Por Yoani Sánchez - desde La Habana - Cuba
Aprieto los audífonos hasta que casi me rozan los tímpanos, pero aún así la música del taxi colectivo se me sigue metiendo en la cabeza. Es la tercera vez en el día que estoy obligada a escuchar la misma canción, un reggetón de corte lascivo capaz de sonrojar a quienes viajamos en ese Ford de los años cincuenta.
El popularísimo tema musical ha terminado ganándose el fanatismo de unos, la repulsión de otros y hasta una fuerte crítica del ministro de cultura Abel Prieto en la televisión nacional. Tal pareciera que nadie puede permanecer inmutable, tranquilo, mientras escucha aquello de “Dame un chupi chupi, que yo lo disfruti, abre la bocuti, trágatelo tuti”. O te contoneas o te tapas los oídos, no hay puntos medios.
El
Si en Cuba toda la tele, los periódicos y la radio no fueran propiedad privada de un solo partido, existiría un espacio también para este tipo de producciones, aunque a mucho no nos gusten. El problema actual es que si las transmiten en la televisión nacional es como si las rubricara el mismísimo PCC, como si todo el discurso político tuviera que reconocer que a su “hombre nuevo” le interesa más la diversión y lo lúbrico que los himnos de trabajo y las canciones sobre la utopía. Confío en que algún día existirán canales desprovistos de ideología que, en el horario para adultos, presenten temas como éste más allá de preferencias melódicas o del umbral de rubor que acepte cada cual. Levantarán polémica –claro está– y generarán debate, pero ningún funcionario público podrá borrarlos de un plumazo, porque los gustos musicales no se cambian censurando. Si lo dudan, súbanse ahora mismo a cualquier taxi colectivo de La Habana.