Opinión

Más allá del viaje inaugural: el olvido del mantenimiento en nuestras vías

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Por Concha Pelayo*

Concha Pelayo (*) | Viernes 30 de octubre de 2026

30OCT26 – MADRID.- España presume internacionalmente de contar con grandes infraestructuras ferroviarias y una tecnología punta que nos sitúa en la vanguardia del desarrollo. Sin embargo, cabe preguntarse de qué sirve tener la capacidad de proyectar y construir obras monumentales si después carecemos de la constancia, el presupuesto o la voluntad política para mantenerlas.



La verdadera modernidad no se demuestra el día de la inauguración cortando una cinta ante las cámaras, sino garantizando que esa infraestructura siga siendo segura, fiable y eficiente con el paso de las décadas. De nada vale la ingeniería civil más avanzada si se abandona a su suerte al día siguiente de su estreno.

Como usuarios frecuentes del tren, la percepción de desamparo a pie de vía es inevitable y alarmante. Quienes recorremos los trayectos ferroviarios observamos con preocupación la aparente ausencia de operarios realizando labores de supervisión y conservación en los raíles.

En territorios expuestos a inclemencias climáticas severas, donde las lluvias torrenciales pueden erosionar el terreno, provocar desprendimientos, abrir barrancos o desplazar las vías, la falta de una vigilancia constante y visible siembra una honda preocupación. La seguridad de miles de pasajeros no puede depender de la suerte.

La responsabilidad última de este vacío recae directamente en quienes gobiernan y gestionan: la falta de inversión y la desidia en la conservación no son simples fallos técnicos fortuitos, son decisiones políticas y de gestión que comprometen la seguridad pública.

Esta alarmante carencia refleja un contraste cultural y de gestión profundo si miramos hacia el resto de Europa. En un reciente encuentro hispano-alemán centrado en la historia y la recuperación de los molinos de río, celebrado en la Fundación Rei Afonso Henriques, quedó en evidencia una diferencia de mentalidad fundamental: mientras que en España a menudo nos perdemos en complejos planos, eternas teorías y debates burocráticos que dejan morir el patrimonio en desuso, en Alemania impera un enfoque estrictamente práctico, operativo y volcado en la preservación real a largo plazo.

Aplicado al ámbito ferroviario, el modelo centroeuropeo nos enseña que el éxito no reside en el plano sobre el papel, sino en la ejecución diaria y en el cuidado minucioso de lo que ya se ha construido.

Para que el sistema de transportes funcione con garantías, no basta con exigir el máximo rendimiento y profesionalidad a los trabajadores que se encuentran en la base de la cadena. El engranaje exige, por encima de todo, una competencia óptima, una responsabilidad estricta y una visión de futuro por parte de quienes dirigen, planifican y ordenan desde los despachos. Sin un flujo de inversión continuo, sin profesionales alerta sobre el terreno ante los retos del clima y sin una gestión institucional pragmática, la alta tecnología ferroviaria se convierte en una cáscara vacía. Cuidar, conservar y mantener el camino por el que transitamos todos no es un extra opcional; es el primer deber de un gobernante responsable.