27SEP26 – MADRID.- Tengo en la mesilla de noche un álbum de fotos antiguas del Puerto de la Cruz en la isla de Tenerife, allí aparezco con mi padre y con nuestros amigos Paco Alfonso y Maxi tan sonrientes, tan jóvenes y tan guapos. Mi padre y Paco Alfonso, el hijo del socio de mi padre, ya están en la otra vida, posiblemente Maxi Jodra también, pero de eso yo ya no estoy tan seguro.
Es emocionante vernos todos tan jóvenes y tan alegres. Esas fotos son el recuerdo del pasado, de un pasado maravilloso e inefable. Aparecen en él el Roque Nublo, el Teide, el Valle de la Orotava, las Cañadas del Teide y el Parador nacional de las cañadas del Teide.
Son tiempos que ya no volverán, pues son patrimonio del pasado, de nuestro pasado; yo puedo contemplar estos vestigios del pasado como fueron las pirámides de Egipto y el Santuario de Petra, porque tengo 83 años, que son ya muchos años.
Cuando contemplo de tarde en tarde las fotografías, me parece algo imposible e impensable, pero están ahí y son testigos de una realidad vibrante que ya ha desaparecido, son testigos del pasado de un pasado inolvidable y por si se olvidara ese pasado ahí están las fotos.
Oigo el murmullo mareante e implacable de la placita de Cristino Martos, abarrotada de consumidores y de clientes aprovechando las últimas horas del verano, pues estamos terminando septiembre y sigue haciendo un calor inusual y de muerte, testigo de lo que ya es el presente, la realidad inescrutable del cambio climático, el fuego que cae de cielo como anuncia el libro del Apocalipsis de San Juan.