24OCT26 – MADRID.- Samuel era muy autoritario, normalmente no pedía las cosas por favor, sencillamente decía; quiero que hagas tal cosa y esperaba ser obedecido, esto chocaba con su novia Angélica, que era discreta y especial.
Un día él, le pidió, que lo dejara verla desnuda, no importaba donde, ya fuera en la cama, en el salón de la casa o en el baño, pero ella se negaba, contestándole; no creo que el amor crezca si tú ves a tu pareja desnuda. Así pasaba el tiempo sin que Samuel pudiera ver realizado el sueño que tanto deseaba. Aunque nunca le dio una verdadera razón, para justificar lo que le pedía.
Un día, Samuel consultó con una bruja; señora bruja, quiero ver a mi novia desnuda, pero se niega, estoy dispuesto a pagarle si usted logra que mi deseo se haga una realidad. Ésta le dio una pócima y le dijo: «Bebe tres gotas, solo una vez, te convertirás en una pequeña araña y, cuando ella entre a la bañera, tú entras por bajo la puerta y podrás verla desnuda mientras se ducha, porque no creo que lo haga con ropa, aunque sea escasa». Samuel muy contento, porque ya imaginaba lo que iba a ver, puso en marcha el plan o las indicaciones que le dio la bruja.
Por la mañana, le dio un beso y se despidió, iba a su trabajo; la mujer, una vez sola, entró al baño, cerró la puerta, se desnudó completamente y se aprestó a meterse en el agua mientras Samuel, escondido en el jardín, bebía tres gotas de la pócima, sintió un fuerte mareo, por un minuto todo le pareció gigantesco, pero era él el que se estaba achicando hasta quedar como una pequeña araña, entró en casa, corrió hasta el cuarto de baño, pasó por debajo de la puerta y se escondió en un rincón.
La mujer se contemplaba ante un espejo, se veía escultural, ella misma se acariciaba, en realidad, era una mujer muy hermosa. Samuel la miraba asombrado; sí, era una extraordinaria mujer, era la diosa de la belleza de cualquier cultura, fue tan fuerte el deseo de tocarla, aunque sea una pierna, se decía, que subió hasta la bañera.
La mujer levantó una pierna para entrar a ducharse, fue entonces cuando la vio, dio un grito y empujó dentro a la araña, abrió el grifo del agua y Samuel fue tragado por el orificio donde se escurría la bañera. Cinco meses habían pasado y Angélica se encontraba en su habitación junto a un hombre que la acariciaba, ella le murmuraba al oído: «No, mi amor; no me pidas que me desnude, es algo que me dijo mi madre, nunca te desnudes delante de un hombre, eso es pecado y yo no quiero pecar. Mi último novio también insistía, yo me negué y me abandonó, desapareció sin dejar rastro, ni un adiós, ni nada, y me había dicho mil veces que me amaba, que nunca me dejaría sola. No olvides; nadie, jamás, me verá desnuda y si alguien me viera no viviría para contarlo».