandes compañías mineras, pesqueras, eléctricas, madereras y las que controlaban la agricultura habían llenado la Tierra de deshechos, de basura, de plásticos y la gran mayoría de esta basura la depositaban en el mar; por lo que, en los océanos ya casi no había peces y se comentaba que las ballenas habían desaparecido hacía más de cincuenta años. Toda el agua estaba contaminada.

En las ciudades, las calles acumulaban basura, mucha basura; los vehículos llenaban las ciudades de gases venenosos; decenas de mujeres jóvenes se paseaban por las céntricas calles ofreciendo el cuerpo por algo de dinero y miles de personas mendigaban una moneda para adquirir una barra de pan.

Mientras, la aristocracia, que representaba una parte mínima de los habitantes, eran los dueños del dinero y para adueñarse de dicho dinero, habían creado instituciones relacionadas con gente que sí contaban con una vida diferente al resto de los ciudadanos, denominados: “bancos”. Estas personas eran dueños de grandes edificios; ahí, disponían de aire limpio y alimentación especial.

Todos los trabajadores estaban obligados a ser clientes de algún banco, ya que ellos contactaban con los patrones y, a cambio de algo de dinero, los jefes pagaban los salarios depositando el dinero en el banco escogido y generando un interés a favor de la entidad para poder mantener la cuenta sin ningún percance.

Esto creaba miseria. La miseria, creaba pobreza; la pobreza creaba prostitución. Y millones de hombres, en todo el mundo y en su mayoría jóvenes, se veían obligados a robar para poder sostener los recursos básicos como la comida.

Las autoridades, guardaban silencio. Un silencio vergonzoso. Todos recibían dinero de los bancos para mantener su situación sin ninguna alteración. Todo a su conveniencia, claro.

También existían sectas religiosas; quizás, lo más dañino que soportaban los ciudadanos. Mediante una gran publicidad, engañaban, inventaban milagros, decían a los matrimonios mayores que si creían y entregaban dinero y propiedades para un determinado Dios, no morirían nunca e irían al cielo. A pesar de que los representantes de esas sectas violaron a muchos niños, jamás hubo un juicio o un castigo. La justicia, también, era corrupta y falsa.

 

Un día, ya atardeciendo, de pronto, todo de negro se cubrió. Fue cosa de dos o tres segundos, mucha gente se asustó, pero no hubo explicación alguna; los medios de comunicación no publicaron nada y las autoridades guardaron silencio.

Pasados tres días, nuevamente, todo se oscureció; esta vez, por diez segundos o algo más y el temor creció entre los habitantes; sin embargo, las autoridades y medios de comunicación guardaron silencio una vez más.

Sucedía algo que solo los poderosos sabían: el planeta Tierra llenaba el infinito con un hedor insoportable.

Era algo remediable, pero habría que invertir dinero en no producir basura, en no permitir la contaminación de los océanos; en no permitir que las grandes empresas, a través de sus enormes chimeneas, expulsaran un negro humo hacia el cielo contaminando completamente el aire, en cuidar los árboles y en prohibir los alimentos de plástico, que eran la alimentación “preferida” de los pobres.

Conforme esto sucedía en el mundo, el repugnante hedor llegaba hasta los rincones más lejanos produciendo diversas consecuencias.

No pasó mucho tiempo y, una mañana, nuestro globo azul se apagó. En esta oportunidad no era tan simple la situación; fue terrible. Una especie de terremoto afectó a todo y a todos; cayeron los grandes edificios, los océanos lo cubrieron todo con agua salada, las montañas se derrumbaron, todo se llenó de gritos, millones de personas, tanto de la aristocracia como de los ciudadanos honestos, corrían desesperados de un lugar a otro. El aire se llenó de dinero que caía buscando manos que lo cobijasen, pero nadie lo cogía, solo querían salvar su vida.

Entretanto, en el eterno cosmos, un ave gigantesca llevaba en sus garras al planeta. La perfecta fetidez de la Tierra le había abierto el apetito y la llevaba a su nido para alimentar a sus polluelos.

 

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