12OCT25 – MADRID.- Mi abuela se llamaba Pilar – la madre de mi padre -; mi tía Pili – la hermana de mi padre –; y Mari Pili, mi prima mayor, la hija mayor de mi tía Pili. Ambas, las tres, vivían en un sexto piso de la calle Jorge Juan 78 de la capital.
Hoy, día del Pilar, las he recordado con intensidad a las tres.
De pequeño me llevaban con frecuencia a verlas, generalmente los fines de semana o mejor los domingos que mi padre no trabajaba. Solíamos comprar pasteles exquisitos que vendían en la pastelería “Anacar” en el piso bajo, a la altura de la calle.
Mi abuela Pilar era una mujer muy buena y muy risueña, de pelo blanco y con moño anudado sobre la coronilla. Mi padre la adoraba. Recuerdo el día que murió del corazón estando mis padres coyunturalmente en la Feria de Sevilla, le avisamos y vinieron en avión. ¡Cómo sollozaba mi padre – cosa rara en él - ante el cuerpo exánime de su madre!. Generalmente en aquella época las personas morían en sus casas y no en lo sanatorios.
Mi tía Pili era muy gruesa y cariñosísima, comía mucho, le encantaba comer, estaba casada con mi tío Onofre Mendiola Ruiz, mi padrino – y comía las croquetas, con voracidad y placer inefables.
Mari Pili, que me adoraba, llevaba siempre en el bolsillo una fotografía mía sacada en Fotomatón. La otra prima, Marisol, era de carácter más arisco. Y Angelines, la pequeña, aún no había llegado a este mundo.
La Virgen del Pilar es la patrona de la Hispanidad, y el apóstol Santiago el patrón de España.
Reinaba entonces un orden sepulcral, y la gente tenía mucha ilusión, les ilusionaba todo.
Ahora que voy a “Dentín”, mi dentista, sito en Jorge Juan, paso siempre por delante de la casa y me acuerdo mucho de ellas, de una época pasada y congelada en el tiempo. Espero que una de las gracias que el Señor en su misericordia me conceda, sin duda de las mayores, es la de volver a encontrarme con todas ellas, más allá de ese tránsito que llamamos la muerte.